Pies descalzos, arena caliente: el fenómeno del fútbol espontáneo de verano
De los torneos de antaño en Mar del Plata a la pasión indomable en los médanos al sur de Villa Gesell. Un repaso por la mística del “picado” playero: inclusión, códigos compartidos y esa habilidad criolla que desafía al viento y a la arena pesada mientras el sol cae sobre el Atlántico.
- febrero 8, 2026
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- febrero 8, 2026
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Ya quedaron muy atrás en el tiempo las Copas de Oro de Mar del Plata de cada verano. Cómo olvidar el gol de Enzo Francescoli de chilena para que River le gane a la selección de Polonia por 5 a 4. ¿Cómo saber la razón de porque vino la selección de Polonia un verano a Mar del Plata? También los torneos que se jugaban en Mendoza, que ya casi nadie recuerda. Ahora en el verano el fútbol se da en patas y en la arena caliente.
Pocas playas en Argentina tienen mucho espacio entre los médanos y el mar. Muchas menos tuvieron alguien que se le haya ocurrido poner dos postes verticales con una madera horizontal que lo une en la parte superior y a unos metros una estructura similar. Así se asientan las bases del fútbol de verano en las playas al sur de Villa Gesell.
Hay canchas de distintos tamaños. Algunas se asemejan por sus dimensiones a una de baby fútbol y otras a una de ocho jugadores digamos, o algo así. Para no molestar al veraneante se ubican al pie de los médanos. Dónde la arena es pesada y caliente. Nada de piso cómodo y liso como en la arena mojada. Todo lo contrario. Es arena caliente, fina, muy irregular y con incontables ondulaciones.
Por la mañana están vacías. “El músculo duerme/ la ambición descansa…”, diría el cantor. Pero por la tarde cuando comienza a caer la temperatura de a poco se acercan los primeros. Esto puede traer polémica, pero es inimaginable este escenario en las famosas playas paradisíacas brasileñas, donde a lo sumo se puede encontrar un metro para estar parado entre sombrillas y sillas que llegan a enclavarse hasta en los comienzos del mar. Salvo honrosas excepciones obviamente.
A partir de las cuatro y media o cinco de la tarde, de a poco, tres o cuatro amigos, o conocidos ocasionales empiezan a patear contra un arco. En el otro un padre y su hijo le entran a la pasión. Por un rato hacen como que no se ven, que nada va a pasar. De repente aparecen dos chicos más, uno con remera de Defensa y Justicia y se suman a los otros tres. Al padre con el hijo se suman otros dos que visten solo mallas negras.
Entonces los pibes empiezan a jugar un 25 o un mundialito (nuevos juegos que llevaría una nota entera explicar). Se empieza a escuchar: «Che, ahí están jugando” ¿Vamos? De repente se arremolinaron una docena de jugadores. El 25 se desmadra y alguno toma la decisión que todos esperan: “Armemos partido”. Dos jugadores, en general de los más grandes o experimentados, o los dueños de la pelota, comienzan a elegir jugadores que integrarán un equipo más o menos regular por el resto de la tarde. Las formas de elección son múltiples: los conocidos, alguno que le soplan que juega en algún club, los que se destacaron en el mundialito y así hasta el último. Nadie queda afuera. La inclusión es un código implícito.
La forma de nombrar a los desconocidos mezcla las recetas antiguas “celeste” o “verde” por el color de la prenda que viste y la más cercana a las nuevas generaciones como Messi, Ronaldo, Pedri, etc. Entonces uno de los electores dice: “Verde vos vení para acá”, “vos Messi vení conmigo”, “River para nosotros”, “el chiquito para nosotros” y así se van sucediendo los nombres espontáneos de los equipos también espontáneos. Se condensa la esencia del fútbol que jugamos todos de chicos. Comienzan las deliberaciones sobre las reglas: “Jugamos a dos goles”. Todo es espontáneo. “Ganador queda en cancha”.
Cada equipo toma posición en la cancha y uno agarra la pelota para sacar desde una media cancha imaginaria. La mayor parte de las veces no toman en cuenta el viento que surca sin piedad los mares del sur y siempre hay algún equipo con viento en contra. Viento del bueno, de las playas bonaerenses. Comienza un fenómeno único e irrepetible, que se repite día tras día.
