Antes del disparo
El caso del chico que mató a un compañero de 13 años e hirió a otros en una escuela de San Cristóbal (Santa Fe) –reconstruido en detalle por la investigación judicial y los medios– vuelve a poner en primer plano algo incómodo: después, todo encuentra su forma. Los hechos se ordenan, las versiones se acomodan, las palabras llegan rápido. Lo que queda antes, en cambio, es más difícil de sostener. No termina de armarse del todo. No porque no haya estado ahí, sino porque casi nunca se deja ver con esa claridad.
- marzo 31, 2026
- Lectura: 3 minutos
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La escena podría empezar así, pero no termina ahí. Lunes a la mañana. Murmullo insinuante. La profesora lee en voz alta, o intenta. En el fondo, dos chicos se empujan. Primero, como siempre, medio en broma. Después no tanto. Uno de ellos se levanta, patea la silla sin querer o queriendo un poco y sale del aula. La puerta queda abierta. Entra ruido del pasillo. Alguien se ríe. La profesora duda un segundo, después sigue. Como si seguir fuera una forma de que no haya pasado nada.
A la salida alguien dice: “Este pibe está cada vez más raro”. Lo dice sin frenar, caminando. Otra contesta algo que no se escucha bien. Nadie se queda demasiado en esa frase.
Después –horas, días, semanas– esa escena vuelve. Se la cuenta mejor. O se la acomoda. Aparecen las versiones: que estaba aislado, que lo cargaban, que no hablaba, que sí hablaba, pero poco. Todo eso aparece después, cuando ya no sirve del todo. Cuando finalmente pasa lo que pasa, el lenguaje llega antes que cualquier otra cosa. Es casi automático.
Monstruo.
Psicópata.
Irrecuperable.
Palabras que cierran rápido. O que parecen cerrar. Funcionan más como tapa que como explicación.
En los relatos sobre lo de Santa Fe hay algo de eso: la precisión del detalle. El arma, de dónde salió, cómo entró, quién estaba en el aula, quién lo vio primero. Todo reconstruido con una prolijidad que tranquiliza un poco. Como si ordenar la secuencia alcanzara. Pero hay algo que no entra ahí. No entra el proceso. No entra lo que no hace ruido.
Porque la escena –esta escena, cualquier escena– no empieza con el disparo.
Empieza en cosas bastante más opacas.
Un chico que deja de ir a entrenar y nadie pregunta demasiado.
Un grupo de WhatsApp donde alguien queda afuera y nadie lo nombra.
Una preceptora que anota “conducta: regular” porque no sabe qué otra cosa poner.
Un padre que dice “ya se le va a pasar” y no está convencido, pero igual lo dice.
Nada de eso alcanza para explicar nada. Pero tampoco es nada.
Después están otras capas, más difíciles de señalar porque no tienen rostro. El modo en que circula la violencia en lo cotidiano. El tono. La facilidad con la que se pasa del desacuerdo al insulto. Esa idea que se instala de que el otro es un obstáculo antes que alguien con quien hay que arreglar algo.
Y también están las armas. Las de verdad, sí. Las que aparecen cuando todo lo demás falló. Pero no solo esas.
Hay otras que se enseñan antes: cómo humillar, cómo exponer, cómo responder rápido, cómo no perder nunca. No se enseñan en una clase. Se aprenden mirando.
En estos días, frente al caso del chico de Santa Fe, volvió lo de siempre: endurecer penas, bajar la edad de imputabilidad, castigar más rápido. Es una reacción entendible. También es, casi siempre, una forma de llegar tarde con más decisión. Porque todo eso ordena el después.
Y el problema –si hay uno– está antes. No siempre en el mismo lugar. No siempre visible.
Nada de esto borra responsabilidades. Un hecho así las tiene y son graves. Pero quedarse solo ahí es cómodo: permite pensar que el problema está contenido en una persona, en un momento, en un error puntual.
Como si el resto estuviera más o menos bien.
La escuela hace lo que puede, que muchas veces es mucho y a la vez no alcanza. La familia también, con sus propias dificultades, sus tiempos, sus cansancios. El Estado aparece por partes, a veces cuando ya no hay demasiado margen. Todo eso convive.
Y en el medio, las pibas y los pibes.
En los consultorios eso se ve de otra forma. Menos espectacular, más incómoda. Pibes que dicen poco. O que se expresan en fragmentos que no terminan de armar nada. “No sé”, dicen. Y no es una evasiva, muchas veces es literal.
¿Qué estamos habilitando sin darnos cuenta? Porque la violencia no aparece en el vacío. Encuentra lugares donde apoyarse. Se aprende en algún sitio, incluso cuando nadie se propone enseñarla.
A veces se ríen cuando cuentan algo que no es gracioso. Otras, no se ríen nunca.
No siempre hay violencia. Pero sí aparece, cada vez más, algo difícil de aferrar: una especie de vacío entre lo que pasa y lo que se puede decir de eso.
Cuando ese puente no está, algo igual aparece.
No siempre es un disparo. A veces es un portazo. Otras es algo que después no se puede explicar bien.
La pregunta entonces no es solo qué pasó. Ni siquiera solo por qué.
Es ¿qué hay antes de que eso pase?
¿Qué queda disponible?. ¿Qué no?
¿Qué adultos hay ahí -de verdad- y no solo como función?
También, aunque incomode, ¿qué estamos habilitando sin darnos cuenta?
Porque la violencia no aparece en el vacío. Encuentra lugares donde apoyarse. Se aprende en algún sitio, incluso cuando nadie se propone enseñarla.
Volver sobre eso no ordena nada rápido. No da una salida clara. Tampoco tranquiliza. Pero por ahí va.
Porque cuando lo único que queda es reconstruir el hecho, lo que ya pasó se vuelve prolijo, entendible.
Y ahí es donde algo no cierra del todo.
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