Argentina / 17 marzo 2026

temperature icon 26°C
Edit Template
  • Cultura
  • /
  • Picada cultural: Lucrecia Martel, Patricio Guzmán y la lucha por la tierra

Picada cultural: Lucrecia Martel, Patricio Guzmán y la lucha por la tierra

La cineasta salteña presenta un documental urgente sobre el despojo y el racismo estructural en Tucumán. En esta entrega, conectamos su mirada con la poética de Patricio Guzmán en Chile y el clásico brasileño El pagador de promesas. Tres obras fundamentales para entender la identidad latinoamericana y la resistencia de los pueblos frente al borramiento histórico en las puertas de un nuevo 24 de marzo.

Compartir:

Compartir:

Imagen ilustrativa de Picada Cultural

Ocho años. Ese es el tiempo que tuvimos que esperar para que Lucrecia Martel vuelva a sacudirnos en las salas de cine. Después de esa obra espesa y fascinante que fue Zama, la directora salteña —la más prestigiosa de nuestras artistas, cuyas obras rankean alto en las listas de lo mejor de la historia del cine— regresa con su quinto largometraje. Y lo hace con una novedad formal: es su primer largo de no ficción.

Se agradece, y mucho, la aparición de Nuestra tierra. Aquí Martel toma como eje el juicio oral por el asesinato de Javier Chocobar, comunero del pueblo Chuschagasta en Tucumán, fusilado en 2009 en un intento de desalojo. El crimen fue filmado. La prueba está ahí, cruda. Pero donde otros harían un true crime de esos que hoy hacen roncha en las plataformas, la autora de La ciénaga y La mujer sin cabeza hunde el bisturí en los pliegues ocultos (y ocultados) de la identidad argentina.

La película trasciende el estrado judicial para indagar en la raíz: la usurpación territorial que viaja en el tiempo desde la colonia hasta hoy. Martel pone en crisis la noción de “documento” oficial, esos papeles ajados sobre los que se fundó una república que, para existir, necesitó borrar al otro. Sobre el (auto) reparto de miles de hectáreas entre aquellos que luego decidieron sentar las bases de la ética nacional.

Pero Martel no usa el trazo grueso. Profundiza en las memorias singulares para desde allí tensar la historia con mayúsculas. Fruto de quince años de trabajo en la comunidad, la cámara no observa desde afuera: convive. A través de fotos familiares y relatos cotidianos, reconstruye deseos, amores y dolores. Hay escenas conmovedoras, como la de esos jóvenes novios proyectando su casa sobre la tierra en disputa.

Si algo sabe hacer Martel es exponer la persistencia de un racismo estructural que se alimenta de la burla, el cinismo y el desprecio “blanco”. Es notable —y aterrador— el papel de ciertos sectores del periodismo y la historiografía que, de modo literal, fraguaron la extinción de los Chuschagasta. “¿Mirá si me voy a poner a investigar para cada nota que escribo?”, suelta un articulista de La Gaceta con honestidad brutal. El problema es que su columna quiere ser utilizada como prueba judicial. 

El estreno trajo consigo la multiplicación de Martel en los medios. Y escucharla es, siempre, un ejercicio estimulante. En un espacio público donde la figura del intelectual parece haber sido vaciada o reemplazada por el grito, ella ocupa ese lugar con audacia y picardía. Lo suyo es un juego a dos bandas magistral. Reivindica lo público, la vida comunitaria, lo que nos pertenece a todos. Y lo hace sin subirse al pedestal de la superioridad moral o estética. Habla con simpleza, usa la ironía para desarmar la solemnidad y nos recuerda que el cine es una herramienta para ver lo que otros prefieren ocultar bajo la alfombra de la historia.

