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Messi se reinventa todo el tiempo: de la velocidad al ajedrez
¿Qué queda cuando el “autito de Scalextric” se detiene? Lionel Messi no solo desafió el declive físico, sino que resignificó el liderazgo en el siglo XXI. Entre un fútbol de atletas mecanizados y manuales de élite que prohíben la gambeta, el capitán argentino se reinventó como un estratega periférico. Este recorrido analiza su evolución técnica, la construcción de un liderazgo bajo las reglas de su época y esa dependencia casi religiosa de un equipo que se aferra a su genio para seguir creyendo en el engaño.
- abril 5, 2026
- Lectura: 10 minutos
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¿De qué juega Lionel Messi? ¿De 7? ¿De 10? ¿De 9 retrasado? ¿A veces de 8? Es una pregunta que nunca tuvo una respuesta clara. De pequeño, en las canchitas de Newell ‘s Old Boys de Rosario, era de esos de los que decían: “Dásela, que hace el gol solo”. De más grande, llevó esa impronta a las canchas de 11 en divisiones inferiores y, luego, en el fútbol profesional, fue el que más lejos llegó intentando lo mismo.
Tuvo un gran compañero de aventuras en el Barcelona que pocos recuerdan —un infravalorado, diría Manuel— como lo es Ronaldinho Gaúcho, quien supo, de forma silenciosa, amable y cariñosa, llevarlo de la mano en sus primeros pasos profesionales para hacerlo brillar como casi nadie en la historia del fútbol mundial. Capaz que ni el propio Ronaldinho se haya dado cuenta de lo que hizo, pero al ver los abrazos que se dan ahora de adultos, uno intuye que sí.
Los que dicen que la técnica no se pierde, entiendo que se equivocan. Si uno tiene determinada habilidad y deja de practicarla, no la trabaja, no la va puliendo cuando pierde brillo, no le saca el polvo cuando pasan los días y no le quita el óxido cuando pasan los meses… mmm. Me parece que el talento se puede ir apagando. Cuántas veces, un poco en broma y un poco en serio, dijimos: “Qué jugador nos perdimos”.
Bueno, Lionel Andrés Messi, con un grado altísimo de disciplina, trabajó su técnica, la reconvirtió y se readaptó a los cambios constantes. Pasó de ser esa especie de autito de “Scalextric” que iba de un lado al otro a mil por hora, con la pelota pegada al pie izquierdo y terminando casi todas sus jugadas en gol, a convertirse en otro tipo de jugador que, a los 38 años, sigue siendo una figura indispensable e insustituible para la selección argentina de fútbol.
Es el líder de la selección dentro y fuera de la cancha desde hace más de una década. A su manera, es cierto, pero lo es. ¿Le costó? Sí, le costó. ¿No fue fácil? No. ¿Necesita ayuda? Sí. Hoy, Rodrigo De Paul aparece como su fiel ladero dentro y fuera de la cancha, pero son muchos más.
En el camino, tuvo que aprender a ganarse el respeto de sus pares, a patear tiros libres, a bajar en el campo de juego más de lo que estaba acostumbrado para entrar en contacto con la pelota y a desarrollar un juego colectivo basado en su talento que, con el paso inexorable del tiempo y el cambio de su capacidad física, se volvió irreversible. ¿Y qué hizo? Agrandó la cancha. Empezó a mirar y ver como opción de pase a compañeros que antes no veía o no necesitaba. Eso le dio una mirada periférica del terreno y del juego que antes no tenía. También encontró en ese estilo una chance de tener más opciones a la hora de tomar decisiones para crear un ataque. Cuando era más joven, resolvía casi todo solo: su velocidad, precisión, cambio de ritmo, gambeta y pique corto se lo permitían. A lo sumo, con uno o dos toques.
¿Eso lo hace más inteligente? No nos parece adecuado responder esa pregunta sobre alguien que toma múltiples decisiones, casi siempre correctas, en milésimas de segundo y a casi 200 pulsaciones por minuto. Podemos estar de acuerdo en que su oratoria no es la mejor; y seguro que no estamos de acuerdo en su pensamiento político, desarrollado o no. Pero el progresismo y la izquierda deben dejar de subestimar la inteligencia que demuestran los futbolistas. Cómo la usan en otros ámbitos es otra cosa.
