- Política
- /
- El orden invertido
El orden invertido
La pantalla, el despacho y la plaza vienen haciendo política por separado en la Argentina de 2026. Esta semana, por primera vez, uno de los tres obligó a moverse a los otros dos. Otros territorios de disputa del sentido de la política. La oposición intenta reamarse, si bien persisten los interrogantes.
- agosto 16, 2026
- Lectura: 6 minutos
Compartir:
- agosto 16, 2026
- Lectura: 6 minutos
Compartir:
Hace quince días escribimos en 4Palabras tres cosas sobre esta ley que el gobierno bautizó de la “inviolabilidad de la propiedad privada” y que en el recinto ya nadie llamaba así. Que los votos no estaban. Que era una moneda al aire si el conflicto lograba salir de los despachos y llegar a la calle. Y que a un puñado de senadores los había invadido, justo a tiempo, una sensibilidad social notable, sobre todo porque dentro de pocos meses tenían que volver a sus provincias a pedirles el voto a sus vecinos.
No fue magia, pero se cumplieron las tres sentencias.
El capítulo de tierras cayó antes de que empezara el debate. El de manejo del fuego se largó a los ponchazos en plena sesión, cuando los números dejaron de cerrar. La media sanción salió igual -37 a 33-, pero rengueando: adentro quedaron los desalojos exprés y las expropiaciones; afuera, la tierra que le había dado nombre a la ley.
Ahora cruza a Diputados.
Attack, attack, attack
La comunicación de La Libertad Avanza tiene una consigna que Santiago Caputo escribió alguna vez en X: “attack, attack, attack, never defend”. Atacar siempre, defender nunca. No es solamente una frase ingeniosa. Explica bastante bien una forma de hacer política.
Hace falta que haya alguien enfrente. Un nombre, una cara, algo a lo que señalar. A veces será Lali. Otras, Lula. Puede ser un gobernador, un periodista, una universidad. El mecanismo cambia de blanco, pero no de funcionamiento: encontrar al adversario, obligarlo a entrar en la pelea y después convertir esa pelea en el centro de la conversación.
Esta vez pasó algo distinto.
El gobierno perdió antes de llegar al recinto y perdió justo donde suponía que era más fuerte: en el nombre.
Mientras sus voceros repetían “inviolabilidad de la propiedad privada”, afuera el proyecto ya se llamaba «ley de extranjerización de la tierra». No hubo que esperar una campaña centralizada ni un gran acto opositor. El nuevo nombre empezó a circular y, una vez que prendió, no hubo manera de devolverlo al laboratorio donde había nacido el anterior.
Contra Lali se puede pelear. Contra Lula también; Milei, de hecho, disfruta especialmente de esa batalla. Más difícil es pelear contra Tini y contra Selva Almada contando en Instagram que su abuelo fue peón de estancia y que su abuela se agachaba a hacer surcos en la tierra.
Ahí la granja de trolls se quedó sin blanco. No había una denuncia que desmontar ni un dirigente al que acusar de terrorista. Había un abuelo, un surco, una abuela. Almada no publicó un análisis jurídico de la ley. Hizo algo mucho más incómodo para una maquinaria entrenada en el combate: habló de su familia.
Y algo se corrió.
La discusión dejó por un rato la abstracción enorme de “la patria” y cayó sobre una tierra concreta, una familia concreta, muertos enterrados en algún lugar concreto. La historia de uno podía parecerse a la del otro. Ahí estuvo buena parte de la fuerza que hizo circular el rechazo mucho más allá de los espacios militantes que habitualmente discuten estas cosas.
La herencia sin territorio
La relación entre el PRO y los libertarios se entiende mal cuando se la mira solamente a través de las peleas electorales, los narcisismos y las descalificaciones cruzadas. Debajo de ese ruido hay una continuidad programática bastante menos novedosa.
El Estado presentado como obstáculo. La gestión convertida en técnica, como si administrar no fuera también decidir quién gana y quién pierde. La sospecha sobre todo lo público. La fantasía de que gobernar consiste, básicamente, en ordenar cuentas.
Milei no inventó eso.
En algunos casos lo heredó con cuadros y todo: Sturzenegger diseñando la ley, Bullrich al frente del bloque en el Senado, Santilli en la jefatura de gabinete.
El divorcio es de forma, y por eso pega más hondo de lo que parece.
El PRO había construido una pequeña épica de la cercanía. El timbreo, la sonrisa, los globos amarillos, el mago sin dientes que podía pasar inadvertido en la tribuna de Tinelli. Fingía territorio y, durante bastante tiempo, lo fingió bien.
La Libertad Avanza ni siquiera se tomó ese trabajo.
Las escuelas, los hospitales, los clubes, esos lugares que la política clásica recorría incluso cuando iba solamente a sacarse una foto, nunca terminaron de entrar en su escenografía. Su territorio natural fue otro: la pantalla.
Y en una pantalla no hay timbre que tocar.
