Menos salud, más multas: el nuevo orden de la prevención
Aumentaron los operativos policiales de control de alcoholemia. Las leyes de alcohol cero se endurecieron sin evaluar su impacto real en la prevención. Crece un sistema de multas y secuestros que recauda más de lo que cuida. Mientras se invoca la libertad se endurece la represión y se termina fortaleciendo el negocio ilegal de las drogas. Un llamado a reflexionar sobre la forma eficaz de encarar los problemas vinculados con el uso de drogas.
- enero 14, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Tal como sucede en los últimos tiempos, el año viejo se despidió con las tragicómicas imágenes de los operativos policiales de control de alcoholemia. Todos los canales de TV y su repercusión en redes sociales mostrando el dantesco espectáculo de la policía pescando en la pecera y los “ratones paranoicos” escapando del gato que montó su operativo impoluto.
Las motos brillan por su ausencia ya que, si bien carecen de marcha atrás, desvían fácilmente cuando divisan el tumulto.
Alguna vez, habría que reflexionar seriamente sobre la efectividad preventiva de este tipo de acciones; si evitan accidentes de tránsito o si favorecen sólo a la confusión generalizada que producen los artilugios de los conductores (llamadas a celulares, mensajes, etc.) destinados a escaparse. Las leyes de alcohol cero se endurecieron sin evaluar su impacto real en la prevención, mientras crece un sistema de multas y secuestros que recauda más de lo que cuida. En ese vacío, normas desactualizadas y controles arbitrarios terminan castigando a trabajadores -como repartidores o conductores de moto- por infracciones mínimas que poco tienen que ver con la seguridad vial.
Algunas organizaciones civiles intentan año tras año, aportar su granito de arena, publicando en sus redes sociales de acotado alcance, alguna campaña de verano proponiendo recomendaciones y consejos sobre cuidados. Lo cierto es que las grandes campañas, en su mayoría ineficaces, ineficientes y hasta iatrogénicas (que sin perseguirlo genera un daño), quedaron atrás. No hay indicios que un gobierno nacional que desfinancia a la salud y la educación; recortando, al mismo tiempo los presupuestos de las provincias, realice alguna inversión en materia preventiva sobre uso de drogas.
Un gobierno que invoca la libertad mientras endurece la represión termina fortaleciendo el negocio ilegal de las drogas. El congelamiento del REPROCANN, que daba un marco legal a miles de cultivadores, dejó a usuarios y trabajadores expuestos a detenciones cotidianas. Lejos de pretender reflotar aquellas inútiles campañas de verano, propongo un llamado a reflexionar sobre la forma eficaz de encarar los problemas vinculados con el uso de drogas. Uno de los principales errores que se ha cometido es desvirtuar el concepto de prevención. Los que trabajamos en salud sabemos que, en salud pública, se habla de tres niveles de prevención: primaria (evitar que el problema aparezca), secundaria (detectarlo a tiempo) y terciaria (reducir sus consecuencias). Hoy, ninguna parece estar activa.
La única política preventiva que funciona es aquella en la que la ciudadanía se encuentra incluida. Aquella donde los individuos encuentran un “intermedio” que le resulte aceptable, aquella en la que el Estado regula las acciones de la comunidad y el mercado. El prohibicionismo abstencionista nos propone todo lo contrario.
Lo que hay que resaltar es que, cuando se trata de prevenir en drogas, nos olvidamos de estos conceptos que nadie discute en otras áreas y pretendemos controlar un problema socio sanitario con una equivocada estrategia jurídica: la prohibición y su consecuente respuesta abstencionista. Lo nuevo en este accionar es que cambiamos campañas inservibles por desidia y abandono.
Como vemos, nos encontramos en una situación de total desconcierto: políticas de drogas que contrarían patrones culturales, que retroceden sobre mejoras conseguidas o que abandonan a su suerte a aquellos que deciden consumir sustancias ilegalizadas.
La única política preventiva que funciona es aquella en la que la ciudadanía se encuentra incluida. Aquella donde los individuos encuentran un “intermedio” que le resulte aceptable, aquella en la que el Estado regula las acciones de la comunidad y el mercado. El prohibicionismo abstencionista nos propone todo lo contrario: crea un mercado de drogas ilegalizadas y desvirtúa neciamente la regulación de drogas legales como el alcohol y el tabaco, arrasando convenciones culturales, en el primero, y enviando a la clandestinidad a los productos y dispositivos de reducción de daños, en el segundo.
Continuar tomando decisiones políticas desde prejuicios y preceptos morales nos mantiene zambullidos en un pantano intelectual en un mundo que se jacta de su ignorancia de tal modo que los argumentos de “la guerra contra las drogas” siguen utilizándose para justificar invasiones imperiales.
Gustavo Zbuczynski es psicólogo, especialista en consumos problemáticos, integrante del equipo del Centro de Adicciones Carlos Gardel del Ministerio de Salud (GCABA)
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