Milei en Davos: si no se entiende, es mejor
Un discurso críptico dicho con tono presuntamente magistral, que no buscó la persuasión sino la complejidad, partiendo del supuesto de que son tiempos en los que la horizontalidad no está bien vista. Lo enrevesado del discurso es parte de un diseño comunicacional que antes le dio resultados.
- enero 21, 2026
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Hay una extraña seducción en lo que no se comprende. Históricamente, el poder supo que la claridad es democrática, pero el misterio es aristocrático. Y estos son tiempos en los que la horizontalidad no es bien vista. El presidente argentino Javier Milei parece haber comprendido esta premisa de buena parte de la política contemporánea.
En su reciente paso por el Foro Económico Mundial, su discurso no buscó la persuasión, sino la perplejidad. Bajo la premisa de que si no se entiende, es mejor, el presidente argentino transformó el estrado de Davos en un púlpito críptico.
Milei no leyó: ametralló. Con una lectura nerviosa y acelerada, despachó una ensalada de referencias que cruzaban el tiempo sin escalas: del Antiguo Testamento a Jenofonte, de Adam Smith a la escuela austríaca, Jesús Huerta de Soto y “el profesor” Alberto Benegas Lynch.
Para el ciudadano de a pie, esa distancia no es un error de comunicación, es un diseño. Lo enrevesado funciona como una barrera de entrada. Quien habla así, se asume, posee una verdad que el resto de los mortales apenas podemos vislumbrar. Y ese carácter muchas veces incomprensible de sus discursos fue uno de los “activos” del líder libertario en la campaña de 2023.
Occidente atraviesa una “degradación ética y moral”. Milei la enuncia. Y dice que es el fruto de haber abrazado la nueva agenda socialista. Por eso es necesario volver a impulsar las ideas de la libertad.
Su retrofuturismo intelectual propone que el futuro consiste, en esencia, en volver atrás. Milei invita a rescatar a Grecia y Roma como ideales de libertad, omitiendo que esos faros de luz estaban sostenidos por una economía de esclavos. Es la libertad del mercado total, una libertad donde la política no debe molestar a quienes “hacen un mundo mejor”, incluso si ese “hacer” ocurre en el vacío social.
Para el ciudadano de a pie, esa distancia no es un error de comunicación, es un diseño. Lo enrevesado funciona como una barrera de entrada. Quien habla así, se asume, posee una verdad que el resto de los mortales apenas podemos vislumbrar. Y ese carácter muchas veces incomprensible de sus discursos fue uno de los “activos” del líder libertario en la campaña de 2023. Occidente atraviesa una “degradación ética y moral”. Milei la enuncia.
El discurso estuvo plagado de cifras lanzadas como proyectiles. Números extraños, procesados a una velocidad que impide el chequeo, pero que logran el efecto deseado: el impacto. Es la estética del dato por encima de la ética de la realidad.
Milei repite el mantra de “no dar el pescado, sino enseñar a pescar”, pero en su afán de desmantelar lo público, olvida un detalle biológico elemental: de nada sirve la caña de pescar si se ha secado la laguna o si ya no quedan peces que atrapar.
Para Milei, el mercado es justo por definición, una entidad metafísica que premia y castiga con la precisión de un dios antiguo. En su cosmovisión, Maquiavelo ha muerto. Ya no hay lugar para la negociación, el consenso o la sutileza política. Solo queda la fe ciega en el intercambio.
Lo curioso fue el escenario. A diferencia de otras cumbres donde su figura generaba atención eléctrica, en Davos el auditorio lució ralo. Lleno de sillas vacías. La atención del establishment global estaba aún cautivada por el doble show de Trump (que aseguró que Estados Unidos es el único freezer del mundo que puede conservar ese “trozo de hielo” llamado Groenlandia), que por la excentricidad del “faro de luz” argentino.
Las palabras de Milei esta vez parecen lejos de convertirse en un radiador que impulse marchas en su contra, como había ocurrido en 2025. Sin embargo, algo de lo críptico sobrevive y ayuda. Hay una idea flotando en el aire de buena parte de la opinión pública argentina: la de que Milei tiene el poder precisamente porque maneja un lenguaje que los demás no. En esa opacidad, en esa mezcla de profecía bíblica y planilla de Excel con columnas solapadas, se refugia su atractivo. Milei dice que Occidente ha caído, pero que él guarda la llave de la restauración.
Como señalaba Washington Uranga en su último panorama dominical, el presidente argentino ha decidido jugar todas sus fichas a lograr que Trump siga siendo su “garante y fiador solidario”. Pero depende de una conducta impredecible que no solo carece de reglas de juego, sino que se pasa derribando estanterías y desparramando utensilios.
Detrás de la búsqueda de ese padrinazgo global, subyace una paradoja doméstica. Al refugiarse en lo ininteligible y en la validación de líderes externos, Milei parece estar construyendo un poder que no necesita ser comprendido, sino simplemente creído. Su gestión se desplaza del terreno de la administración pública al de la teología económica: donde el dato reemplaza al pan y el dogma sustituye al bienestar.
El riesgo de este modelo es que mientras el presidente se autopercibe como un “faro” para un Occidente que empieza a mirarlo de reojo, la realidad argentina se vuelve un territorio de sombras. Porque cuando la política se reduce a un púlpito de perplejidad, el ciudadano deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en un espectador de su propia postergación.
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