Argentina / 3 marzo 2026

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El mito del costo laboral: por qué bajar salarios no salvará a la industria

¿Son los salarios el problema o es la falta de inversión tecnológica? Las investigadoras María Celeste Gómez y María Enrica Virgillito desmitifican el peso del "costo laboral" y advierten sobre los riesgos de un modelo que regresa a la lógica del siglo XIX, donde la caída del poder adquisitivo asfixia la demanda y el crecimiento nacional.

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La sanción de la reforma laboral y la noticia cotidiana de cierre de fábricas pusieron en el centro de la discusión lo que ocurre en las empresas manufactureras. ¿Son competitivas o un lastre para la economía nacional? ¿La culpa está en la presión de los sindicatos o la falta de una política industrial? Una economía dinámica precisa de empresas importantes, con mejoras continuas de su eficiencia y una buena distribución de los ingresos entre las ganancias de los empresarios y los sueldos de los trabajadores. Eso permite el crecimiento de sectores medios, del consumo y genera el mercado para el surgimiento de todo tipo de emprendedores de bienes y servicios. Por eso, el cierre de los talleres industriales y el retroceso de derechos laborales son un tema preocupante para toda la economía.

En el último número de la revista de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), de diciembre 2025, se publica el artículo “Salarios y productividad en la industria manufacturera argentina”, realizado por la Doctora María Celeste Gómez, del Centro de Investigaciones en Ciencias Económicas, de la Universidad Nacional de Córdoba, y la Profesora Asociada María Enrica Virgillito, del Instituto de Economía de la Scuola Superiore Sant’Anna, de Italia.  A partir de estudiar el periodo 2010-2021, las autoras llegan a la conclusión que existe “una relación positiva, aunque extremadamente baja, entre salarios y productividad, que varía entre sectores en función de sus capacidades técnicas y productivas”.  

Sectores de baja complejidad (alimentos, textiles, maderas), sobre todo compuesto por PyMEs, muestran una productividad estancada causada por una baja innovación y la falta de instituciones y políticas que promuevan la incorporación de tecnología. A esto se suma una mayor informalidad laboral que afecta negativamente la distribución de beneficios, condicionando el desarrollo sostenible. Una realidad que contrasta con sectores dinámicos que, aunque de manera moderada, presentan mayor transferencia entre productividad y salarios. Y un sector basado en la ciencia en rubros muy específicos. “Estos patrones de distribución asimétrica a nivel de empresas tienen marcadas repercusiones en la trayectoria macroeconómica del país, ya que perpetúan la trampa del subdesarrollo”, advierten. En los primeros, más que los salarios el problema es la baja innovación, en los últimos, la innovación no se traduce suficientemente en los salarios.

Virgillito explicó que “los altos costes laborales deberían ser un motor para invertir en el crecimiento de la productividad, pero también un impulso para la demanda” y que “una economía que aprovecha bajos costes laborales para ser competitiva es un doble fracaso: primero, la competencia proviene de la inversión en procesos de mejora de la productividad. Segundo, los bajos costes laborales suelen correlacionarse con un crecimiento muy bajo de la productividad”.

Se suele colocar al costo laboral como argumento para justificar la reforma laboral y explicar el cierre de empresas. Consultadas las autoras sobre el tema, Virgillito explicó que “los altos costes laborales deberían ser un motor para invertir en el crecimiento de la productividad, pero también un impulso para la demanda” y que “una economía que aprovecha bajos costes laborales para ser competitiva es un doble fracaso: primero, la competencia proviene de la inversión en procesos de mejora de la productividad, especialmente en capacidades tecnoeconómicas y organizativas. Segundo, los bajos costes laborales suelen correlacionarse con un crecimiento muy bajo de la productividad”. En términos macroeconómicos destacan: “Desde J.M. Keynes sabemos que la demanda agregada depende de la generación interna de valor, y los salarios son el componente principal de la demanda agregada. Así que, en resumen, consideraría el argumento neoclásico de que el coste es un obstáculo para el crecimiento ocupacional, muy débil”. 

En este clima cultural donde parece que todo se limita a que cada quien busque su propio beneficio, quizá sea mejor pensar que las empresas crecen en una sociedad que se desarrolla; ambas cuestiones se deberían alimentar mutuamente.  “Simplemente quiero llamar la atención -acota Gómez- sobre el hecho de que tenemos otro experimento neoliberal más en nuestra nación debido a motivos políticos y al fracaso de gobiernos anteriores para abordar las preocupaciones sociales. El resultado es sencillo: un problema de ingresos de larga data, que existe desde 2016, empeora y evoluciona hacia una crisis de empleo extremadamente precario (con una gran ayuda de la reforma laboral que devuelve la lógica del siglo XIX)”. Y advierte que pronto sufriremos en Argentina una importante disminución en la participación laboral en términos de distribución funcional. Es decir, una brecha más amplia entre productividad y salarios. 

La política de desarrollo productivo debe coordinarse con políticas macroeconómicas, recuerdan Gómez-Virgillliti, pero no pueden desentenderse del estímulo a determinadas industrias y tecnologías de acuerdo a prioridades nacionales. Sobre todo (citando a Love, 1995) en un país donde “la industrialización fue una práctica antes de ser una política, y fue una política antes de ser una teoría”. 

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