Diálogo con Miguel Tollo: Adolescencias en tiempos libertarios
Miguel Tollo es psicólogo y psicoanalista, especializado en la clínica con niños y adolescentes, y en temas de salud mental pública. Presidente del Forum Infancias (CABA) y autor de múltiples publicaciones sobre adolescencia, subjetividad y políticas públicas.
Por Pablo Castillo. Psicólogo. Magister en Comunicación
- diciembre 22, 2025
- Lectura: 3 minutos
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Sabemos que ‘la juventud’ no es una categoría homogénea. Aun con esa precaución, ¿qué rasgos propios advertís hoy en las adolescencias, en comparación con las de hace una o dos décadas atrás?
Efectivamente siempre es adecuado hablar de adolescencias en plural porque hay una diversidad que las caracteriza más aun en la actualidad. De todos modos, conceptualmente cabe referirnos a algunos puntos en común dentro de esa heterogeneidad.
¿Qué ejes priorizarías para comprender y comparar las adolescencias de hoy con las de ayer?
Yo tomaría la infancia que la precede, la adolescencia en su desarrollo específico y el futuro que se representan las adolescencias hoy. Y voy a cruzarlos de un modo algo desordenado con cinco andariveles: aprendizaje, comunicación, trabajo, vínculos y entretenimientos.
Sin hacer un análisis demasiado pormenorizado es evidente que en comparación con otras épocas los cambios han sido importantes y vertiginosos, tanto como para no poder aún dimensionarlos y conceptualizarlos con rigor de modo que revierta en beneficio de las prácticas ligadas a los jóvenes.
El niño/a ingresa a la adolescencia ya constituida su subjetividad desde un mundo digital y consumista que lo va marcando, desarrollando hábitos y condicionando derroteros pulsionales. El adolescente que se entretiene con videojuegos tiene como antecedente años de infancia expuesta a pantallas. Ese precedente va de la mano de lo que el historiador y ensayista catalán Román Gubern llamó la claustrofilia, es decir, un encierro placentero que compite con lo vincular e incluso lo exogámico. El niño/a en la escolaridad ve disminuida su capacidad sublimatoria y de construcción de conocimientos con otros, como así también la sociabilidad y el juego compartido.
Con estos antecedentes llega el niño a la adolescencia de modo que gran parte de su bagaje viene fuertemente condicionado. ¿Igualmente, no se podría distinguir ahí alguna especificidad?
Si. Algunos autores trabajan desde el psicoanálisis, pero también desde la teoría política y los estudios culturales con la noción de acontecimental. Y, aunque no aparece en todos los diccionarios normativos (como la RAE), es ampliamente aceptado en el lenguaje académico y crítico. Y nos permite estudiar cómo se da en el desarrollo, el pasaje y la apertura hacia la exogamia, la capacidad creativa e inventiva donde en un cierto “barajar y dar” de nuevo se da la posibilidad de redefinir condicionantes y rumbos.
Pero para alojar esa especificidad de la adolescencia es necesario ámbitos institucionales, predominantemente educativos, que provean las condiciones necesarias para el despliegue y la exploración. Muy especialmente los soportes colectivos concretos para la inscripción del adolescente en el mundo real, o sea, espacios accesibles donde su voz y participación le permitan la inclusión paulatina y activa en la dinámica social: lo artístico, deportivo, político, etc. Aquello que permita a la subjetividad adolescente anudar su dinámica psíquica a diversas tramas colectivas o como prefiero denominar, “nosotros sorofraternos”.
¿Y qué pasa con la dimensión del porvenir?
La dimensión del porvenir o del futuro según lo pensemos como algo imprevisto o anticipable, trata de una ilusión en baja para los adolescentes, a punto tal que hay un repliegue y una búsqueda afanosa en el presente inmediato con una pérdida del sentido del proyecto.
Quiero ser cauteloso respecto de estas observaciones ya que el panorama es fragmentario y conviven diversas adolescencias, también dentro de cada adolescente, lo que da lugar a configuraciones psíquicas también fragmentarias o fenómenos como el de la multiplicidad del Yo, que le permite al sujeto adecuarse a realidades disímiles y contradictorias a fuerza de desmentida y escisión que, no siempre, pero a veces puede ser perjudicial.
