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Las fiestas no inventan nada: lo revelan

Más que un cierre mágico, diciembre funciona como una lupa que expone el desgaste y los vínculos que ya no sostienen. Un llamado a brindar con honestidad y a soltar lo que ya no merece pasar a enero.

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Christmas party time. Young people toasting with champagne flutes. Multiethnic friends congratulating each other with new year. Celebration and nightlife concept, holiday background, selective focus

Cada año, cuando se acercan las fiestas, aparece la misma escena: balances apresurados, brindis casi obligatorios, sonrisas para la foto y una presión silenciosa por “estar bien”. Como si Navidad y Año Nuevo tuvieran la capacidad mágica de acomodar lo que durante meses quedó desordenado. Sin embargo, la experiencia clínica y cotidiana muestra otra cosa: las fiestas no crean estados emocionales nuevos, los amplifican.

Funcionan como una lupa. Si hay paz, se nota. Si hay cansancio, desgaste o vacío, también. No porque diciembre tenga algo especial en sí mismo, sino porque baja el ruido externo y deja más expuesto aquello que venimos sosteniendo por inercia. En ese contexto, muchas personas no se sienten mal por las fiestas, sino por todo lo que tuvieron que aguantar para llegar hasta ellas.

En la consulta se repite una idea: “No me pasa nada grave, pero estoy agotado”. Ese cansancio no siempre es físico. Es el desgaste de vínculos que ya no se sienten propios, de rutinas que perdieron sentido, de roles que alguna vez funcionaron y hoy pesan. Las fiestas, lejos de tapar eso, lo ponen en primer plano. Por eso, incomodan.

Tal vez el verdadero cierre de año no tenga que ver con sumar propósitos ni con exigirnos optimismo, sino con dejar de mirar para otro lado frente a lo que claramente pide un cambio.

También aparece el ritual del brindis. Brindamos por lo de siempre: salud, trabajo, amor. Y muchas veces lo hacemos por compromiso, aun cuando por dentro sabemos que algo ya no cierra. Brindamos por versiones nuestras que ya se agotaron, por proyectos que siguen en pie más por costumbre que por deseo, por relaciones que continúan porque “siempre fue así”. Aún así, sonreímos para la foto.

El problema no es brindar. El problema es usar el brindis como anestesia. Como si levantar una copa pudiera reemplazar la necesidad de mirar con honestidad qué cosas ya no se sostienen. Tal vez el verdadero cierre de año no tenga que ver con sumar propósitos ni con exigirnos optimismo, sino con dejar de mirar para otro lado frente a lo que claramente pide un cambio.

No se trata de decisiones drásticas ni de resoluciones grandilocuentes. A veces, el movimiento más saludable es interno: empezar a escucharse un poco más, reconocer el desgaste, aceptar que no todo lo que llega a diciembre merece seguir pasando a enero. Las fiestas no exigen felicidad; exigen presencia.

Quizás este año el brindis más honesto no sea por lo que logramos, sino por lo que nos animamos a dejar atrás. No como castigo, sino como alivio. Porque soltar también es una forma de cuidado.

 

*Psicólogo Clínico Cognitivo

Facebook / Instagram / YouTube: @marianoratopsicologo



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