El cine contra el “gran garrote” norteamericano en la región
- enero 30, 2026
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La historia del cine latinoamericano suele ser, también, la historia de sus cicatrices. Hay películas que no nacen simplemente para contar un relato, sino para actuar como trincheras de memoria frente a la prepotencia del más fuerte. En los repisas del olvido forzado, durante más de medio siglo, descansó una pieza que hoy resurge no solo como curiosidad arqueológica, sino como un grito contra la repetición del despojo norteamericano. Se trata de Garras de oro, una obra colombiana cuya génesis y supervivencia contienen el suspenso de un thriller político que bien podría estar ocurriendo este mismo día. O está misma noche. Una obra censurada que por estas fechas cumple cien años redondos.
Todo comienza en una geografía de ficción que no engaña a nadie: Rasca Cielo, la capital de «Yanquilandia». Allí, en las oficinas del periódico The World, James Moore lanza una “edición sensacional” que es, en realidad, un acto de insurrección periodística. El titular no deja lugar a dudas: denuncia el rol del presidente estadounidense Theodore “Teddy” Roosevelt en la amputación de Panamá del cuerpo soberano de Colombia. El diario es “la antorcha más luminosa de la prensa antigubernamental”. En sus oficinas, todos elogian el editorial de Moore. “Con bombardeo de este calibre, la partida está ganada”, aseguran.
Mientras niños vocean el diario en las calles, los hombres del poder comentan el artículo en los clubes de debate y sostienen que se trata de “una nueva infamia de periodistas mendaces”. La disputa pasa al terreno judicial y Moore debe enviar varios sabuesos a territorio colombiano para que consigan pruebas documentales que le brinden la absolución en la causa por calumnias impulsada por el gobierno de Roosevelt.
Aquí el guión de la película rodada en 1926 se desdobla en una trama de espionaje que cruza continentes. Moore envía a sus sabuesos a territorio colombiano para recolectar las pruebas documentales que el derecho internacional reclama. Es una pionera del periodismo en el cine, la investigación como motor de una ficción que se muerde la cola con la realidad histórica del pacto de 1848, violado sistemáticamente por el Tío Sam.
Lo que hace de Garras de oro un objeto único no es solo su narrativa, sino su condición de clandestinidad. Producida por la misteriosa Cali Films —es su única obra conocida—, la película nació bajo el signo del miedo. Para evitar las represalias de una diplomacia norteamericana que ya entonces vigilaba el “patio trasero” con ojos de águila, todo el elenco y el equipo técnico recurrieron a seudónimos. Sus identidades reales son, aún hoy, un rompecabezas sin resolver.
Bajo nuevas administraciones que prometen volver a hacer a sus países “grandes otra vez”, el guión parece el mismo. Cambian los nombres, pero el método persiste: si antes fue el istmo de Panamá, hoy la mirada rapaz se posa sobre las reservas de energía de Venezuela, con la misma lógica de que el destino del continente debe decidirse en una oficina de “Rasca Cielo”.
Ese anonimato no fue un capricho artístico, sino una necesidad de supervivencia. La Casa Blanca, experta en el arte de la presión silenciosa, desplegó toda su influencia para que la cinta jamás viera la luz. El “Gran Garrote” de Estados Unidos no solo servía para separar naciones y cavar canales; también funcionaba para enterrar rollos de película. El resultado fue un exilio de cincuenta años en la oscuridad de los archivos perdidos.
Recién a mediados de los años ochenta, la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano logró rescatar los restos de este naufragio visual. Lo que hoy podemos ver es una versión de 55 minutos, un rompecabezas al que se estima le falta media hora de metraje pero al que le sobra valentía. En esos fragmentos recuperados, aparece una sorpresa estética: fotogramas coloreados a mano, una técnica pionera en el cine colombiano que dota a la denuncia de una belleza onírica, casi surrealista.
El cartel inicial de la obra es una declaración de principios: “Cine-novela para defender del olvido un precioso episodio de la historia contemporánea”. Es una advertencia contra aquel que «despedazó nuestro escudo y abatió nuestras águilas». Hay algo de justicia poética en ver caer a Roosevelt en la pantalla, derrotado por la verdad de un grupo de periodistas y detectives, mientras la vida real nos muestra que la injerencia norteamericano no se ha retirado.
La vigencia de Garras de oro es inquietante. Al ver la persecución judicial contra el periodista Moore, es imposible no trazar un puente invisible hacia las formas contemporáneas de intervención estadounidense en nuestro continente. Las “calumnias” de ayer son las fake news -como el narcoterrorismo del efímero Cartel de los Soles- de hoy, justificadas desde despachos en Washington para cercar soberanías ajenas.
Bajo nuevas administraciones que prometen volver a hacer a sus países “grandes otra vez”, el guión parece el mismo. Cambian los nombres, pero el método persiste: si antes fue el istmo de Panamá, hoy la mirada rapaz se posa sobre las reservas de energía de Venezuela, con la misma lógica de que el destino del continente debe decidirse en una oficina de “Rasca Cielo”. La diferencia es que, a veces, el cine logra rescatar del olvido los documentos de la infamia para que, cien años después, sepamos que las garras, aunque brillen como el oro, siguen siendo de victimarios.
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