De ahí que también pensar el malestar subjetivo en base a unidades psicopatológicas que se vuelven rasgos fijos identitarios es, además de estigmatizante, inadecuado.
En ese mismo registro, ¿qué nuevas formas asumen hoy la angustia y el malestar adolescente en este contexto de cambios epocales?
La lógica del mundo digital no podemos entenderla hoy en sus determinaciones a nivel subjetivo sino atravesadas por las lógicas impuestas por el capitalismo salvaje y los mercados.
El consumismo define hoy el modo subjetivo dominante, de manera que el celular no es solo un aparato de comunicación sino de venta y consumo.
Al mismo tiempo la retirada del Estado ha dado lugar a lo que se puede caracterizar como la lógica brutalista en términos del filósofo camerunés Achille Mbmbe, que implica el abandono del sujeto quien queda echado a su suerte. Y esto dicho con todo el rigor del término ya que se advierte en la constitución subjetiva, sobre todo en los adolescentes, búsquedas más vinculadas con la fortuna que con el consumo o la producción. La vida es una tómbola dice la conocida canción de Manu Chao.
Las patologías del siglo XXI resultan por lo tanto variedades, algunas ligadas a los ritmos frenéticos de la producción, que dan lugar a la autoexplotación, el burn out o la exclusión, desafiliación con la caída de las redes de contención social; otras a los excesos del consumo o la depresión por la abstinencia; y por último, pero no menor, el cara o cruz de la casualidad o el destino que van por fuera de la voluntad, los marcos normativos y los lazos sociales. No es casual el incremento de las ludopatías o las vivencias catastróficas de fracaso o falta de éxito, que llevan a las autolesiones o el suicidio.
¿Podemos decir que hoy son más visibles los modos de padecimiento adolescente, o más bien cambiaron los lenguajes con los que ese malestar se expresa?
Esa pregunta me dispara otra reflexión que guarda alguna relación. Veo que uno de los graves problemas de estos tiempos, y no solo en las adolescencias, es la pérdida del poder de los lenguajes para expresarse y en particular para expresar el malestar y a la vez, la disminución en la calidad de los vínculos de manera concomitante.
Destacado: Veo que uno de los graves problemas de estos tiempos, y no solo en las adolescencias, es la pérdida del poder de los lenguajes para expresarse y en particular para expresar el malestar y a la vez, la disminución en la calidad de los vínculos de manera concomitante. Miguel Tollo
¿La escuela sigue siendo un organizador de la vida adolescente o perdió la centralidad simbólica que supo tener? ¿O esa centralidad persiste, pero bajo otras formas?
La escuela sigue siendo un organizador de la vida adolescente en el marco de una sociedad fragmentada, lo que equivale a decir desorganizada. ¿Cuáles son los ordenadores de la vida de un sujeto? ¿El trabajo? ¿El estudio? ¿La familia? ¿El club? En cualquiera de estos ámbitos encontramos dispersión y fragmentación. Pero el modelo unitario, universal, homogéneo del que venimos, no podría ni debería ser tomado de parámetro. Menos en términos nostálgicos añorando “aquellos tiempos”. Por eso creo que la escuela lejos de retornar al ideal homogeneizante, debería brindar hoy herramientas para la realidad de este mundo. Y no me refiero a una versión utilitaria y pragmática de lo educativo, porque en general esas recetas vienen diseñadas para situaciones predeterminadas, mientras que lo que los adolescentes necesitan son elementos y el ejercicio de capacidades para resolver situaciones imprevistas y construir de modo creativo con otres su camino.
¿Qué transformaciones observás en la construcción de la identidad adolescente en un ecosistema dominado por redes sociales con exposición constante y dispositivos permanentes de comparación?
