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Enrique Celesia: “Durante treinta años mi casa fueron los barcos”

Lleva recorridas unas 75.000 millas náuticas. Es una referencia en el mundo de la navegación oceánica en Argentina, por sus hazañas a bordo de pequeños veleros y con un instrumental muy básico. Sin embargo, el inicio de sus aventuras tuvo relación con su militancia política en la Resistencia Peronista en la década del 60 y 70. Hoy, a los ochenta años, desde su casa en una isla del Delta, Enrique Celesia recuerda en esta charla pausada un día húmedo de primavera.

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Entrevista a Enrique Celesia
Enrique Celesia habla con Tamara Smerling en la casa de Juan Bautista Duizeide en el arroyo Gambado, en el Delta del Paraná.

75.000 millas náuticas. 

Para dar la vuelta a la Tierra, solo por la línea del Ecuador, un barco debería navegar casi 25.000 millas. 120.700 kilómetros. Enrique Celesia triplicó ese número. O mejor: dio la vuelta al mundo al menos tres veces. El primer viaje lo llevó adelante en un velero, La Licorne, al mando del capitán Gustavo Arnaudo: partieron desde Mar del Plata hasta Mahón, en Menorca, España. El segundo viaje lo llevó de Mar del Plata a Ushuaia, en un ida y vuelta con su perro, Buby. El tercer viaje fue único: fue el primer navegante en circunnavegar toda América del Sur en solitario a bordo de su Bries 27, el Vito, un velero pequeño.

Hace poco más de un mes cumplió ochenta años. “No sé cómo pasó”, se ríe, ahora, mientras sorbe un mate una mañana húmeda y nublada de primavera. El encuentro, con su mirada clara y el andar cansino, es sobre el arroyo Gambado, en el Delta del Paraná, en la casa de otro gran escritor y piloto de la Marina Mercante, Juan Bautista Duizeide, que oficia el encuentro en un living bordado a maderas y con pilones de libros al pie de los ventanales. Celesia tiene ahora, por primera vez en años, su casa en la isla, sobre el arroyo Paicaraby: “Durante treinta años mi casa fueron los barcos”, me dice a bordo de la Haroldo, la lancha que nos trae a la isla. Es imponente encontrarse con este hombre, una leyenda entre los navegantes locales, respetado y querido por su audacia en tripular barcos pequeños y con equipos muy elementales. 

Enrique nació en Buenos Aires pero su infancia y la adolescencia las pasó en Toay, un pequeño pueblo a una decena de kilómetros de Santa Rosa, en La Pampa. En 1969, cuando explotaba el Cordobazo, hizo su primera travesía desde Pucallpa, en la selva peruana, hasta Belem do Pará, en Brasil, por los ríos Ucayali, Juruá y Amazonas: fue en una canoa indígena labrada en un tronco de un árbol. Sin embargo, en el inicio de esta historia de travesías por los mares del mundo, no todo comenzó por el agua y, en cambio, estuvo relacionada con algo mucho más terrenal: la militancia en la Resistencia Peronista cuando por estas tierras todavía reinaba un dictador, Juan Carlos Onganía, los Tupamaros se desplegaban en Uruguay, el Che Guevara era asesinado en Bolivia, el Mayo Francés surcaba las calles en 1968 y el mundo giraba hacia Vietnam pero América latina estaba en ebullición. 

“Yo trabajaba como telefónico, en la época de la vieja ENTEL, era coordinador de la zona este en el gremio”, arranca Celesia por el principio. El sábado 4 de abril de 1970, cerca de las cinco de la tarde, una vieja casona de la calle White, en Floresta, sufrió una explosión que lo dejó malherido: Enrique tenía entonces 23 años y su amigo, Norberto Atrip, solo 22. Se salvaron de milagro: estaban en un patio, al aire libre, armando bombas panfletarias. La policía no tardó en detenerlos: también a Jorge Felipe Di Lello, el jefe de la célula “subversiva” (que después fue un reconocido fiscal). 

“Era todo muy artesanal: estábamos haciendo las mechas. Con un piolín, que se humedecía en goma arábiga, las mojábamos en un plato con pólvora negra y después las colgábamos en una soga para que se secaran. Estábamos sentados en un patio, porque hacía mucho calor y nos habían prestado esa casa, con todos los frascos de pólvora arriba de la mesa. El Turco me dice: ‘Che, acá quedaron unos grumos en la mezcla, ¿qué hago?, ¿lo muelo?’ Yo no presté mucha atención y le dije: ‘Sí, dale’. Agarró las piedritas, las metió en un mortero, las golpeó… y ¡bummmmmm! Creo que nos salvamos porque estábamos muy cerca y la onda expansiva nos pasó por arriba. Yo tenía la vista nublada, me dolían los ojos y también heridas en el cuerpo. Pero mi amigo perdió la mano derecha completa y tres dedos de la otra. Como pude, salí afuera, estaba todo ensangrentado, en cuero: ‘¡Explotó una garrafa! ¡Explotó una garrafa!’, atiné a gritar para cubrirnos”. 

