El 24 de marzo en la escuela: “Es fundamental hablar con las nuevas generaciones”
Celeste Adamoli, coordinadora de Políticas Educativas de Memoria y Derechos Humanos de la Dirección General de Cultura y Educación bonaerense, dialoga acerca de cómo trabajar sobre las políticas de verdad y justicia en las aulas.
- marzo 13, 2026
- Lectura: 9 minutos
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“Trabajar la memoria en las escuelas sigue siendo significativo y por supuesto tiene su complejidad”, señala Celeste Adamoli, especialista en pedagogía de la memoria y docente en la Universidad Nacional de Hurlingham. Después de llevar adelante el reconocido programa Educación y Memoria a nivel nacional, desde 2023 coordina el área especializada en políticas educativas de derechos humanos en la provincia de Buenos Aires.
A pocos días de los 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, reflexiona sobre las transformaciones que hubo en la relación entre memoria y educación en estas cuatro décadas de democracia, los desafíos que genera en el aula la circulación de discursos negacionistas y cómo trabajar sobre las memorias locales y familiares.
¿Por qué sigue siendo importante trabajar la memoria en el aula?
Trabajar la memoria en las escuelas sigue siendo significativo y por supuesto tiene su complejidad. Podríamos acudir a una respuesta del tipo “ético o moral” que nos convoca a enseñar estos temas “para que no se repita”, o bien porque es un homenaje a las víctimas, una forma de justicia a los muertos y porque muchos de los delitos continúan perpetrándose en el presente como por ejemplo el secuestro de bebés o la desaparición de personas. Sin embargo, más allá de estas respuestas más generales, quienes trabajamos y promovemos una pedagogía de la memoria, creemos que la enseñanza del pasado reciente es fundamental ya que la transmisión de la memoria se vincula a la mirada del presente y el proyecto de futuro. Ahora bien, ¿por qué “insistir” con este pasado?, ¿porque seguir nombrando en las aulas esa herida social que nos dejó el terrorismo de Estado? Son preguntas necesarias que debemos seguir haciéndonos para revitalizar la enseñanza de un “pasado que no pasa”. Es la posibilidad de reforzar el pacto social con el nunca más al que habíamos suscrito hace ya varios años y promover la construcción de ciudadanías democráticas, críticas y comprometidas con lo social, como parte de un proyecto de futuro.
Se cumplen 50 años del último golpe de Estado, ¿cómo acercar la pedagogía de la memoria a estudiantes que están cada vez más alejados en el tiempo de los hechos?
La distancia temporal con el último golpe es hoy sin dudas un desafío pedagógico, ya que se discute si se trata de un acontecimiento del pasado reciente, o es para los estudiantes e incluso algunos docentes, un hecho lejano y uno más de la historia. Sin embargo, se trata también de un pasado que aún es motivo de debate público, en donde los sentidos de aquel pasado se encuentran en pugna y esto lo trae siempre al presente.
Los procesos de justicia en nuestro país siguen abiertos y nos encontramos con la magnitud del terrorismo de Estado, siendo evidente que aun nos queda mucho por trabajar para poder conocer la verdad, ejerciendo siempre más memoria y reclamando justicia.
Realmente es un pasado que no ha pasado, ya que sus marcas y el impactos de estos delitos continúan hasta el presente, por ejemplo, cuando pensamos en la lucha de Abuelas y la restitución de identidades de aquellas personas que fueron apropiadas durante la dictadura; personas que ven vulnerado su derecho a la identidad, así como el de sus entornos. La búsqueda de verdad en este sentido sigue presente, así como la necesidad de poder conocer la verdad sobre las personas desaparecidas. Lo vimos esta semana con la identificación de doce personas desaparecidas en el predio donde funcionó el campo de concentración de La Perla. Estamos convencidos de que la enseñanza del pasado reciente nos brinda oportunidades para pensar el presente.
¿Cómo acercar entonces la pedagogía de la memoria a estudiantes que están cada vez más alejados en el tiempo de los hechos?