Nadie pita el comienzo, pero uno toma la iniciativa, se acerca a esa línea imaginaria y arrancan las acciones. “Dale tírala larga” se escucha. “¡Dale, dale por la línea! “Uy, ¿pero este petiso que categoría es? Arremetidas, intentos de gambetas a lo Maradona constantes que se interrumpen por un pozo de la arena.
La pelota nunca se va al lateral. Por un lado, hacen de pared los médanos, solo los más hábiles o rápidos se animan por ese lado dada la densidad de la arena. El otro límite lo ponen el comienzo de las sombrillas, aunque en ese caso, suele ser más difuso porque muchas veces los punteros terminan eludiendo familias enteras ante férreas marcas, carpas rebalsadas de comida con arena, abuelas y niños.
Los minutos pasan, el partido se pone cada vez más intenso. Muchos intentan la individual, es difícil juntar pases cómo dicen ahora los entrenadores debido a las irregularidades del campo de juego. Hasta que un habilidoso quiebra la cintura dos, tres, cuatro veces y mete el remate. La saca el arquero, un pescador toma el rebote y le vuelve a pegar. Da en el palo, el arquero manotea, pero entra otro con toda la potencia que viene trayendo en la corrida desde la mitad de la cancha y explota el grito del gol.
¡Bien ahí, Racing, golazo, vamos! Del otro lado, cabezas gachas miran la arena, y el típico: “Anda a buscarla vos”. La cancha va tomando forma de estadio. Se arma otro equipo afuera y varios playeros dan vuelta la silla. Dejan el encanto único del mar para ser dueños de una platea exclusiva. Hay equipo acá, se escucha a los de afuera. El equipo que pierde intenta una y otra vez, hasta que el arquero sale confiado ante una pelota alta, el pique le juega una mala pasada, la quiere bajar, pero se le mete entre las piernas. 1 a 1.
Hay dos que se conocen, son buenos, eluden y tocan, tocan y eluden, abren a la punta, viene el centro y llega el segundo, el tercero y el cuarto. Al rato se suman pibes a ambos equipos. Ya no queda del todo claro quién juega para cada lado. Pero no importa mucho. Nadie queda afuera. El partido gana en intensidad y pierna fuerte. Uno se manda como volando entre las carpas elude a dos, toca al medio y descuenta. 4 a 2.
El sol castiga las espaldas de los jugadores, el calor es fuerte todavía. La arena come piernas a morir. Nadie afloja. Van, vienen, traban, chocan tobillos, rodillas, uno que otro queda tirado en el suelo. Pocas veces se cobra falta. Pero a los más pequeños no se les va fuerte, se los espera con cierta libertad. Ahora, si se pasan de listos, se comen una murra.
Las reglas son un tanto amañadas y extrañas, por ejemplo, se permite que uno de repente se vaya al mar a darse un chapuzón sin aviso previo y vuelva sin pedir permiso. Otro dice: “Ahora vengo” y va hacia su familia que compró churros.
Hay una gran valoración por la gambeta, la apilada de rivales, la elástica y las jugadas estéticas y de calidad. Es llamativo. Casi todos tienen muchas condiciones. Se los ve que por momentos se ponen a hablar entre ellos en medio del partido. ¿Vos dónde jugás? En Acasusso, en River, en Comunicaciones.
Se resienten un poco los equipos, pero el partido sigue. La cancha parece más larga, los esfuerzos se estiran, un par de chicos se sientan en el campo de juego a descansar. La intensidad del juego quita piernas y aire también.
Aparecen dos más. “¿Podemos jugar?”. Se acercan los más experimentados de cada grupo y chocan las manos con los nuevos. “Sí, amigo, obvio”. Uno para cada lado. Se tonifican de nuevo las acciones, como que la llegada de los nuevos recarga las pilas de todos.
Hay una gran valoración por la gambeta, la apilada de rivales, la elástica y las jugadas estéticas y de calidad. Es llamativo. Casi todos tienen muchas condiciones. Se los ve que por momentos se ponen a hablar entre ellos en medio del partido. ¿Vos dónde jugás? En Acasusso, en River, en Comunicaciones.
