Argentina / 10 abril 2026

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No sentir nada: el verdadero síntoma de esta época

En medio de una crisis silenciosa entre anestesiólogos, aparece algo que incomoda un poco más: no se trata solo de drogas ni de desvíos individuales, sino de un tiempo que produce dolor y, al mismo tiempo, multiplica las formas de apagarlo.

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En medio de una crisis silenciosa entre anestesiólogos, aparece algo que incomoda un poco más: no se trata solo de drogas ni de desvíos individuales, sino de un tiempo que produce dolor y, al mismo tiempo, multiplica las formas de apagarlo.

La luz blanca del quirófano no cambia nunca. Tampoco el sonido: el monitor marcando el pulso –a veces apenas desfasado–, el roce del látex, indicaciones cortas. El cuerpo está ahí, abierto. Y alguien regula, con precisión milimétrica, la cantidad exacta de sustancia necesaria para que no haya dolor. Ni uno de más. Ni uno de menos. Entre el alivio y la sobredosis hay apenas unos miligramos.

Esa escena, que para algunos es rutina, de golpe se volvió noticia.

Y lo que aparece no es tanto sorpresa como cercanía. Demasiada. Porque la pregunta no es solo qué pasó, sino por qué resuena tanto. ¿Es casual que, en un momento donde todo empuja a soportar más de lo que se puede, aparezca una crisis justamente entre quienes administran el dolor?

No es una pregunta para cerrar. Es, en todo caso, una incomodidad que conviene no suprimir rápido.

Evitar el dolor no tiene nada de extraño. Lo raro sería lo contrario. Pero hay algo que cambia: las formas. Cómo se lo esquiva, con qué, en qué condiciones, con qué costo. Y ahí es donde esta época empieza a hablar más de la cuenta.

Cada tanto, el tema de las drogas vuelve a escena. Dura poco. Esta vez no son sustancias ilegales en el sentido clásico, sino medicamentos de uso controlado que circulan por canales paralelos. No es nuevo. Tampoco excepcional. En ciertos sectores de la salud, el acceso no es un problema: es parte del entorno de trabajo.

Y, sin embargo, hay algo que cuesta admitir: no todo consumo responde a una necesidad funcional. No todo es para rendir más, ni para sostener jornadas imposibles. También hay uso por fuera de eso. Recreativo. Elegido.

Negarlo no ordena nada. Solo lo vuelve más opaco.

Las respuestas, en cambio, son siempre las mismas: controles, sanciones, más vigilancia. Una reacción rápida que tranquiliza, pero no explica demasiado. Sirve para mostrar que algo se hace, no para entender qué está pasando.

Cada tanto, el tema de las drogas vuelve a escena. Dura poco. Esta vez no son sustancias ilegales en el sentido clásico, sino medicamentos de uso controlado que circulan por canales paralelos. No es nuevo. Tampoco excepcional. En ciertos sectores de la salud, el acceso no es un problema: es parte del entorno de trabajo.

Porque lo que empieza a aparecer no es solo el consumo, sino la forma. Prácticas compartidas, organizadas, con alguien que regula la dosis y la experiencia. Una especie de técnica aplicada al cuerpo del otro. Sin relato, sin marco, sin demasiado más que la precisión.

En los últimos años, la secuencia se repite: muertes en fiestas, denuncias, intoxicaciones. Irrumpe, golpea, desaparece. Y todo sigue más o menos igual.

Hay algo incómodo de aceptar: el consumo de sustancias no es una anomalía ni una excepción moderna. Siempre estuvo. La diferencia no es su existencia, sino el lugar que ocupa y lo que se hace con eso.

Mientras tanto, las respuestas más duras suelen empujar el problema hacia lugares más riesgosos. Circuitos más cerrados, menos visibles, más difíciles de intervenir.

Pero incluso eso queda corto.

Porque hay un desplazamiento más profundo. Ya no se trata solamente de lo prohibido. La exigencia ahora pasa por otro lado: rendir, sostener, estar, llegar. Y si no, quedar afuera. Sin pausa clara, sin límite reconocible.

En ese marco, el malestar no desaparece: se gestiona.
La anestesia deja de ser una excepción médica y pasa a organizar la vida cotidiana. No solo en sustancias, también en el ritmo: velocidad constante, saturación, la imposibilidad de frenar.

Cuando todo empuja a seguir, sentir se vuelve un problema.

Y entonces aparecen las soluciones.

Algunas vienen en ampollas.

Otras no.

Pero funcionan parecido.

Por eso, quizás, la discusión no sea solamente sobre las drogas.

Sino sobre todo lo que duele.

Y sobre cuánto de eso estamos dispuestos a soportar.

 

Gustavo Zbuczynski es psicólogo, psicoanalista, integrante del Equipo del Centro Carlos Gardel (Ministerio de Salud, GCABA).

Pablo Castillo es psicólogo, magíster en Comunicación.

 

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