Diría que acercando la pregunta: ¿Que tiene que ver esto conmigo? ¿con mi comunidad? ¿Con mi provincia, con mi país? Ayudar y acompañar a construir puentes en este sentido. A 50 años del último golpe de Estado, se vuelve elemental seguir conversando sobre lo ocurrido con las nuevas generaciones. En este camino, la escuela se vuelve un ámbito clave para la transmisión de la cultura y la historia, invitando a pensar preguntas de estos pasados, pero desde el tiempo presente, en vistas de poder construir juntos y juntas mejores futuros.
¿Cómo explicar a las pibas y pibes la actualidad de los crímenes de la dictadura?
La transmisión del pasado reciente debe ser algo sostenido y difundido en todo el sistema educativo. Esto lo hacemos a través de la experiencia acumulada a lo largo de estos 20 años de políticas públicas de memoria sostenidas, así como atendiendo a los nuevos desafíos del presente. También desde la convicción de que no existen recetas o instrucciones sobre cómo hacerlo. Reflexionar y enseñar sobre los temas de memoria e historia reciente implica siempre atravesar un conjunto de desafíos, algunos vinculados a las particularidades de cada etapa vital y otros más bien generales. En cada nivel educativo el modo de abordaje será diferente, con entradas y recursos diversos.
¿Cómo trabajar en un contexto donde desde niveles del propio Estado se difunden discursos negacionistas?
La relación entre escuela y memoria se ha ido transformando desde el retorno de la democracia hasta nuestros días. Y lejos de haber sido lineal y de avanzar en una sola dirección, se trata de una relación compleja, con características propias, que se han ido modificando y lo siguen haciendo a la luz de las experiencias del presente. Y muchas veces la enseñanza de estos temas se vinculó más a la voluntad docente que a lo prescriptivo o lo impulsado por el Estado. Transitamos un momento muy complejo, no sólo en relación con la enseñanza de estos temas, sino porque todo parece estar en discusión y porque los niveles de violencia son preocupantes. La escuela es por excelencia el lugar que permite albergar lo común y lo diferente, es un lugar de encuentro, de diálogo, de construcción de acuerdos y por supuesto tiene vínculo con lo que sucede detrás de sus paredes y no resulta sencillo. En este sentido, es necesario prestar atención sobre cómo van emergiendo estos negacionismos y discursos de odio, para poder, desde el ámbito educativo, volver a desarmarlos, tratando de reconstruir esos “pisos de verdad” que creíamos sólidos hasta hace poco tiempo. Hay que seguir explicando porque es posible hacerlo. En nuestro país hay sentencias judiciales y trabajos de investigación histórica que respaldan la explicación de lo acontecido. El modo de trabajar con nuestros estudiantes es siempre la escucha atenta y la información clara, no ha de cambiar en ese sentido, pero sí nos enfrenta con el desafío de desarmar ciertos discursos circulantes y anteponerse a ello una mirada crítica del pasado y del presente. Por ejemplo, poder explicar por qué son 30.000.
¿Qué sucede con las nuevas tecnologías?
Las nuevas tecnologías, las redes sociales, los nuevos lenguajes de las y los jóvenes de hoy son un puntapié para pensar en qué nuevos formatos nos debemos dar para desplegar la pedagogía de la memoria. Asimismo, un mundo con nuevos discursos negacionistas y de odio nos convoca a tomar todo lo aprendido y poder revisar nuestro campo de conocimiento para generar nuevas condiciones de posibilidad para el desarrollo de la transmisión de la memoria y los derechos humanos.
¿Cómo trabajar las memorias locales, cuando a veces hay menos bibliografía para utilizar como referencia? ¿Cómo enlazar historia con memorias familiares?
Es un trabajo y un desafío sumamente importante para las y los docentes porque conecta con la pregunta qué me pasa a mí, a mi localidad con este tema. Creo que los sitios de memoria y las marcas en los territorios cumplen un rol fundamental en acercar las memorias locales y permitir conocer cómo se ejerció el terrorismo de Estado en todos los lugares del país. Los sitios, espacios y marcas de memoria son de suma importancia para poder encontrar esas memorias locales, muchas veces más subterráneas. También la invitación al trabajo con historia de vida, testimonios orales, con fotos y diarios de época, por ejemplo, que nos acercarán a las perspectivas locales, siendo un trabajo necesario que se complementa con el abordaje acerca de qué fue el terrorismo de Estado y cómo se ejerció en nuestro país, así sobre el modo en que se articuló con otras dictaduras latinoamericanas.
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