Argentina / 24 marzo 2026

temperature icon 19°C
Edit Template

“El padre más madre»: Carlos Ramírez Abella y Arturo, el nieto que volvió a casa 

Arturo Depratti fue criado en la casa de sus abuelos Haydee Pérez y Carlos Ramírez Abella. La desaparición de sus padres y la llegada a ese hogar generó un cambio de roles: su abuela, quien hasta ese momento era ama de casa, pasó a dedicarse de lleno a la organización Madres de Plaza de Mayo; mientras que su abuelo, un abogado penalista reconocido en La Plata y exfuncionario provincial, dejó su profesión para dedicarse al cuidado y la crianza del niño. Hebe de Bonafini se hizo amiga de la familia y consideraba que Carlos era “el padre más madre”.

Compartir:

Compartir:

WhatsApp Image 2026-03-24 at 09.11.51 (3)

Cuando era niño, Arturo Depratti solía mirar por la ventana con la expectativa de un eventual regreso de sus padres. Vivía con sus abuelos y tíos en una zona céntrica de La Plata y, aunque era querido y cuidado, ese vacío anidaba dentro suyo. Su abuelo Carlos Ramírez Abella lo despertaba a la mañana con una sonrisa, le preguntaba si había soñado, le servía un café con leche y luego lo llevaba en auto a la escuela. Alguna vez, Arturo le quiso decir “papá” y Carlos no lo dejó. 

En la historia de Arturo conviven esos dos relatos: el de la ausencia de sus papás María Nélida “Manely” Ramírez Abella y Osvaldo Nereo Depratti, secuestrados y desaparecidos por la última dictadura cívico-militar a fines de 1977; y el de la omnipresencia de su abuelo, quien lo rescató cuando había sido apropiado.

“Yo siento que la vida me compensó un poco con haber tenido al abuelo, que en las acciones más chiquitas me iba transmitiendo los valores de la lealtad. Él tenía sus ideas muy claras”, cuenta en diálogo con 4Palabras. 

En la familia de Arturo hay seis personas desaparecidas. Además de sus padres, fueron víctimas de la dictadura sus tías y tíos segundos Alicia Ramírez Abella y Daniel Cassataro y Elba Ramírez Abella y Arturo Baibiene. Los hijos de estas parejas, Juliana y Rosana Casattaro y Ramón y Leticia Baibiene, también fueron apropiados y luego rescatados. 

Ahora, en la mañana del domingo 22 de marzo de 2026, en vísperas del aniversario número 50 del golpe de Estado, Arturo está sentado en un banco de madera del Bosque de La Plata frente a la cancha de Estudiantes. En el brazo izquierdo tiene varios tatuajes, pero dos se destacan sobre los demás: el número 90456 del carnet de socio del “Pincha” de su abuelo y una imagen en la que está él con Hebe de Bonafini. 

En esas impresiones de tinta sobre su cuerpo parece haber mucho de los pantallazos de vida que va a contar; que reconstruye con lo que recuerda, lo que escuchó y cosas que fue pensando; pantallazos que hablan de la historia de Madres de Plaza de Mayo y de H.I.J.O.S, pero principalmente de la relación cercana que tejió con Carlos.

El rescate 

En febrero de 1978, hacía dos meses que Carlos no dormía. Lo que lo mantenía desvelado era el destino de su nieto Arturo. Lo buscaba por juzgados y comisarías, y en esa búsqueda desesperada ya había encontrado de casualidad y rescatado a dos de sus sobrinos nietos.

Arturo había sido apropiado en diciembre en una casa de San Martín, durante el secuestro y la desaparición de sus padres. Tenía solo cuatro meses y sus abuelos temían no verlo nunca más. Carlos era un abogado penalista reconocido en La Plata que, además, tenía un recorrido en la vida política bonaerense a través de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI). Mientras movía contactos de conocidos, se trasladaba a distintos distritos del conurbano para buscar también de manera personal.

La historia familiar dice que, en ese febrero de 1978, la búsqueda ya era desesperante y Carlos planeaba ponerle un arma en la cabeza al comisario de la Primera de San Martín, donde había hecho la denuncia inicial y sospechaba que le estaban mintiendo. Entonces, recibieron un llamado telefónico y la noticia de que podían ir a buscar a Arturo a esa dependencia policial.

“Entendemos que yo estuve apropiado con este comisario o con algún allegado a su familia. Dicen que cuando me trajeron a casa, el abuelo me sostenía en su pecho. Le decían que me tenían que bañar y dar de comer y no me soltaba. Estaba conmovido y shockeado”, cuenta Arturo.

Pantallazo 2: cambio de roles

Haydee Pérez, la esposa de Carlos y abuela de Arturo  era inteligente, lúcida y coqueta. Arturo recuerda que se levantaba a la mañana para arreglarse y pintarse, antes de afrontar las actividades del día en Madres, organización en la que se metió de lleno tras la desaparición de su hija.

“Antes de la desaparición, mi abuela era una ama de casa que no entendía la militancia de su hija y estaba en desacuerdo. Mi abuelo, en cambio, hizo política toda la vida. Fue presidente de la FULP y tuvo cargos importantes en el ministerio de Educación de la provincia. Entonces, hicieron como un enroque”, cuenta Arturo.

Tras el rescate de su nieto, Carlos se fue retirando de la actividad profesional para abocarse de lleno a la crianza y el cuidado de Arturo, mientras que Haydee “se dedicó a las Madres”. De cualquier manera, los dos estaban en ambos lados: él, con un perfil bajo, ayudó a muchos militantes a salir del país y asesoraba legalmente a la organización; y ella cumplía en el hogar el rol de poner límites.

