Rocambole, del dibujo como supervivencia a la particular fama ricotera
Ricardo Cohen empezó a dibujar cuando era niño. Dice que es algo de todos los chicos: la diferencia es que él nunca paró. Usó el dibujo para sobrevivir a la escuela y a la colimba. Integró la mítica comunidad hippie/artística La Cofradía de la Flor Solar y logró una fama particular con Los Redondos. “El dibujo para mí es una especie de herramienta para entender el mundo”, le explicó a 4Palabras.
- febrero 14, 2026
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Para Ricardo Cohen el dibujo es una forma de pensar. Quizá, la más importante. Pero, además, es una herramienta de supervivencia que lo acompaño durante toda su vida: lo ayudó a hacer relaciones sociales en la escuela y a sobrevivir a la colimba, le dio trabajo desde muy pequeño; y, por supuesto, le brindó la particular fama de ser Rocambole, el ideólogo de la estética de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
El seudónimo Rocambole proviene de un folletín francés publicado a fines del siglo XIX, pero Cohen también es conocido por sus amigos como “Mono”. Ahora, del otro lado del teléfono, saluda con dos “hola” seguidos y un cálido “¿qué hacés?”. Su voz es áspera, pero suena juvenil. Tiene 82 años y, actualmente, está presentando la exposición “Rocambole y El Jardín de los Fantasmas” en el Centro Cultural Recoleta, que reúne piezas de distintos momentos de su producción gráfica y plástica. Anda con la agenda apretada porque la semana que viene se va de vacaciones, pero se hace un espacio para charlar un sábado a la tarde. Sin preguntar mucho quién lo entrevista, Rocambole se dispone a contar su vida artística, aunque antes advierte “que es larga”.
Nacido en el barrio porteño de Parque Patricios, en 1943, Cohen se trasladó a la ciudad de La Plata de muy pequeño, por una oportunidad laboral de su papá. En esos primeros años de la infancia, como cualquier niño, también empezó a dibujar. “El dibujo, parece ser, es una condición humana. En el mismo momento que empiezan a aprender a caminar y a hablar, los niños también empiezan a dibujar”, dice. Aunque, luego aclara que son muy pocos lo que continúan con esa expresión artística cuando crecen. “Digamos, sólo un 2%”.
Cohen fue de la pequeña porción de chicos que siguieron dibujando. “Yo copiaba desesperadamente todo”, cuenta. Entre sus primeros recuerdos están los de imitar imágenes de Walt Disney y de distintas historietas que le compraba su papá. Luego, empezó a intentar dibujar la realidad misma y quería capturarlo todo. “El dibujo para mí es una especie de herramienta para entender el mundo. A través de la imagen y la realización de la imagen uno va reflexionando. Es una forma visual de pensamiento. Yo siempre he necesitado de algún plano para poner algunos garabatos, para ir explicando cosas”, le explica a 4Palabras.
El hallazgo de un oficio
Mucho antes de ser Rocambole, el ideólogo de la estética ricotera, Cohen fue un niño que transitó las aulas de la Escuela Primaria 1º de La Plata. Allí, empezó a caricaturizar a sus compañeros. Esta habilidad, dice, le permitió destacarse a pesar de ser “un patadura” jugando al fútbol. En ese entonces también empezaron sus primeras etapas formativas de dibujo: un curso por correspondencia y clases vespertinas en el Colegio de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
“Mi padre me compraba muchas revistas de historietas y, en la década del 50, en la mayoría de estas revistas aparecían cupones para enviar a escuelas de dibujo o de arte. Me acuerdo que envié un cupón a un historietista dibujante que se llamaba Carlos Clemen y, de vuelta, me llegó que me había hecho acreedor de una beca. Me mandaban prácticas por correo y yo enviaba los trabajos”, cuenta. Arrancó en Bellas Artes porque una maestra observó que se la pasaba dibujando y le dijo a su madre si no me podía enviarlo a algún lugar donde le dieran un poco de instrucción al respecto. En la Escuela de Bellas Artes había unos cursos para niños y su madre me anotó. Ahí empezó a aprender el dibujo de modo más profesional.