Pero cuando llegaron los bomberos y la policía se dieron cuenta de que era pólvora.

“Me subí a un taxi y le dije que me llevara a mi casa porque no quería ir preso. En  esa época vivía en la otra punta de la ciudad. El chofer, muy atinado, me dijo: ‘Mirá pibe, estás lleno de sangre, mejor te llevo al hospital, que te curen y después si sobrevivís, ves. Pero así no podés ir a ningún lado. Yo me tocaba y pensaba que era agua, pero estaba en un charco de sangre. Finalmente me llevó: en un momento sentía unos tironeos y era que me estaban zurciendo las heridas. Cuando me desperté veía todo azul. En ese momento la Policía entró a la casa y descubrió las bombas para los panfletos. Del hospital fui derecho a la comisaría: parecía una momia, con todo el vendaje, en el patrullero. ‘Se acabó el partido’, pensé”.

Pero todavía era el inicio de los setenta.  

La investigación quedó a cargo del comisario Alberto Villar (que fue asesinado por Montoneros en 1974). Enrique pasó dos años preso en la cárcel de Devoto: en ese momento, a disposición del juez, en blanco, con la defensa de Eduardo Luis Duhalde y Rodolfo Ortega Peña. “Eran otras épocas”, resume en pocas palabras para mostrar el horror que vino después. El pabellón donde fue alojado estaba destinado a los presos políticos, con militantes que combatieron en Taco Ralo o que se formaron en la milicia en Cuba: una escuela política. “Si en el primer saque no te mataban, o no te matabas vos (como nos pasó a nosotros) te blanqueaban. Estuve un año en Devoto y cuando faltaba poco para la libertad condicional nos subieron a un avión y bajamos en Trelew. Quedamos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, no te largaban tan alegremente y me dejaron como tres meses más. Todos los presos que fusilaron en 1972 –desde Marcos Osatinsky hasta Alberto Camps– los conocí en ese momento”. 

Cuando salió de la cárcel volvió a militar en el sindicato de Telefónicos en el grupo Los Calamares y se sumó, además, como integrante de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en la clandestinidad. Sin embargo, cuando Perón volvió a la Argentina, en 1973, la organización decidió su disolución: “El lema era que ahora que regresaba el General teníamos que enterrar el hacha de la guerra. El plan fue que cada uno se integrara en su lugar de origen y continuáramos, de esa manera, empujando por el proyecto. Fue exactamente lo opuesto a lo que hicieron los Montoneros que lo mataron a Rucci”, piensa en voz alta. 

El día que murió Perón, Enrique sintió que la mecha quedaba corta de nuevo: decidió volver a vivir a Mar del Plata. “Habíamos estado todo el día haciendo mate cocido en el sindicato de los telefónicos, en el Once, para ayudar a la gente en las filas, por el frío y la lluvia, llegué tarde a despedirme. Me subí a una torre para ver la Plaza, que estaba repleta, porque quería ver por última vez al general. Muchos del FAP se habían pasado a Montoneros, no podían andar sin un arma en la cintura. Además, ese día vi a unos soldados vestidos con cascos y sobretodos hasta los tobillos –como del ejército alemán—montados a caballos, que arrasaron por avenida Callao llevándose todo por delante. Nunca había visto nada igual, por eso pensé: ‘Mejor me voy’”. 

Después de charlar con su mujer y ponerse de acuerdo en la mudanza fue hasta la oficina de la jefa de Recursos Humanos de ENTEL para pedir el traslado: la mujer estaba tan agotada de recibir a Celesia con pedidos del gremio que le dijo “por fin” y le dio el pase rápido en una semana. 

Me imagino que Mar del Plata tampoco era fácil en ese momento previo a la dictadura de 1976. 