Ahí aparece una diferencia que hasta ahora podía parecer secundaria. El PRO, con toda su impostura, conservaba una interfaz con el territorio. La Libertad Avanza no tiene una equivalente. Cuando alcanza con dominar la conversación digital, esa carencia puede pasar inadvertida. Cuando la pantalla deja de alcanzar, se nota. Esta semana se notó.
De la platea a la plaza
María Cristina Mata, una de las principales referentes del campo de la comunicación, trabajó hace décadas una distinción entre la platea y la plaza que sirve para mirar lo que pasó estos días. La platea observa un escenario. Puede emocionarse, abuchear, aplaudir y después irse. La plaza es otra cosa: cuando existe de verdad, no está solamente mirando. Se reconoce como parte de lo que ocurre.
Durante años las redes parecieron llevarnos en dirección contraria.
El scroll, el like, el enojo que dura lo que tarda el pulgar en pasar al video siguiente. Una gigantesca platea mirando millones de escenarios a la vez.
Esta vez ocurrió algo raro: la platea empezó a parecerse a la antesala de una plaza.
La semana pasada mostró que una herramienta no decide por sí sola qué se hace con ella. La misma red que fabrica espectadores puede conectar una experiencia con otra y empujarlas hacia afuera. Pero para eso tiene que haber algo que circule. Esta vez no fue una explicación sobre el artículo 15 de una ley de 2011. Fue una historia.
Ni siquiera hizo falta que la movilización estuviera completamente desplegada. El efecto político llegó antes. El gobierno empezó a retroceder frente a una masividad que todavía estaba, en buena medida, del otro lado de una pantalla.
Después apareció la escena que terminó de volver visible lo que estaba pasando.
En el tercer show de Rosalía en el Movistar Arena, a dos días de la sesión del Senado, el estadio entero empezó a cantar «no se vende, la patria no se vende». Rosalía agitó un pañuelo y agradeció la energía sin terminar de entender qué le estaban cantando.
No hacía falta.
La política no venía del escenario.
Eso obliga, por lo menos, a desconfiar de una explicación que repetimos demasiado. Que las nuevas tecnologías despolitizan inevitablemente. Que las redes convierten al ciudadano en espectador. Que toda militancia digital es una copia degradada de la militancia verdadera.
La semana pasada mostró algo menos cómodo: una herramienta no decide por sí sola qué se hace con ella. La misma red que fabrica espectadores puede conectar una experiencia con otra y empujarlas hacia afuera. Pero para eso tiene que haber algo que circule. Esta vez no fue una explicación sobre el artículo 15 de una ley de 2011.
Fue una historia.
La tierra donde están enterrados los muertos de uno.
Hotel Emperador, escenas de la vida conyugal
Hay, por lo menos, tres lugares desde los que se está haciendo política en la Argentina de agosto de 2026: la pantalla, el despacho y la plaza. Esta semana también dejó una advertencia: ninguno alcanza por sí solo.
La pantalla puede construir una épica global de ultraderecha y sostener una identidad política muy intensa. Pero cuando la conversación digital deja de ordenar la escena, queda expuesta su dificultad para tocar otra cosa.
El despacho conserva una capacidad que ningún algoritmo reemplazó: contar votos, negociar, torcer voluntades, hacer que una coma desaparezca de un proyecto a las dos de la mañana. El problema es que un acuerdo puede durar exactamente hasta que alguien abre la puerta del salón y descubre que afuera empezó a pasar otra cosa.
Y la plaza puede impedir, condicionar, obligar a retroceder. Esta vez lo hizo. Pero una multitud tampoco escribe sola el artículo de una ley ni resuelve el día después.
Tal vez por eso lo importante de esta semana no estuvo en que uno de esos mundos haya derrotado definitivamente a los otros.
Estuvo en el orden.
Por una vez, el despacho no decidió y después mandó a buscar gente para que aplaudiera lo decidido. Pasó al revés.
Algo que empezó afuera obligó a los de adentro a moverse.
A Sturzenegger, a interrumpir Punta Cana. A tres gobernadores aliados, a recordar de golpe que tenían una provincia. A Mayans, a los gritos, convocando a dos dirigentes que llevaban dos años sin hablarse. A esos dos, a terminar comiendo juntos una picada, un lunes a la noche, en el mismo salón. Ese orden invertido no es una anécdota.
También deja una pregunta incómoda para la oposición.
No se trata solamente de discutir si Kicillof tiene razón cuando intenta plantarse afuera de la rosca y mantenerse lejos de una estética que sabe desgastada. La pregunta es más difícil: si puede ganar sin entrar.
Y, si finalmente entra, si todavía podrá seguir siendo el que no entraba.
Ninguna picada resuelve esa contradicción.
4Palabras
Compartir:
Temas relacionados
Comentarios Cancelar la respuesta
Más leídas
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad
Suscríbete a nuestro boletín para mantenerte actualizado
Más información
- All Posts
- Ciencia y Tecnología
- Cultura
- Deportes
- Economía
- Internacional
- Política
- Sociedad



