Dossier ley de Salud Mental en debate: Activismos y movimientos sociales
En continuidad con el Dossier que 4Palabras dedica a la Ley Nacional de Salud Mental, esta nota pone el foco en el papel del activismo y de los movimientos sociales que, desde hace más de quince años, sostienen la vigencia del enfoque de derechos. A partir de una reconstrucción histórica y del análisis del escenario actual, el texto indaga en las disputas, avances y fragilidades de un proceso de reforma que sigue dependiendo, en gran medida, de la organización colectiva.
- enero 25, 2026
- Lectura: 3 minutos
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A quince años de la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental (LNSM), la reforma en salud mental no puede entenderse como un proceso técnico ni administrativo. Es el resultado de una acumulación histórica de luchas: el movimiento antimanicomial, los organismos de derechos humanos, los colectivos de usuarios/as y familiares y los equipos de trabajadores/as que, desde la recuperación democrática, disputaron el sentido del cuidado, la autonomía y la dignidad de las personas con sufrimiento psíquico. La ley no inaugura ese proceso: lo institucionaliza. Sin ese activismo previo, no habría existido cambio de paradigma posible.
La ley como conquista
La Ley 26.657 cristaliza una conquista política al inscribir la salud mental en el marco de los derechos humanos: sustituye el modelo tutelar por el reconocimiento de la capacidad jurídica, restringe la internación como recurso terapéutico excepcional y orienta la atención hacia la comunidad. Desde entonces, los mismos actores que impulsaron la norma sostienen su implementación cotidiana frente a las resistencias del modelo biomédico, las rutinas institucionales y los déficits estatales persistentes. Una parte sustantiva de los avances registrados, servicios en hospitales generales, órganos de revisión y redes territoriales de acompañamiento, existe porque colectivos organizados los exigieron, los monitorearon y, en muchos casos, los sostienen en condiciones de alta precariedad.
La ofensiva regresiva y la respuesta del movimiento salud mentalista
En este recorrido, la salud mental ingresó de lleno en la actual batalla cultural. El paradigma de derechos confronta hoy con discursos que promueven la mercantilización de la salud, la individualización del sufrimiento y el retorno de respuestas punitivas ante problemáticas que son sanitarias y sociales. La disputa no es técnica: es política. Se enfrentan concepciones antagónicas sobre el rol del Estado, la responsabilidad colectiva frente a la vulnerabilidad y el estatuto mismo de las personas con padecimiento psíquico como sujetos de derechos.
Durante los primeros meses de 2024, esta disputa alcanzó un punto crítico. Ante el intento de reforma regresiva incluido en la denominada “Ley Ómnibus”, la presión sostenida de colectivos y organizaciones en el Congreso logró que se retiraran los artículos que buscaban modificar el régimen de capacidad jurídica y facilitar internaciones por orden judicial sin control interdisciplinario. Esta victoria legislativa, sin embargo, desplazó el conflicto hacia una nueva fase: la resistencia frente al vaciamiento.
La implementación de la ley sigue dependiendo de la presión social organizada. Cuando una política pública requiere movilización permanente para sostenerse, queda claro que la insuficiencia de la respuesta estatal obliga a la militancia a ocupar el espacio público.
La lucha actual se libra contra el cierre y desfinanciamiento de instituciones estratégicas, como el Hospital Laura Bonaparte, el desmantelamiento de las residencias interdisciplinarias, la precarización de los servicios y la reaparición de prácticas contrarias al enfoque de derechos denunciadas por organizaciones en distintas jurisdicciones. Estas dinámicas contradicen el espíritu de la desmanicomialización y muestran que el conflicto sigue abierto.
Las marchas anuales por la salud mental en Córdoba expresan de manera concreta esta disputa. Desde hace más de una década, la movilización sostenida de usuarios/as, familiares, trabajadores/as y organizaciones vuelve pública una deuda estructural: subfinanciamiento, escasez de dispositivos comunitarios y persistencia de lógicas asilares. La continuidad de estas acciones colectivas evidencia que la implementación de la ley sigue dependiendo de la presión social organizada. Cuando una política pública requiere movilización permanente para sostenerse, queda claro que la insuficiencia de la respuesta estatal obliga a la militancia a ocupar el espacio público.
La fragilidad estructural del proceso
Los avances logrados en las provincias son verificables, pero no alcanzaron la escala necesaria para consolidarse como sistema. La red comunitaria permanece fragmentada y concentrada en grandes centros urbanos; los dispositivos habitacionales son insuficientes; la continuidad de cuidados post-externación es inestable; los equipos interdisciplinarios trabajan sobrecargados. En estas condiciones, la transición hacia el modelo comunitario tiende a estabilizarse como proceso incompleto.
La coyuntura actual profundiza los riesgos. El ajuste fiscal, el vaciamiento de programas y los intentos de reintroducir respuestas centradas en el encierro configuran un escenario de posible regresión. Frente a ello, el activismo en salud mental cumple una función política central: sostener la vigencia efectiva de la ley y evitar su vaciamiento práctico.
El factor estructural que explica esta fragilidad es el desfinanciamiento crónico y la fragmentación del federalismo sanitario. El incumplimiento del piso legal del 10% del presupuesto de salud destinado a salud mental, la retracción de la inversión nacional y la desigual capacidad provincial producen una implementación territorialmente heterogénea. El acceso a una atención con enfoque de derechos depende del lugar de residencia, lo que constituye una vulneración del principio de igualdad y compromete la responsabilidad del Estado nacional como garante último de derechos.
La coyuntura actual profundiza los riesgos. El ajuste fiscal, el vaciamiento de programas y los intentos de reintroducir respuestas centradas en el encierro configuran un escenario de posible regresión. Frente a ello, el activismo en salud mental cumple una función política central: sostener la vigencia efectiva de la ley y evitar su vaciamiento práctico.
La implementación de la Ley Nacional de Salud Mental es hoy un proceso activo, pero estructuralmente frágil. Los avances existen porque hay sujetos colectivos que los sostienen; sin financiamiento sostenido, rectoría federal y decisión política para consolidar la red comunitaria, la reforma seguirá dependiendo de una militancia que reemplaza obligaciones estatales. Cumplir la ley no es una opción programática: es una obligación del Estado. El movimiento de salud mental lo recuerda en las calles. El Estado aún no ha respondido a la altura de esa interpelación.
Jaschele Burijovich es Licenciada en Psicología, Magíster en Administración Pública. Miembro del Observatorio de Derechos Humanos y Salud Mental de la Provincia de Córdoba
4Palabras
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