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Geopolítica del conflicto: por qué el tablero de naciones ya no alcanza para explicar la guerra
La guerra amenaza el entramado complejo de capitales, puertos, datos y flujos logísticos del mundo. Mientras el Consejo de Seguridad se paraliza, la resolución del conflicto podría depender menos de las capitales tradicionales y más de la presión de los pueblos.
- abril 4, 2026
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Una analogía muy utilizada -pero no por eso correcta- en relaciones internacionales es que la política internacional es como un tablero de ajedrez. Donde cada unidad (países) tiene una serie limitada de opciones y hay piezas más poderosas que otras y a su vez algunas reglas que limitan el juego.
En esta línea de pensamiento, la geopolítica es una herramienta para explicar cierto vínculo entre un territorio y acciones bélicas o “de poder”. Podemos entender a esta perspectiva como estadocéntrica, es decir, el principal interés y mirada sobre el mundo es la organización de unidades soberanas territorialmente, con fronteras, capital, regiones céntricas y periféricas, redes de infraestructuras, recursos, etc. La naturaleza al servicio de la sociedad y, a su vez, limitándola.
Esta mirada –simplista– oculta algo importante: los intereses de los actores y cómo éstos usan los espacios y cómo los espacios moldean a las acciones. En estas últimas semanas se habló y escribió acerca del Estrecho de Ormuz y su importancia estratégica.
La mirada estadocéntrica, quizá aquella que impulsó a Estados Unidos y a Israel a la guerra con Irán, parece dejar de lado una perspectiva geopolítica. El mundo nunca fue de estados-nación solamente, sino un entramado de fijos y flujos, como mencionaba el geógrafo brasilero Milton Santos. Las redes económicas involucran al capital, a los dueños de esos capitales, puertos, empresas navieras, logísticas, aseguradoras, cables submarinos, data centers, etc.
La geopolítica es también mapas y narrativas de la acción. El conflicto actual parece no tener, desde el lado norteamericano e israelí una narrativa sólida. El discurso del presidente norteamericano este primero de abril estuvo acompañado de un alza de los precios internacionales del petróleo. Hace más de 15 días, el primer ministro británico Keir Stramer hablaba con el presidente norteamericano Trump con el objetivo de reabrir el Estrecho de Ormuz para el tránsito comercial como uno de los objetivos futuros. Es decir, volver a la situación previa a la escalada de fines de febrero. Queda entonces pendiente el sentido de toda esta muerte y destrucción.
La mirada estadocéntrica, quizá aquella que impulsó a Estados Unidos y a Israel a la guerra con Irán, parece dejar de lado una perspectiva geopolítica. El mundo nunca fue de estados-nación solamente, sino un entramado de fijos y flujos. Las redes económicas involucran al capital, a los dueños de esos capitales, puertos, empresas navieras, logísticas, aseguradoras, cables submarinos, data centers, etc.
La continuidad del conflicto hizo aparecer a uno de los actores que parecía olvidado: el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ese organismo selecto donde las cinco naciones triunfantes de la II Guerra Mundial mantienen poder de veto sobre cualquier resolución que se pudiese llevar adelante, bloqueó a través de Francia, China y Rusia este 3 de abril la posibilidad del uso –legal– de la fuerza para forzar a Irán a reabrir la ruta comercial. Aunque la coalición a favor del uso de la herramienta militar por parte de la ONU había reunido unos cuarenta países, alcanzó con los tres opositores para que la medida no se lleve adelante.
En paralelo, la Liga Árabe en su 43° sesión de ministerios del Interior, impulsada por Líbano, condenó de forma doble la “agresión iraní” contra países árabes y el avance israelí en su territorio. Aunque esta declaración contra el gobierno de Netanyahu no es algo nuevo. En agosto de 2025 países como Omán, Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Nigeria, Bangladesh, entre otros, ya habían remarcado que la idea del “gran Israel” era contraría a la paz y la estabilidad en la región.
Quizá parte del desenlace de la etapa actual del conflicto pueda involucrar a estos países, sensibles por un lado al conflicto desde lo religioso, con intereses concretos desde lo económico y con capacidad de lobby fuerte frente a todos los actores estatales involucrados.
Aunque este conflicto parece ser atravesado únicamente por estado-nación modernos, podemos también retomar la idea de trampa territorial, desarrollada por John Agnew como crítica al estadocentrismo y la incapacidad de una mirada únicamente internacional de las problemáticas sociales.
La dramática situación en Gaza así lo refleja. La idea de territorio nacional y sus límites se encuentra atravesada por una densa historia que, sólo en los últimos dos siglos, incluye al Imperio Otomano, la expansión imperialista de las potencias europeas, el auge de los nacionalismos, dos guerras mundiales, la expansión del antisemitismo moderno, el sionismo, el holocausto, la descolonización de medio oriente, la creación del Estado de Israel, las guerras formales entre Israel y sus vecinos, la revolución islámica en Irán y la aparición de actores políticos violentos no estatales, todo acompañado de las diferentes etapas del capitalismo industrial, la crisis del 30, los 30 gloriosos, el neoliberalismo, la globalización y el surgimiento de las plataformas digitales.
En paralelo a todo esto, están los pueblos, acompañando y sufriendo los procesos políticos y económicos. Es difícil pensar escenarios de paz o acuerdos serios a largo plazo cuando las sociedades civiles de los países involucrados no castigan a sus dirigentes por las acciones bélicas. Así como desde el gobierno de Estados Unidos se esperó que el pueblo iraní pudiera generar un cambio político a través de los bombardeos y el cambio en la cúpula gubernamental, la elección de medio término también podría resultar en una búsqueda de esa sociedad de salir de esta guerra. En paralelo, el gobierno de Netanyahu se mantiene con gran popularidad, pero no exento de conflictos internos, pero con la mirada fija en “des-hezbólizar” el sur del Líbano y anexar este territorio.
Quizá la presión de los propios pueblos árabes sea la clave para que sus gobiernos, principalmente aliados de Estados Unidos e Israel y, con grandes necesidades en terminar el conflicto en el Estrecho de Hormuz, puedan forzar la mano a los otros actores estatales involucrados.
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