Ya había empezado a trabajar en la oficina de ENTEL allá. El 24 de marzo de 1976 cuando llegué a la puerta un tipo grandote, al que no vi nunca más, me frenó: ‘Vos no podés entrar, es la ley de prescindibilidad’, me dijo. Pero no, déjame entrar, le decía yo. “Shhhhh, mejor ándate”, me propuso, en un susurro. Un amigo me prestó un departamento en la calle Colón, me quedé una semana con un susto… En el departamento de Buenos Aires, donde vivíamos antes de regresar a Mar del Plata, golpearon la puerta y como no había nadie la reventaron. Pero tampoco me buscaron. En cambio a muchos de mis compañeros de ENTEL los llevaron, los torturaron y después los soltaron. El destino de muchos militantes de Montoneros y ERP fue distinto: estaban marcados. Me quedé además sin laburo pero mi mujer comenzó a trabajar en una sucursal del banco en el puerto, conoció el dueño de una pesquera, le dijo que yo no tenía trabajo y me dio un puesto en el barco.  

¿Entonces ese fue su comienzo en el mar? ¿A bordo de un barco pesquero? 

Sí, esa fue la primera vez que me subí a un barco, nunca había navegado antes. Además, en ese momento, por desconocimiento, éramos muy irresponsables: me fui a Puerto Belgrano a sacar la libreta de marinero para trabajar en el pesquero. En esos años de plomo, que pasé en medio del mar, perdí a mi hermano Federico Celesia y mi cuñada, Cristina Diez, a manos del terrorismo de Estado. Aún permanecen desaparecidos.

De todos modos era un trabajo muy duro. 

Sí, me pasaba mucho tiempo afuera. Era un barco cajonero, de merluzas, el Promac. Era un barco chico, que rolaba como la puta madre. Íbamos desde las Islas Malvinas hasta Río Grande do Sul, en Brasil, buscando esos cardúmenes. Después fue el Constanza y también otros barquitos polacos, que eran una desgracia pero navegaban bien. Trabajé cuatro o cinco años, de 1977 a 1981, en esos pesqueros de altura: eran barcos de 2000 cajones para arriba, además, en una época donde no había congeladores y traíamos todo el pescado fresco con hielo. No llegás a viejo… Ahí también me pasó otra gran ingenuidad: con dos años de marinero podías hacer el curso de patrón. Se ganaba bien: los marineros, en esa época, sacaban dos mil dólares al mes, pero un patrón podía llegar a los 10.000. Todavía no estaba la escuela de pesca en Mar del Plata, pero el capitán Giavedoni daba el curso por un año. Tenías que juntar plata para cursar todo ese tiempo sin trabajar, ir de traje y corbata, en fin, milicos. Cuando llegó el día del examen me presenté: no me aprobó. Le fui a protestar y me echó. Lo volví a ver al día siguiente, al otro día y no me recibía. Finalmente me dijo un día: “Me chupa un huevo lo que hizo usted en el examen. Yo tengo orden del CIN que usted no puede ser patrón”. En algún momento me cayó la ficha y seguí navegando pero como marinero. 

¿Cómo llegó a la navegación a vela entonces? 

Sin la posibilidad de mejorar la suerte como marinero después de unos años me dediqué a otra cosa: me puse un kiosco de diarios. Un amigo, un día, se compró un velero de orza y me invitó a navegar en la Varese. No sé cómo salimos ni cómo volvimos: no teníamos idea de nada. Ese mismo pibe me contó sobre una promoción que daban en el Náutico de Mar del Plata para hacer el curso de timonel y que luego te asociaban al club. Ahí me enganché: con los barcos de orza. Fue en 1991. Empecé a ir todo el tiempo y, en un momento, conocí a una familia en un velero de bandera suiza. Se habían comprado un barco en Menorca y llegaron a Mar del Plata con la mujer y los chicos. Nos hicimos amigos. En algún momento, su señora tuvo un bebé, se volvió en avión, el capitán no sabía qué hacer y me ofrecí a ayudarlo a cruzar el Atlántico como tripulante. Yo tenía kiosco de diarios, las camionetas, los empleados, pero me fui con él: fue mi primer cruce y sin anestesia.   

O sea que de navegar por Mar del Plata, dando “la vuelta al perro”, cruzó el Atlántico. 

Fue un salto grande. Pero la relación con la madre de mis hijos no venía bien y nos separamos, los chicos ya eran adolescentes, entonces en esa época ella se quedó con la casa. En ese momento, además, junté unos pesos y me compré un barquito: un Bries. Lo empecé a arreglar pero lo dejé tirado en el club para cruzar el Atlántico con mi amigo. Fue mi verdadero instructor de vela, todo lo que sé lo aprendí con él: Gustavo Arnaudo. El barco estaba un poco cascoteado del cruce anterior y las velas las teníamos que coser en cada puerto. En un momento, nos mandamos derecho desde Recife hasta las Islas Azores: nos agarró una calma, que nos clavamos y durante veinte días estuvimos en el mismo lugar. Limpiábamos el casco, nos pasaban las tortugas nadando… (risas). Finalmente comenzó a soplar el viento y nos fuimos. 