Lo que sí hizo Messi es que resignificó el paso del tiempo porque “el cuerpo lo sabe”, como dice el filósofo puntano Adolfo Rodríguez Saá. Aprovechó para ganar capacidad de pensar otro tipo de juego: más asociado, juntando mayor cantidad de pases, dándole la oportunidad a otro de continuar o culminar su jugada; y, a su vez, de poner al rival en el desconcierto de: o te encara Messi, o la juega con un compañero y lo perdés de vista. Un quilombo quizás más grande que antes.
Messi con la selección argentina aprendió lo que es la adversidad. Lo que es perder y ser criticado. Hasta fue “sucio y malo” por un momento; de hecho, renunció por unos días. Fue parte del peor equipo nacional de las últimas décadas, como lo fue el del Mundial de Rusia. Se hundió “en el hondo bajo fondo donde el barro se subleva” de la mano de Jorge Sampaoli. Tal vez vivir esa experiencia fue necesario para, desde ahí, ser multicampeón con Lionel Scaloni.
Los cambios no le fueron fáciles, pero supo convertirse en el líder de su propia época: la de la PlayStation en la habitación de la concentración, la del celular y las redes sociales. Con todo lo que eso nos puede gustar o no. Los que mamamos líderes carismáticos, románticos y terrenales del siglo XX, muchas veces no lo supimos ver. Pero Messi, con sus herramientas, supo utilizar las reglas, prácticas, costumbres y códigos del siglo XXI con naturalidad para convertirse en el líder de su momento histórico y en un ídolo total para los niños.
Lejos de las peleas mediáticas, las opciones difíciles, la lucha contra el poder, la pobreza, la desigualdad y las declaraciones conflictivas, eligió el camino de lo políticamente correcto. Siempre. No dudó nunca. Sus compañeros lo supieron entender y lo siguieron. El fenómeno comercial global fortaleció ese tipo de liderazgo. Es un ícono de lo que está bien para el establishment. No existe en Argentina ni en el mundo una remera de la selección con otro número y otro apellido que no sea el de Messi. Para los pibes es Messi, y para sus pares también. En un mundo donde las estadísticas se vuelven más relevantes que los conceptos, los números de Messi son arrolladores. Inigualables. Indiscutibles. Se imponen. Te aplastan.
Pero también con la selección argentina aprendió lo que es la adversidad. Lo que es perder y ser criticado. Hasta fue “sucio y malo” por un momento; de hecho, renunció por unos días. Fue parte del peor equipo nacional de las últimas décadas, como lo fue el del Mundial de Rusia. Tocó fondo con la selección. Se hundió “en el hondo bajo fondo donde el barro se subleva” de la mano de Jorge Sampaoli. Tal vez vivir esa experiencia fue necesario para, desde ahí, ser multicampeón con Lionel Scaloni.
En ese tránsito, en la cancha bajó hasta el círculo central —y unos metros más atrás también— para encontrarse con los centrales y, desde ahí, entrar en juego. Claro, no es lo mismo arrancar del fondo que de tres cuartos para adelante pegado a la raya y perfilado para jugar en diagonal hacia el medio, con mil opciones de pase a los costados y rematando dentro del área como en el Barcelona. Por eso la selección lo curtió. Fue a La Paz con altura y frío; a Barranquilla con calor y humedad; a Montevideo con pierna fuerte en partidos ásperos. Y los resultados, a veces, no fueron tan buenos. Así es el fútbol, ¿no? Eso ya lo sabemos.
Sus compañeros, los del Mundial del 22 y los más nuevos, lo conocen bien. Es el ídolo de casi todos. Pero ellos están forjados en un nuevo manual: el del “futbolista correcto de élite”, que juega a uno o dos toques, siempre perfilado, dispuesto a buscar, recibir, picar y estar bien peinado. Ellos le dan a Messi opciones. Lo adoran y lo admiran. Quieren que Messi salga campeón, incluso por sobre ellos mismos. Lo dijeron demasiadas veces; a veces no los escuchamos o no los entendimos bien. En ese clima, Messi es insustituible porque ellos mismos quieren que lo sea.