Arturo dice que Carlos “ya tenía una cabecita deconstruida” que había formado a partir de su historia familiar. “Su abuela María Abella fue fundadora de la Liga Feminista. En mi casa siempre las mujeres tomaron posiciones de poder”, sostiene.

Aprender a caminar 

En plena dictadura, las Madres de Plaza de Mayo de La Plata empezaron a marchar todos los miércoles alrededor de la plaza San Martín, frente a la Gobernación bonaerense. Arturo dice que con ellas aprendió a caminar “literal y políticamente”. Tiene un recuerdo muy claro de cómo él y otros niños iban colgando las fotos de desaparecidos y los señalaban: mi papá, mi mamá, mi tío, mi tía.

“En ese momento recién estábamos reconstruyendo la trama. A mí, fue mi abuelo el que me transmitió los porqués de las luchas de mis viejos. Yo y mis primos fuimos entrenados para decir que éramos hijos de revolucionarios y desaparecidos. Recuerdo que íbamos a la casa de amigos y a los diez minutos estábamos contando que nuestros padres eran Montoneros”, dice. 

Carlos y Haydee sembraron una amistad profunda con Hebe y su esposo Humberto «Toto» Bonafini. “Cuando muere ‘Toto’, Hebe vende la casa en la que vivía en Gonnet y se compra un departamento a pocas cuadras de la casa de mis abuelos. Lo de Hebe fue un poco mi segunda casa”, cuenta Arturo.

En ese tiempo, Carlos también le contaba a Arturo historias inventadas que podían transcurrir en lugares lejanos y tenían como protagonistas a ellos dos, a otros parientes y a amigos cercanos de la familia. En las narraciones se presentaban problemáticas que todos ellos debían resolver juntos, sumando fuerzas y habilidades. Una de estas aventuras, por ejemplo, podía consistir en un viaje en elefante por África en el que debían salvar a distintos animales que estaban en problemas. 

Arturo sostiene hoy que, con esas narraciones infantiles, su abuelo lo estaba educando políticamente sobre la empatía y las injusticias, al tiempo que le estaba mostrando la pelea que ellos mismos estaban dando.

El fin de los límites

A fines de 1995, a causa de la metástasis de un cáncer, Haydee murió y fue velada en su casa con el pañuelo de las Madres puesto. Antes del desenlace, en el final de su vida, ella llegaba a las rondas de la plaza arrastrada en una silla de ruedas por Carlos y sólo ahí se levantaba para caminar.

Poco tiempo después se dio un hecho que Arturo recuerda con claridad y que ubica como el inicio de tiempos realmente complejos para su vida. La escena es tan simbólica que podría ser una metáfora de muchas cosas, pero no lo es: con 18 años, está arriba de un colectivo y tiene dos opciones, se baja en una parada para ir a una de las primeras asambleas de H.I.J.O.S o sigue camino a un departamento en el que va “a tomar falopa”. Elije la segunda.

En los años que siguieron, Arturo tuvo serios problemas de adicciones y otros de “filo delincuencia”. Se fue de lo de su abuelo, fue padre, volvió, se fue otra vez, se mudó a la Patagonia, cayó preso y regresó nuevamente. Carlos siempre estuvo ahí para recibirlo, aconsejarlo, asesorarlo como profesional. 

Arturo relaciona sus problemas de adicciones con no haberse dado lugar para procesar la ausencia de sus papás desde otra perspectiva. “Yo tramité lo que me pasaba más desde el pensamiento, desde la argumentación, desde la respuesta política y no desde lo que yo sentía; no haciéndome cargo de que había ahí un montón de cosas que duelen, que angustian”, asegura.

“Volver a H.I.J.O.S, laburar todo esto en análisis, ver que mi hijo crece y empieza a tener sus quilombos y la llegada de una compañera que me cambió la vida hicieron que pueda regresar a ese stop que había puesto el día del bondi. A los 50 años me llega la angustia y la soledad y está bueno”, dice. 

El legado

Carlos murió el 21 de octubre de 2021, a los 96 años de edad. Días después, en una entrevista radial, Hebe de Bonafini dijo que era un hombre “muy generoso” y “preparado” que “nunca dejó a nadie de a pie” y “siempre tenía más tiempo para los demás”. Recordó que “asumió la crianza de Arturo” y repitió algo que ya había expresado en un artículo sobre él: “Carlos era el padre más madre”.

Arturo está seguro que hubo dos cosas que influyeron en la partida de Carlos, más allá de su larga edad: por un lado, el cambio de rutina generado por el aislamiento por la pandemia de Covid-19; y por el otro, que él, su nieto rescatado de una familia apropiadora, había reconstruido su vida.

“Formé una familia, construí una casa, hice una carrera y tengo un laburo. En un momento, él pensaba que no se podía morir porque tenía que seguir acompañándome. Se tuvo que hacer cargo de semejante… Arturo”, dice. Y agrega: “Cuando se murió, la angustia más grande fue que perdí a la persona a la cual yo siempre recurrí para los consejos, pero después me di cuenta que eso ya lo tengo puesto: cada vez que atravieso una situación difícil, sé perfectamente qué me hubiera dicho”.

El año pasado, Arturo fue con su compañera y su hijo al domicilio en el que lo secuestraron junto a sus papás. Sabía desde hace mucho dónde quedaba, pero nunca había tenido la necesidad de ir. Cuando llegó, la casa ya no estaba. En su lugar, había un galpón. Dice que no encontró nada de lo que fue a buscar, pero que muchas veces lo que importa es la intención de hacerlo. 

4Palabras




Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: