Nora Merlín: “El ideal neoliberal promete éxito, pero produce una soledad estructural”
En las sesiones hoy no se habla tanto de padres ni de traumas infantiles. Se habla de cansancio, de no llegar, de la sensación persistente de estar siempre en deuda. La angustia ya no se presenta solamente como síntoma individual, sino como efecto de una época que exige sin descanso y devuelve soledad. En esta entrevista con 4Palabras, la psicoanalista Nora Merlin reflexiona sobre los modos actuales del malestar, el colapso del lazo social y las formas sutiles con las que el poder se filtra en la vida íntima. ¿Puede el psicoanálisis aún alojar al sujeto cuando todo lo demás lo empuja a diluirse en el rendimiento y la auto superación?
- enero 11, 2026
- Lectura: 3 minutos
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La clase media, ese significante vacío tan lleno de fantasmas, llega hoy a sesión sin relato. Lo que antes se formulaba como conflicto, hoy aparece como fragmento. No hay grandes narraciones, apenas frases sueltas, preguntas inconclusas, silencios saturados. Pero ¿qué pasa efectivamente en la relación terapéutica?
En los consultorios, se escucha la crisis, llega como experiencia vivida. Llega en forma de angustia, de insomnio, de cansancio extremo, de sensación de no poder más. Lo que hoy dicen los pacientes permite leer los efectos concretos de un modelo social que expulsa, precariza y desarma los lazos.
¿Cómo se percibe esa incertidumbre que vos describís?
En principio se da con respecto del dinero, el trabajo, el alquiler o la posibilidad de proyectar, se trata de un estado anímico que atraviesa los distintos rangos etarios. La imposibilidad de imaginar el futuro produce debilitamiento del deseo y una respuesta angustiosa que se presenta como amenaza o como angustia panicosa.
¿Qué pasa hoy con la soledad? Aparentemente aparece un tipo de soledad que no se resuelve ni con vínculos ni con redes sociales digitales. ¿Cómo pensas esta soledad estructural en el marco del neoliberalismo como régimen de producción de subjetividades? ¿Qué lugar ocupa el lazo social cuando el otro se vuelve cada vez más inconsistente o ausente?
Ese es otro fenómeno que aparece con fuerza. La soledad, no como elección, sino como consecuencia de un entramado social cada vez más debilitado. Las redes de apoyo se rompen, las relaciones se vuelven frágiles y muchos pacientes expresan la sensación de no contar con nadie. La hiperconectividad no compensa la falta de lazo real.
¿Qué malestares aparecen hoy en los consultorios según las generaciones? ¿Qué diferencias ves entre jóvenes y adultos mayores frente al contexto político y social actual?
En los jóvenes se observa una caída de los ideales. Cuesta encontrar sentido en el estudio, en el trabajo, en la participación colectiva. No es apatía individual: es la expresión de un horizonte social que promete poco y exige mucho. En los adultos mayores, en cambio, predomina el sentimiento de abandono, no poder sostener los gastos básicos, o volverse invisibles en una sociedad que descarta a los “improductivos”. La bronca y la desilusión política también atraviesan los discursos. Muchos pacientes sienten que no hay a quién reclamarle, que las instituciones dejaron de ofrecer amparo. Esa sensación de estafa simbólica produce retraimiento, desconfianza y apatía.
Escuchar de qué hablan los pacientes hoy implica escuchar el modo en que el poder se inscribe en la intimidad. No como consigna política explícita, sino como voz interior que exige, evalúa y condena. Tal vez la tarea —clínica y política— sea volver a abrir un espacio donde no todo tenga que servir para algo, donde se pueda fallar donde el sujeto pueda existir sin rendir cuentas permanentemente.
Desde tu perspectiva, ¿cómo pensás el malestar que aparece en la clínica en relación con los discursos dominantes de la época? ¿Qué efectos tiene en la subjetividad vivir bajo lógicas como la meritocracia y el “sálvese quien pueda”?
