Argentina / 11 marzo 2026

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América Latina, sin voz ante la guerra en Medio Oriente

El ataque a Irán expone la fractura de una región incapaz de articular una respuesta común. Algunos países optan por la alineación total con Washington. Mientras Brasil emerge como un actor con vocación mediadora, pero no puede contar con una América del Sur coordinada como plataforma para proyectar con más fuerza este perfil mediador.

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Es difícil recordar una crisis global en los últimos 40 años que hayan encontrado a América Latina tan desunida. La ausencia de una respuesta coordinada a la guerra desatada por EE.UU. e Israel contra Irán hace encoger el de por sí magro peso de la región en los asuntos internacionales. La autocondena a la irrelevancia es más severa tanto cuanto las respuestas individuales de los países han estado a muchísima distancia las unas de las otras.

En un extremo, los países cuyos líderes viajaron en dulce montón a demostrar su sumisión al presidente estadounidense a un campo de golf de su propiedad personal en Miami. Aunque el propósito de esa convocatoria a la corte de Trump era el lanzamiento de una iniciativa que, con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico, borra la distinción entre seguridad interior y defensa nacional, mostrarse sonrientes y solícitos junto a él mientras sus fuerzas bombardeaban Irán escenificó una aquiescencia total y sin peros. La reunión del “Escudo de las Américas” formalizó el agregado a la Doctrina Donroe de un corolario que resucita la Doctrina de la Seguridad Nacional. Aunque no vayamos a detenernos aquí en el análisis de esto, hay un vínculo inherente entre la limitación de la soberanía de los estados subalternos que supone ese combo conceptual y la tácita firma al pie de la agresión a Irán.

En el otro extremo, cabe detenerse en la respuesta de los dos países que, por peso propio, pueden hacer oír su voz incluso sin tener a toda la región detrás. Brasil y México, aún privados de la caja de resonancia que les daría un vecindario menos fragmentado, se han plantado con posturas discernibles y concretas, aunque tampoco han podido coordinar sus respuestas parcialmente divergentes, ambas típicas de sus respectivas tradiciones diplomáticas.

El gobierno de Lula fue nítido al “condenar y expresar su profunda preocupación por los ataques perpetrados por Estados Unidos e Israel contra objetivos en Irán”. El comunicado oficial de Itamaraty subrayó que las acciones interrumpieron un proceso de negociación y reiteró la posición tradicional de la política exterior brasileña de solución pacífica de las controversias.

Consistente con la identidad internacional de la diplomacia brasileña, el Ministerio de Relaciones Exteriores realizó y continúa realizando un seguimiento de los hechos, enunciando posicionamientos específicos frente a los de mayor relevancia. El esfuerzo está puesto en articular una posición equilibrada que, partiendo de la condena a la acción que desencadena el conflicto, no sea percibida como favorable a un lado particular del conflicto, sino como una de defensa universalista del derecho internacional. Por eso, sólo mediaron doce horas entre la condena a la agresión estadounidense-israelí y la publicación de otro comunicado expresando “solidaridad” con Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Irak, Kuwait y Jordania, sosteniendo el principio general de “condena cualquier medida que viole la soberanía de terceros Estados”.

Brasil y México, aún privados de la caja de resonancia que les daría un vecindario menos fragmentado, se han plantado con posturas discernibles y concretas, aunque tampoco han podido coordinar sus respuestas parcialmente divergentes, ambas típicas de sus respectivas tradiciones diplomáticas.

Las cuidadas palabras de la diplomacia brasileña no definen una posición de estado que se hace constar en el vacío, sino que producen efectos tangibles. Visitar las redes oficiales de Itamaraty es constatar la profusión de contactos que han tenido lugar desde el 28 de febrero entre el canciller Mauro Vieira y sus homólogos de varios de los estados afectados por el conflicto. La lista es impresionante aún para quien sabe del prestigio del que goza Brasil. Vieira discutió la situación en Medio Oriente con cada uno de los ministros de relaciones exteriores de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudita, Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Omán), de otros dos países que recibieron ataques desde Irán (Jordania y Turquía), de Líbano, cuyo territorio ha sido invadido por Israel, y de Alemania. A la lista cabe agregar la cumbre de Lula con un socio del BRICS, el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, de la cual surgió un comunicado conjunto en el que los dos pesos medianos coincidieron en la línea: condena a los ataques contra Irán y solidaridad con los países víctimas de las acciones de represalia.

El activismo brasileño y el eco que encuentra indica con claridad que es percibido como un mediador honesto, un estado que puede jugar un papel útil en una eventual resolución diplomática del conflicto. Aunque ese escenario no sea hoy el más probable, Brasil se posiciona para jugar un rol constructivo en el caso de que sí se diera: crea un espacio. Tomando prestado el manual del jogo bonito: juega sin pelota. Omán, el país que estuvo mediando entre EE.UU. e Irán hasta el 27 de febrero, buscó a Itamaraty para sumar un socio al esfuerzo por volver a la mesa de negociaciones y para asegurarse un canal adicional de contacto con Teherán.

Brasil no puede contar con una América del Sur coordinada como plataforma para proyectar con más fuerza este perfil mediador. Como era de esperar, las posiciones de los gobiernos progresistas resultaron compatibles entre sí. Uruguay y el gobierno saliente de Chile se expresaron de manera casi idéntica a Itamaraty, aunque ambos mentaron la cuestión de los derechos humanos en Irán (Montevideo, a través de su cancillería; Santiago, por boca del presidente Gabriel Boric) y distinguieron entre ataque y respuesta. Ninguno de los dos expresó “condena”, sino “extrema preocupación” (Uruguay) y “preocupación” (Chile). Colombia sí condenó “de manera categórica” los hechos, pero no señaló a EE.UU. e Israel (como sí hizo Brasil), sino simplemente “el uso de la fuerza”. Ocupando actualmente un sillón de miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la condena genérica de Bogotá puede entenderse como orientada a preservar su margen de acción en ese organismo.

En el extremo norte de América Latina, México se abstuvo de condenar o de distinguir entre atacantes y agredidos y “exhortó a evitar escalar” el conflicto. La Secretaría de Relaciones Exteriores invocó “los principios constitucionales de política exterior y la convicción pacifista” del país, lo que habitualmente se traduce en una posición mayormente agnóstica de México frente a los conflictos entre estados y de total discreción a la hora de opinar sobre lo que ocurre dentro de los estados, así se trate de violaciones de los derechos humanos.

Con un eje Brasil-México difícil de articular, dada esa tradición mexicana que se mantiene incólume con los cambios de gobierno, y sin una coordinación al menos sudamericana, la voz de la región como tal resulta inaudible y la de Brasil no puede contar con un amplificador, hoy más necesario que nunca para una diplomacia que ha quedado debilitada por su incapacidad de promover cambios en Venezuela que probablemente hubieran evitado la reciente invasión estadounidense. En cualquier caso, el posicionamiento nítido que ha adoptado en este caso y la importancia que le han asignado la mayoría de los países de Medio Oriente envueltos en el conflicto indican que se encuentra en buena forma y no ha perdido el norte. América Latina, en tanto, permanecerá muda como región en la medida en que persista el muro ideológico con el que la extrema derecha la ha dividido.

 

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