Santa Teresita: El balneario de la resistencia
Santa Teresita, refugio de una clase media que se resiste a perder el mar. Crónica de una temporada marcada por el ajuste: entre docentes que venden choclos y precios prohibitivos.
- enero 27, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Ubicada a 324 km de la Capital Federal, Santa Teresita es una de las paradas obligatorias al bordear la Ruta Provincial 11. Su identidad está forjada por el descanso: desde los relatos de 1930 que la describen como un alto en el camino para los viajeros en carreta, hasta su consolidación como destino de veraneo popular. Incluso Diego Maradona se alojó allí en 1995. Históricamente, sus calles fueron pobladas por obreros e inmigrantes que compraron sus terrenos para levantar la «casita en la playa».
A menudo eclipsada por el brillo de Mar del Plata, Santa Teresita suele pasar desapercibida para el gran flujo turístico de “La Feliz”, quedando en una suerte de periferia. Sin embargo, en sus arenas late una vida vibrante que resiste a diario. Mientras el relato oficial celebra el paso de miles de personas por la Costa Atlántica, el contexto real habla de ajuste, recortes y una clase media empobrecida. Los turistas llegan a esta ciudad para vacacionar, pero algunos siguen trabajando en la arena para llegar a cubrir sus gastos.
Abuelo que recorre la costa vendiendo comida para estirar el fin de mes.
El costo del veraneo: Los números que expulsan al trabajador
Los datos duros del Tarifario 2026 confirman que la inflación ha levantado un muro invisible en la ciudad costera. En el sector gastronómico advierten que los locales no se llenan y las propinas son escasas. Según el relevamiento de precios de este verano, el costo de un almuerzo básico (plato del día con bebida) sufrió un aumento de entre un 67% a un 200% respecto a la temporada anterior, una cifra que pulveriza cualquier paritaria: cotiza en $19.045.
Mientras tanto, una cena familiar con bebida y postre cuesta más de 115 mil pesos. El ritual del asado se ha vuelto prohibitivo, con parrilladas para dos que alcanzan los 70 mil pesos. Incluso los clásicos de las vacaciones golpean el bolsillo: un desayuno de café con medialunas ya cuesta casi seis mil pesos y la docena de churros supera los 7 mil. Para los más chicos, una entrada a Mundo Marino cuesta $35.900. Es decir, una familia tipo necesita casi el 20% de un sueldo docente básico para financiar un solo día de salida especial.
El rebusque: Cuando el sueldo no alcanza
La crisis ha provocado que en las arenas bonaerenses ya no se encuentren solo los vendedores de siempre, sino también aquellos que se volcaron a la playa por una necesidad urgente. Es el caso de Verónica, docente de primaria, que hoy cambia el aula por un puesto de choclos. “Es la primera vez que estoy acá; me movió la situación económica. Me metí en muchas cuentas y con esto evito tocar mi sueldo. Justo me quedé sin un cargo y estamos trabajando para solventar los gastos”, confiesa. Ella percibe aproximadamente $800.000 al mes, pero ve de cerca la angustia de quienes no tienen ese respaldo: “A los que viven solo de esto les está costando mucho. Las primeras semanas estuvieron flojas”.
Menos consumo y más caminata
En los puestos de comida y locales el diagnóstico es el mismo: hay gente, pero el bolsillo está flaco. Kai, quien maneja puestos de panchos hace cuatro años, describe una temporada atípica: “Podés hablar con pancheros que están hace muchísimos años; hoy uno vende dieciséis panchos por día, otros venden seis y caminan y caminan”. En su caso, hoy necesita tres carritos para recaudar lo que el año pasado ganaba con uno solo.
En las tiendas de recuerdos, Lucas analiza la competencia: “Se escucha que a ocho personas irse a Brasil les sale mucho menos que una semana acá. El invierno en Santa Teresita es un pueblo fantasma, por eso intentamos remontar ahora”.
La postal de Santa Teresita en 2026 es el espejo de una Argentina en plena metamorfosis. Ya no es la ciudad de la quincena larga y el asado familiar diario; es el refugio de quienes, a pesar de los recortes, se niegan a entregar su derecho al descanso. Entre docentes que venden choclos y turistas que racionan el consumo para que sus hijos conozcan el mar, el balneario sobrevive a fuerza de voluntad y "rebusque".
El nuevo veraneante: «Gasolero» y de fin de semana
El perfil del visitante ha mutado. Según el centro de turismo local, el clásico veraneo de quincena o mes es hoy un «caso aislado». La norma son familias trabajadoras que vienen por diez días o, más frecuentemente, por el fin de semana. Tal como lo expresa Jorge, un turista que pasa unos días con su familia: “Vinimos unos siete días para descansar y que los chicos vean la playa”. O el caso de Carla, que viajó un solo fin de semana con su pareja para darse “un pequeño gusto”.
En la misma línea, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) puso en números lo que se percibe en la arena: la temporada 2026 está marcada por la austeridad. Aunque 3,6 millones de turistas circularon por la costa hasta mediados de enero, la cifra representa una caída de 100.000 personas respecto al año anterior. La elección de la Costa Atlántica como destino retrocedió un 21%, un impacto directo en las economías locales que dependen del consumo hormiga. Incluso en destinos masivos como Mar del Plata, el promedio de estadía se desplomó a apenas tres noches, con algunos que se quedan hasta diez o quince «raspando el fondo de la olla». El turismo hoy no es un plan de descanso, sino un «escape» de supervivencia.
Centro de Santa Teresita
El balneario de la resistencia
La postal de Santa Teresita en 2026 es el espejo de una Argentina en plena metamorfosis. Ya no es la ciudad de la quincena larga y el asado familiar diario; es el refugio de quienes, a pesar de los recortes, se niegan a entregar su derecho al descanso. Entre docentes que venden choclos y turistas que racionan el consumo para que sus hijos conozcan el mar, el balneario sobrevive a fuerza de voluntad y «rebusque».
Más allá de los porcentajes oficiales de ocupación, el éxito de una temporada debería medirse por la tranquilidad de quienes la habitan y la visitan. Hoy, Santa Teresita, con sus calles de laburantes, mantiene la llama encendida: porque la playa no debiera ser un lujo, sino la recompensa necesaria para seguir aguantando.
Lautaro Belloni es sacerdote católico e integra el Grupo de Curas en la Opción por las y los Pobres. Docente de Filosofía y materias técnicas. Estudiante de la tecnicatura superior en periodismo y gestión de contenidos en ETER.
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