Entre los 8 y 12 años, Cohen comenzó a limar su oficio no solo en técnica, sino también en términos laborales. Es que, al ver su habilidad, las maestras de la Escuela Primaria 1º le empezaron a pedir dibujos que les servían como planchas didácticas. “Lo primero que me encargaron fue hacer unos esquemas sobre la germinación del poroto. En aquella época todavía no había plotters ni nada de eso, entonces las maestras mismas tenían que hacerse unos paneles con papeles grandes donde ponían muchas de las cosas que tenían que enseñar”.
Después del primer encargo, el boca en boca hizo que los pedidos se multiplicaran. Cohen dibujaba de todo: el Cabildo, la Casita de Tucumán, la Cordillera de los Andes y San Martín a caballo… “Como me encargaban demasiadas cosas, las maestras empezaron a sentir un poco que me estaban explotando. Entonces, me pagaban. Por eso, yo digo que, a los 12 años, cuando estaba en sexto grado, tenía un kiosco ya montado sobre ese trabajo”.
Cuando terminó la primaria, Cohen tenía un oficio que luego siguió ampliando gracias a un letrista fileteador que le enseñó su trabajo y le dio la oportunidad de pintar carteles para negocios.
Cohen realizó trabajos para diversos y reconocidos artistas y bandas como Frank Zappa, Miguel Cantilo, Charly García, Beilinson (como solista) y Attaque 77. Sin embargo, su nombre quedó estrechamente vinculado a Los Redondos, grupo al cual arribo por compartir ambientes en común y para el que realizó el arte de tapa de todos sus discos, afiches y entradas, desde sus inicios a mediados de los setenta.
Sobrevivir dibujando
A principios de los sesenta, cuando terminó la secundaria en el Colegio Nacional Miguel Hernández de la Universidad Nacional de La Plata, Cohen curiosamente no siguió el camino del dibujo en términos de estudio. La universidad platense había abierto recientemente la carrera de Psicología en la Facultad de Humanidades. “Me ha interesado siempre esas materias de humanidades como historia, filosofía y psicología. He leído mucho sobre esas cosas y dije ‘bueno, vamos a ver qué pasa”.
El tiempo en Psicología fue breve porque pronto se dio cuenta que lo que le interesaba era seguir profundizando en el dibujo. Sin embargo, cuando estaba retomando ese rumbo, le tocó hacer el servicio militar en Regimiento de Caballería de Tanques 8 “Cazadores General Necochea” de la localidad de Magdalena, a poco más de 50 kilómetros de La Plata. Corría 1963 y Cohen estaba en un sitio difícil. Dos facciones de las Fuerzas Armadas mantenían una fuerte interna que llevó a varios enfrentamientos armados, entre ellos un bombardeo al Regimiento de Magdalena en el que hubo nueve muertos.
Así como lo había hecho en la escuela para destacarse entre sus compañeros y ganar sus primeros pesos, Cohen también pudo usar su pasión artística como una herramienta para sortear el servicio militar. Cuando ingresó, en el momento de reparto de tareas, le preguntaron qué sabía hacer y quedó como el dibujante de la Oficina de Operaciones del Regimiento. “Tenía que hacer mapas, esquicios, planos por donde irían los tanques en caso de hipotéticas batallas. Ahí también ejercí mi profesión”, cuenta.
A los oficiales les gustaba que sus tanques lucieran como en películas norteamericanas, con alguna imagen que los identificara. “A cada uno yo le hacía una especie de logotipo como un Patoruzú, una chica bella, una sirena, un zorro. Hacía muchos zorros porque al jefe del Regimiento, (Alcides) López Aufranc, le decían El Zorro”, detalla.
El centro del mundo
De joven, Cohen consideraba filosóficamente que el centro del mundo era donde uno estaba. Esa manera de ver las cosas, posiblemente fue lo que lo llevó a él y a su entorno a plantear horizontes artísticos (y políticos) impensados para la ciudad de La Plata. “Me resistía a ese sentimiento, que es muy platense o muy de pueblo, que es que todo pasa en Buenos Aires”.
Después de terminar la colimba, en 1964 entró finalmente en la Escuela Superior de Bellas Artes (hoy Facultad) de la UNLP para estudiar el profesorado en Arte. La carrera duraba unos cinco años, pero su proceso académico se vio interrumpido por el golpe militar encabezado por el general Juan Carlos Onganía en 1966. En ese momento, Cohen participaba del centro de estudiantes y el gobierno dictatorial prohibió toda actividad política en las universidades, mientras que persiguió a quienes la practicaban de alguna manera.