 

***

 

Si el agua tiene memoria, el cine del chileno Patricio Guzmán es el encargado de otorgarle una voz. En el documental El botón de nácar (2015) —integrante de la trilogía de Nostalgia de la luz y La cordillera de los sueños—, el agua deja de ser un paisaje para convertirse en el testigo de dos masacres separadas por un siglo, pero unidas por el mismo territorio: la Patagonia chilena. Al igual que la obra de Lucrecia Martel, aquí también se pone el foco en el despojo y el exterminio de las comunidades originarias.

La película de Guzmán traza un arco poético y desgarrador que conecta el cosmos con la historia humana. Por un lado, la aniquilación de los pueblos originarios del sur a manos de colonos y buscadores de oro; por otro, la denuncia del horror de la dictadura de Pinochet. También expone cómo el Estado chileno prohíbe formas ancestrales de pesca y les quita a las comunidades indígenas el acceso al agua, al mismo tiempo que permite la instalación de salmoneras a gran escala.

Guzmán recupera la historia de Jemmy Button (un hombre de la comunidad yagán llevado a Inglaterra como “curiosidad”) y la contrasta con el destino de los desaparecidos arrojados al mar en vuelos de la muerte, lastrados con rieles ferroviarios. El título alude a Button pero también un botón de nácar incrustado en el óxido de un riel rescatado del fondo del Pacífico.

Ganadora del Oso de Plata en Berlín, es una meditación sobre la (in) justicia y la resistencia de una geografía que, a pesar de los intentos de borradura, se niega a olvidar a sus muertos.

Imagen ilustrativa de señora mirando al costado.

***

Un campesino realiza una promesa para que su burro se cure. Para cumplirla, arrastra una cruz de madera, en compañía de su esposa, durante siete leguas, hasta la iglesia que contiene una imagen de Santa Bárbara, en San Salvador de Bahía. En la ciudad, se enfrenta a las burlas de los habitantes nocturnos y a la resistencia de la Iglesia Católica, que sostiene que su ofrenda fue realizada para el rito candomblé. Un periodista de un tabloide sensacionalista aprovecha la situación para montar un show, que despierta la atención de medios radiales y televisivos y convierte al hecho en un fenómeno popular.

El pagador de promesas (Anselmo Duarte, 1962) opone la fe popular frente a la corrupción urbana, que incluye sátiras contra la burocracia eclesial; la impericia y la violencia policial; la lujuria y el egoísmo citadinos; y el mercantilismo de la prensa. 

Además de obtener la Palma de Oro en el Festival de Cannes, fue la primera película brasileña, y de América Latina, en lograr una nominación como película extranjera en los premios Oscar. Es justamente considerada como una de las mejores obras del cine brasileño de todos los tiempos. Y muestra que el racismo y el saqueo contra los pueblos campesinos atraviesa toda nuestra Latinoamérica. 

***

A quienes les interese la actualidad de las comunidades originarias y la pelea por la tierra en la Argentina, les recomendamos que sigan la agencia de noticias Tierra Viva. Agroecología, agronegocios, extractivismo, ambientalismo, lucha campesina son algunos de sus ejes centrales. Está dirigida por Darío Aranda, uno de los periodistas que más sabe –y que ha sido más consecuente– acerca de estos temas. 

Estamos a las puertas de un nuevo aniversario del último golpe de Estado en la Argentina. A 50 años. Y desde hace 50 años. Porque la mayoría de sus crímenes siguen impunes y se siguen cometiendo día a día. Lo saben las Abuelas de Plaza de Mayo que aún buscan más de 300 nietos apropiados por la dictadura. Lo saben los familiares que aún no saben dónde están los 30 mil detenidos desaparecidos. Lo sabe el país, que aún padece muchas de las consecuencias económicas de aquellos gobiernos (como la ley de entidades financieras, para no ir muy lejos). Desde 4Palabras seguiremos teniendo como uno de los pilares de nuestra agenda. Estamos preparando distintas notas apuntando a tener una mirada federal. Esto es todo por esta semana. Saludos cordiales, la Redacción. 

4Palabras

Compartir:

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Seguinos en: