Argentina / 1 marzo 2026

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Desahuciados: la vuelta a clases

El inicio del ciclo lectivo 2026 expone la cara más cruda de la crisis educativa: docentes agotados, salarios debajo de la línea de pobreza. Julian Chacón presenta una radiografía del desánimo de quienes hoy habitan la escuela secundaria entre la violencia, el desinterés y la incertidumbre. Además se pregunta: ¿con qué se entusiasma un adolescente? y ¿qué hacen para divertirse? ¿La escuela tendría que ser entusiasta y divertida?

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Es mediados de febrero y, a la inversa de lo que sucede cada año, nos encontramos desesperanzados en la puerta de la escuela. Volvemos después de las vacaciones y esta vez no renovamos energías, no descansamos, no proyectamos casi nada. Las preocupaciones van acumulándose. Sabemos que en unos días comienza el período de intensificación. Intuimos que pocos alumnos van a presentarse. Hay un desgano generalizado en todos. Perdimos el rumbo.

El sentido del sistema educativo aparece desdibujado. Sabemos que debemos contener situaciones sociales complejas, incrementadas por la crisis económica que nos acecha a todos. La tensión flota en el aire. 

En las primeras Jornadas de Capacitación, el tema central es la permanencia y la asistencia de los chicos en las escuelas. Cada vez se ausentan más. Cada vez hay menos alumnos en las aulas. Podríamos intuir que es porque ya están saliendo a trabajar, precarizados y explotados, o porque cuidan a otros menores que quedan a su cargo mientras los padres trabajan. También, aunque no lo digamos, sabemos que los chicos no saben bien para qué ni por qué deberían ir a la escuela, cuál es su sentido.

Nosotros tampoco lo sabemos. Todos tenemos una formación disciplinar que pretendemos llevar a las aulas. Y hasta llegamos a aferrarnos a ella como salvataje en medio de una tormenta marítima. Pero situaciones de violencia hacia nosotros o entre los mismos alumnos y hasta con familiares que se acercan a la escuela irrumpen en las aulas. Muchos colegas se quejan de los insultos de los alumnos, de los malos tratos, de la falta de reconocimiento del docente y su lugar en la escena escolar. A veces esto se duplica y llegan los padres insultando a los docentes por malos tratos a sus hijos o porque simplemente no se les permite usar el celular como divertimento en la hora de clases.

Los y las alumnas que ingresan a la escuela llevan con ellos su propio contexto social, económico y familiar. Acordamos en que tenemos que considerar esto al dar clases. 

A la vez, en aulas complejas, donde no se ve la escena esperada de alumnos en silencio y docentes dando clases magistrales ante las que los adolescentes se entusiasman, se encuentran casos de inclusión que el docente debe tener en cuenta, a los que debe adecuar sus clases. Aunque haya muchas veces en que, sin diagnóstico certero, también se deben considerar diversidades de aprendizaje y adecuarse a ellas. Esto sin olvidar los casos de alumnos con problemas de salud mental que siguen un tratamiento o que no lo sostienen.

A veces nos dicen que los problemas de “conducta” de los alumnos o de “concentración” son porque nuestras clases son aburridas. Que tenemos que dar clases que a los alumnos los entusiasmen. En esos casos, valen dos preguntas: ¿con qué se entusiasma un adolescente? y ¿qué hacen para divertirse? ¿La escuela tendría que ser entusiasta y divertida?

En medio de este complejo escenario, los profesores de secundaria nos encontramos con alumnos que no pueden realizar una lectura comprensiva de textos simples ni tampoco producirlos, sea de manera escrita u oral. Y esto debe ser tenido en cuenta a la hora de enseñar. Porque no es lo mismo alguien que puede leer y escribir, debatir, formular ideas, resolver situaciones complejas, que alguien que no.

A veces nos dicen que los problemas de “conducta” de los alumnos o de “concentración” son porque nuestras clases son aburridas. Que tenemos que dar clases que a los alumnos los entusiasmen. En esos casos, valen dos preguntas: ¿con qué se entusiasma un adolescente? y ¿qué hacen para divertirse? ¿La escuela tendría que ser entusiasta y divertida?

Difícil es pensar clases desde este lugar, sin caer en extremos, como sería dar a leer El Conde Lucanor a pibes que se pasan entre 4 y 8 horas scrolleando. Sobre todo cuando las capacitaciones en servicio, en el ámbito escolar en el que cada profe trabaja, nada tienen que ver con una formación pedagógica disciplinar. Se nos habla de aggiornar nuestras clases al uso de la tecnología que hacen los alumnos pero nunca recibimos una formación en nuestro horario de trabajo para conocer cómo, de qué manera podemos aplicarlas en las aulas singulares de las escuelas donde trabajamos. Se espera de nosotros que nos formemos por propia voluntad o usando nuestro tiempo libre. Pero ya no nos queda tiempo libre. 

Los maestros que recién comienzan cobran menos que un empleado de comercio, lindan la pobreza. Con ese sueldo miserable deberían pagar el alquiler, la comida, los servicios (internet incluido para investigar y pensar clases adecuadas al contexto en el que se mueven sus alumnos), la salud (porque la obra social obligatoria que se descuenta a docentes no cubre al 100% casi ninguna de sus prestaciones), los libros nuevos para llevar al aula (que suben por sobre los 30.000 pesos). Todo esto con un salario que ronda los 700 mil mensuales. El maestro que recién se inicia (para sobrevivir) suele tomar dos cargos o tres y trabaja un promedio de 8 horas o 12 cada día en la escuela, además de los fines de semana, feriados y cuantos minutos tenga en su casa para planificar, corregir, responder los WhatsApp que llegan por fuera de su horario en el grupo de la escuela, tomar algún que otro curso en lo posible gratuito sobre el uso de las nueva tecnologías en el aula o cómo divertir a los alumnos o cómo retenerlos en la escuela.

En medio de semejante pérdida de sentido, aparece el cuchicheo insoportable cuando ese docente en uso de sus derechos decide reclamar un salario digno o condiciones áulicas salubres o falta por burn out o porque algún alumno fue enfermo para no estar solo en casa y lo contagió.

En la puerta de la escuela, hablamos acerca de qué otros trabajos podríamos tener. Muchos pensamos en dejar las aulas, muchos pensamos en cambiar el rumbo. Estamos cada vez más solos, más desorientados, más explotados y desahuciados.

4Palabras. 

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