Ahora, también es cierto que deviene en indispensable porque no hay otro que “prenda fuego los papeles” como él. Todos son muy elegantes, muy tatuados, con billeteras exorbitantes y autos de lujo —verdaderas celebridades mundiales—, pero son pocas las veces que tiran un caño, una gambeta o un engaño.
Hace muchas décadas, un plomero del barrio de Villa Insuperable, en La Matanza, se dedicaba los sábados a ejercer de técnico de un equipo de baby fútbol. Les decía a los pibes que este era un juego donde había que engañar al rival. El manual de hoy dice otra cosa: primero hay que ser un atleta, después tener precisión, rotación constante, transiciones cortas, descargar, perfilarse, correr y correr hasta desgastar al otro por superioridad técnica y física. Son demasiado racionales. No se piensa en jugar al engaño. Si uno viene lanzado en velocidad, difícilmente meta el freno; si otro viene de jugar una pared, difícilmente enganche y esconda la pelota. No abunda la repentización, la picardía ni la sorpresa. A veces lo hacen, pero les cuesta mucho salir de esa idea de juego prolija hasta el hartazgo del fútbol europeizante. Es una zona de confort donde construyeron sus exitosas carreras y vidas. ¿Por qué la cambiarían?
Y en muchos casos, ese manual se implementa desde muy chicos en nuestro propio barrio. Ya desde los 7 u 8 años se les exige jugar así. Hasta llega a ser castigado el que elude a más de un rival o el que hace jueguitos en medio del entrenamiento. No se educa la habilidad, ni se la practica, ni se entrena. Se supone que viene dada: el que la tiene, la tiene; y el que no, a dos toques o chau. Técnicos de Primera dicen: “Yo no estoy para enseñarles a gambetear”. Ok. Pero ahora aparecen técnicos de inferiores y hasta de infantiles que repiten y llevan a la práctica lo mismo. No, chicos. No vamos a caer en la estupidez de que con talento se nace y listo. ¿El que no lo tiene, qué hace? Basta con ese verso que nos repitieron músicos y escritores sobre el “don que viene dado”. ¿De dónde? El talento y la habilidad se trabajan todos los días.
Todos estos discursos generaron este contexto donde seguimos pensando así y muchas cosas siguen recayendo en Messi. De alguna forma, este hombre de casi 40 años se vuelve a convertir en aquel chico del que sus compañeros decían: “Dásela, que él hace el gol solo”. Pero hoy Messi sabe que ese “gol solo” ya es de otra manera. Es con juego asociado y colectivo… o a veces no tanto, porque siempre se guarda una gambeta, un amague o un caño para él en la jugada. Tiene ese recurso: el de elegir, el de optar. La toca corto o la engancha; pase largo o pase corto; baja o sube; pica, frena, amaga y engancha o la tira larga. Sigue teniendo una cantidad absolutamente apabullante de oportunidades y posibilidades de juego, más que sus compañeros y sus rivales.
La astucia de los otros diez que visten la camiseta celeste y blanca radica en que saben perfectamente esto. Y lo saben mucho antes que nosotros porque lo ven, lo viven y lo sienten de cerca. Entonces se aferran al libreto cada vez con más fervor. No solo eso, sino que lo alimentan sin parar para que pueda seguir funcionando hasta quién sabe cuándo. Hasta con fe, te diría, pero siempre bajo el precepto del juego basado en dársela o no dársela, sabiendo que es él quien está adentro de la cancha como opción para cambiar, para quebrar el ritmo de lo desfavorable o para romper el equilibrio. Porque hoy casi nadie más se anima.
Además, como todo libreto en el fútbol, a veces sale y a veces no. Por eso, cuando pensamos en salir campeones del mundo de nuevo porque Messi sigue en la selección, hablamos de un equipo que practica un juego donde un tipo supo ser, desde hace muchos años, una pieza insustituible. Y nadie todavía pensó, pudo ni supo cómo ocupar su lugar.
Sí, ya sé, Diego fue otra cosa. Si quieren, otro día hablamos de él. Mejor no mezclar. Da dolor de cabeza.
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