En términos generales no es apropiado hablar en estos tiempos de identidad como algo consolidado. Menos en la adolescencia donde la característica central es la inestabilidad identitaria y la paulatina construcción de la misma. Las afanosas búsquedas de identidad encuentran a veces expresiones casi caricaturescas de personas que dicen haber encontrado en el autismo su identidad. Es cierto que las personas no podemos funcionar con una multiversión polimorfa de nosotros mismos, pero de ahí a quedar unificados y hasta etiquetados en un ser único, hay una gran diferencia. Lo que las redes brindan es una coartada ficticia y es la construcción de una identidad virtual: soy esa imagen que aparece para los otros. Una imagen que se moldea según los parámetros estipulados por los mercados.
Un concepto equívoco actual es el de bienestar que supone por un lado eliminar cualquier vestigio de malestar y por otro, el mero sentirse bien, lo que no quiere decir “estar bien”. Se nos brindan muchos “analgésicos” que suprimen los dolores y las contradicciones de la existencia, pero no las resuelven. Vemos que a veces la identidad se vuelve un parámetro integrador, unitario, tiránico, que no admite fisuras, diferencias ni conflictos.
¿Cómo inciden las desigualdades sociales y territoriales -acceso a tecnología, espacios públicos, educación y cuidado- en las distintas formas de ser adolescente hoy?
En un mundo que propone un horizonte individualista de identidades sin diferencias, de prescindencia de lo vincular, de pérdida del sentido de lo colectivo, las desigualdades son vividas como déficits individuales. Las derechas neoliberales impulsan subjetividades individualistas y meritocrática. Proponen también prácticas e instituciones sociales afines a ese ideario. La meritocracia plantea que el “culpable” del propio fracaso es uno mismo o su cerebro.
¿Cómo afecta la aceleración del tiempo y la cultura del rendimiento a los jóvenes que crecen en un presente volátil, marcado por la intermitencia y la incertidumbre?
En un profético libro de 1970, el pensador social estadounidense Alvin Toffler hablaba del shock del futuro. Decía «demasiado cambio en un período de tiempo demasiado corto» como para que el psiquismo pudiese incorporar las modificaciones necesarias para acomodarse. Si ya el advenimiento del mundo posindustrial marcaba ese derrotero en esos tiempos, lo actual superó con creces esa realidad. Ante tanta aceleración, con ritmos extrahumanos, es indispensable considerar los tiempos y ritmos de cada subjetividad. Por ejemplo, los tiempos y ritmos del verdadero jugar no son los que marcan los entretenimientos llamados “video juegos”. Y los pibes necesitan más juego y menos pantallas.
Entonces, ¿Cómo se reconfiguran los vínculos familiares en una época en la que las pantallas, la precariedad laboral y las nuevas dinámicas del tiempo reorganizan lo cotidiano?
Las instituciones en general y la familia en particular se han vuelto permeables a lo externo a tal punto que seguir hablando de interior-exterior resulta inapropiado para evaluar ciertas problemáticas que se suscitan en la constitución psíquica. Las pantallas ingresan en la vida cotidiana como un personaje más definiendo lo prohibido y lo que es deseable, sobre normas, placeres, vínculos íntimos con personas desconocidas para la familia, etc. Pero los niñes y adolescentes forman parte de un mundo en donde los adultos también participan de esa dinámica, atrapados en la telaraña digital. En ese sentido, todo trabajo de educación digital debe incluir necesariamente al mundo adulto y al colectivo social de pertenencia.
Por último: se habla mucho de la ‘crisis de la adolescencia’. ¿Es realmente así, o estamos más bien ante un clima epocal cuyos efectos se imprimen con especial intensidad en las subjetividades jóvenes?
La psicoanalista francesa Françoise Doltó, discípula de Lacan, comparaba la crisis puberal con el momento en que la langosta debe mudar su caparazón, quedando a la intemperie, en carne viva. Así están hoy muchas adolescencias, vulnerables, sin contención, expuestas. Frente a eso, impulsar medidas como la baja de la edad de punibilidad no solo es inoportuno sino cruel. Los adolescentes no necesitan más castigo; necesitan más lazo, más escucha, más adultos presentes.
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