Al buscar recuerdos en la mente, un veterano que observa las acciones con sus abrazos cruzados apoyados sobre el mostrador de su panza, que hacen juego con sus lentes negros, su malla blanca con vivos negros y su gorra clarita dice: “¿Me parece a mí o nosotros no jugábamos tan bien como estos pibes?”
Hay uno que ordena a los más chicos y los hace jugar colectivamente. O por lo menos eso intenta. “Así Verde”, “Tocá Manu”, se vuelve el eje del equipo y va por el medio de la cancha detrás de la línea de la pelota haciendo sonar la orquesta. Así se suceden los toques un par de gambetas, un defensor rival queda revolcado en la arena, sale el arquero, tapa el remate, le queda el rebote a otro con remera de Boca, le pega, da en el travesaño. “Uy la puta madre, soy horrible”, grita y se toma la cara con ambas manos.
Como destacamos la habilidad increíble de estos jugadores, hay que decir también que hay cierto desdén a la hora de pegarle al arco. Muchos se sienten felices con una buena apilada, un desmarque y habilitación, un buen control. Ahí se nota la diferencia con generaciones anteriores donde el objetivo estaba claro: el gol. Ellos lo toman de otra manera, parece que no está toda la energía puesta en meterla en el arco. Es más, a veces hasta parece que se divierten y hay un cierto goce en generar una gran jugada y “comerse el gol”.
Otro eje en común es el diseño corporal de estos chicos. Parecen que están casi todos dibujados. Una condición física que también llama la atención a los plateístas, que se entusiasman, alientan a uno que otro y gritan el clásico “uuuhhhh” cuando la pelota se estrella en un palo o pasa cerca de un ángulo.
A veces los choques de piernas y el típico de estas épocas “meta” parece que va a lesionar a alguien, pero no, quizás queden revolcados en la arena por unos segundos, pero ahí nomás se reponen. Hasta se escucha el choque de tobillos, pero son fuertes y se bancan la que venga. Nadie sale llorando. Van con todo, pero al toque aparece el también típico de estos tiempos: “¿Estás bien? Enseguida viene el choque de manos entre ambos jugadores rivales, que adquiere diferentes formas, pero es sincero.
Es como la frase de Albert Camus, filósofo y periodista argelino, que creo que ya citamos en este espacio cuatropalabrista: “Después de muchos años, donde el mundo me ha dado muchos espectáculos, lo que finalmente aprendí con mayor seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.
El sol va cayendo sobre los pinos. La temperatura baja y varios de los que estaban con el torso desnudo se ponen una remera, las acciones siguen, pero ya hay familias que empiezan a emprender la vuelta y le hacen el típico gesto con el brazo al jugador para que abandone el campo de juego. Es como que los padres o madres respetan algún código que nadie escribió que dice que no hay que gritarle al jugador su nombre a la hora de irse. Se espera que se crucen las miradas y ahí se lanza el gesto con el brazo, la cabeza o la mano. Todos empiezan a sentir la sensación de finitud. Las llegadas a los arcos son cada vez más esporádicas y cuando lo hacen casi que caen de rodillas al suelo del cansancio.
El partido se desvanece solo. Varios se juntan cerca del arco, se sientan en el suelo y conversan. Otro se va corriendo al agua. El partido ya es un recuerdo en las mentes de todos. Los plateistas desarman sus lugares. Otro espectador enciende un cigarrillo.
Cada jugador va al encuentro de sus familias o grupo de amigos. En ese momento, uno que observa se da cuenta de que solo la pelota los reunió. Pero no se acaba ahí. Cada tarde al caer al sol se recreará la situación.
Un padre con un nene chiquito aprovecha que el partido terminó y se pone a jugar en uno de los arcos. El grupo de jugadores se reduce cada vez más entre saludos y sacudidas afectuosas con la mano en la cabeza. Queda uno, chiquito, solo, sentado en la arena con las rodillas contra el pecho y los brazos por delante jugando con una ramita e imaginando su próxima gambeta que seguro mañana se le va a dar.
Una última cosa. No vengan más a preguntar los extranjeros el porqué del fenómeno del fútbol en la Argentina. En todo caso, vean y actúen.
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