“Con mis compañeros del centro de estudiantes tuvimos que poner violín en bolsa y suspendernos. Entonces nos retiramos: alquilamos una casa chorizo y nos fuimos a vivir todos juntos”, cuenta Cohen.
El alquiler de esa casa chorizo en una zona céntrica de La Plata, a la que Rocambole compara con lo que hoy es un centro cultural, fue el origen de La Cofradía de la Flor Solar, la mítica comunidad hippie/artística en la que se formó el grupo de rock psicodélico homónimo y que, de alguna manera, fue un semillero para muchas otras bandas.
En un inicio, el grupo armó “una especie de universidad paralela”, a la que algunos docentes que habían sido separados de sus cargos se acercaron a dar cursos, talleres, charlas y conferencias. Incluso, ante el cierre del comedor universitario, los jóvenes motorizaron ollas populares para estudiantes de Bellas Artes. “Unos amigos del Sindicatos de Correos nos ofrecieron galpones en los que podíamos armar una especie de comedor. Salíamos a pedir víveres al mercado. Íbamos con un Jeep que teníamos. Hacíamos sopas, pucheros…”, recuerda Cohen.
La Cofradía era una comunidad fija de unos 15 integrantes, pero el número aumentaba con visitas de personas que se quedaban temporalmente. Eso hizo que la primera casa quedara chica y el grupo terminara mudándose: se trasladó a una casa extensa de techo a dos aguas, muchas habitaciones y un gran parque, en las afueras de La Plata. “Era media manzana y en el parque se podía acampar perfectamente. Entonces, la gente que venía traía carpas. Venían grupos musicales amigos, como Manal y Vox Dei, y hacían campamento en el parque”.
Uno de los visitantes habituales de La Cofradía era el también platense Skay Beilinson. “Cayó cuando venía de Europa y se enteró de que en esa casa había gente parecida a lo que él había visto allá, en el año 68. Pasó a conocer y quedó como una frecuente visita”, explica Cohen.
Cohen entró en 1984 como docente a la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, establecimiento en el que luego fue vicedecano. “Yo soy una especie de adalid de la docencia porque considero que la única forma de aprender bien algo es enseñarlo”, asegura.
La curiosa fama
Cohen realizó trabajos para diversos y reconocidos artistas y bandas como Frank Zappa, Miguel Cantilo, Charly García, Beilinson (como solista) y Attaque 77. Sin embargo, su nombre quedó estrechamente vinculado a Los Redondos, grupo al cual arribo por compartir ambientes en común y para el que realizó el arte de tapa de todos sus discos, afiches y entradas, desde sus inicios a mediados de los setenta.
“Cuando llegó el momento de que Los Redondos precisaban una identidad visual y dijeron: ‘Vamos a llamar al Mono’; pero ya desde antes de la época de La Cofradía, yo me dedicaba a hacer carteles, afiches y todas esas cosas, para grupos teatrales independientes y músicos”, explica.
En 1996, junto a otros diseñadores egresados de la UNLP, fundó el Estudio Cybergraph DCA. Al año siguiente, ese grupo recibió el premio ACE al mejor diseño de portada para disco por Luzbelito. Asimismo, la tapa de Oktubre (1986) es considerada una de las mejores del rock nacional. En lo que respecta a su vida académica, Cohen entró en 1984 como docente a la Facultad de Bellas Artes de la UNLP, establecimiento en el que luego fue vicedecano. “Yo soy una especie de adalid de la docencia porque considero que la única forma de aprender bien algo es enseñarlo”, asegura.
Rocambole advierte que Los Redondos “fue uno” de sus trabajos entre muchos otros, aunque admite le dieron una fama particular. “Tuve la suerte de estar allí y más tarde se transformaron en una especie de fenómeno social, un fenómeno de masas… y mis trabajos acompañaron todo ese periplo”.
Al ser consultado por qué él es reconocido por sus tapas y no otros artistas que realizan el mismo trabajo, deja una respuesta simple y humilde: “Quizás porque tuve la costumbre del pintor: yo firmaba mis trabajos. En algún lado, aparecía ‘Rocambole’”.
Crédito de fotos: Centro Cultural Recoleta
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