Desde el psicoanálisis, no podemos pensar estos malestares como meros problemas singulares. El sufrimiento psíquico está íntimamente ligado a la subjetividad de la época y a los discursos que organizan el lazo social. Cuando el mensaje dominante es la meritocracia o el sálvese quien pueda, el resultado es más angustia, más indefensión y soledad.
En los consultorios ya no se habla tanto de padres, de traumas infantiles o de conflictos edípicos. Se habla de cansancio. De no llegar. De estar siempre detrás de algo que corre más rápido. Los pacientes llegan con una sensación persistente de insuficiencia, como si la vida fuese una carrera en la que todos parecen perder. En muchos casos no se trata de un fracaso individual. Lo que aparece en la clínica es el efecto subjetivo de un orden social que logró algo decisivo: que los ideales neoliberales de éxito, rendimiento, eficiencia y objetivos se hicieran carne. Ya no hace falta un amo que ordene desde afuera; el mandato fue interiorizado. El sujeto se explota solo, se evalúa, se compara, se castiga.
¿Cómo actúa hoy el discurso del poder sobre los cuerpos y las subjetividades? ¿De qué manera la exigencia de optimización personal reemplazó a las viejas formas de control y obediencia?
El discurso del poder contemporáneo no dice “obedece”, dice “podés”. Podés más, podés mejor, podés optimizarte. Y si no llegás, el problema sos vos. Falta actitud, falta disciplina, etc. Así, la falla deja de ser una experiencia humana para convertirse en una culpa personal. La clínica muestra sujetos agotados por exigencias que no eligieron, pero que sienten como propias. Pacientes que no descansan ni cuando descansan, porque el tiempo libre también debe ser productivo o se inunda de aplicaciones, videos, consejos, recetas y autoayuda por Internet. El cuerpo se convierte en un proyecto infinito de mejora y la vida en una lista de tareas pendientes. El deseo queda abolido por el rendimiento.
La paradoja es brutal: en nombre de la libertad, se impuso una forma de esclavitud más eficaz que cualquier disciplina clásica. Ya no hay prohibición, hay exigencia. Ya no hay límite, hay ideal. Y frente a ese ideal, el sujeto siempre llega tarde, siempre incompleto, siempre culpable.
La pregunta que aparece una y otra vez en sesión no es “¿qué quiero?”, sino “¿por qué no puedo?”. No puedo concentrarme, no puedo sostener el ritmo, no puedo estar a la altura. El síntoma no es un obstáculo al sistema: es su producto.
Escuchar de qué hablan los pacientes hoy implica escuchar el modo en que el poder se inscribe en la intimidad. No como consigna política explícita, sino como voz interior que exige, evalúa y condena. Tal vez la tarea —clínica y política— sea volver a abrir un espacio donde no todo tenga que servir para algo, donde se pueda fallar, donde el sujeto pueda existir sin rendir cuentas permanentemente.
Porque si algo queda claro en los consultorios es esto: el ideal neoliberal promete éxito, pero produce malestar. Y lo hace en silencio, uno por uno.
Por último, en un tiempo donde la subjetividad es moldeada por lógicas de rendimiento, velocidad y desamparo, ¿qué lugar le queda al psicoanálisis?
El psicoanálisis no busca adaptar al sujeto a un orden que lo enferma; al contrario, se vuelve uno de los pocos espacios donde todavía es posible resistir a la captura total del yo por los imperativos neoliberales. Frente a una época que exige productividad emocional, rendimiento afectivo y optimización permanente, el psicoanálisis apuesta por la singularidad, por el decir que no encaja, por el síntoma como respuesta subjetiva y no como error a corregir. No propone anestesiar la angustia ni taparla con frases de autoayuda, sino alojarla como parte constitutiva de lo humano. En ese gesto, clínico y político a la vez, abre un espacio donde se vuelve posible inventar otras formas de estar en el mundo. A veces, el trabajo analítico es eso: trazar pequeñas estrategias de supervivencia psíquica frente a un contexto hostil que intenta borrar al sujeto en nombre de la libertad.
4Palabras
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