En ese velero, cuando estaban por llegar a la Península de Gibraltar, no les quedaba una sola vela completa. La Genoa que quedaba en pie estalló en jirones poco antes de la costa. Después de ese viaje, Enrique volvió con más ganas a la Argentina y alistó su Bries 27 (diseño de Van de Stadt). Un capitán de un velero conocido le dio letra para hacer su primera navegación en solitario: “Yo me voy al sur”, se entusiasmó. Viajó con su perro, Buby. 

Felipe Celesia, su hijo, periodista y escritor, lo rememora enérgico y con otros comienzos a una edad madura: “El recuerdo que tengo es de mi papá ya con la vida hecha, nosotros grandes y ponerse a navegar en serio, muy comprometido con las travesías y con ese nuevo destino que había encontrado. Eso me parecía un ejemplo extraordinario porque significaba que te podías reinventar ya de grande, y eso cuando estás buscando tu vida es un montón. Había, además, algo de justicia social en todos los proyectos porque siempre intentaba reivindicar que se podía navegar sin ser un burgués ni un millonario, que bastaban las ganas y que él era el ejemplo de eso. Tenía mucha gente que lo bancaba, lo seguía y lo apoyaba, todavía la tiene, y eso para mí es un orgullo como hijo”.

En esa primera travesía en solitario hacia el sur, un amigo en Rada Tilly le dio algunas cartas náuticas para navegar la región: “Acá en el sur siempre navegá por la costa, porque se pudre desde el Oeste”, le aconsejó. Un día llegó hasta la Bahía Grande, en Puerto Santa Cruz, pero decidió separarse de los acantilados “para cortar camino”, el sol se puso opaco, cambió el viento y lo agarró una tormenta fuerte a 10 millas de la costa. “Los temporales hay que correrlos”, pensó. Sin embargo, lo ideal era todo lo contrario: ir a la capa. Le explotaron hasta las ventanas por el viento y por las olas y, en la madrugada, el agua le llegó hasta la rodilla. Casi no la cuenta: llevaba días sin dormir y el cansancio apremiaba. “Dicen que no hay mejor bomba de achique que un hombre aterrorizado con un balde en la mano”, se ríe ahora. Tenía un listón de madera que había quitado del cielorraso, puso una bolsa de dormir sobre la ventana rota, lo ató todo con la línea de vida “como una viborita” y taponó el agujero. El siguiente punto fue buscar un puerto cercano: viró el velero. “Se paró el mundo, de proa, finalmente pude volver, si no seguía hasta las Malvinas”.   

Felipe, su hijo, lo buscó para el reencuentro: “El plan original era encontrarnos en los canales fueguinos pero se pegó un palo y tuvimos que volver. Navegué con él desde el Estrecho de Magallanes hasta Puerto Madryn. Fueron 12 días juntos con condiciones muy variadas, una tempestad, calma, viento fuerte, noctilucas en el golfo de San Jorge. Fue una aventura increíble, no me lo voy a olvidar jamás en la vida”, dice. Finalmente calmó y pudo anclar en Puerto Santa Cruz, donde se maravilló con la amplitud de la marea que hacía desaparecer el velero de sus ojos en pocas horas. “Un día bajamos al barco desde el palo y el Buby, mi perrito, con un cabo y no entendía nada: movía las patas como que nadaba”, se ríe mientras gesticula.

Sin embargo, la travesía hacia el sur no fue la única y las aventuras no terminaron. La decisión, ahí, fue virar hacia el norte. “No tenía un plan específico, lo hice sin querer: tenía un departamento que me daba una renta y con eso subsistía porque gastaba muy poco”. El 28 de julio de 1995 partió desde las escolleras que bordean el Club Náutico Mar del Plata: en quince días llegó a Ensenada dos Ganchos, donde cubrió sus primeras mil millas. Después continuó hacia el norte costeando Brasil, cruzó el Mar Caribe, Venezuela, Panamá y descendió por las Islas Galápagos hasta la Isla de Pascua, pasó por Chiloé, los canales chilenos por el Océano Pacífico. Después de superar el temido Cabo de Hornos, regresó al puerto de Mar del Plata el 10 de mayo de 1997: la vuelta al continente le llevó un año y diez meses. “Me acuerdo de su alegría y de sus amigos que estaban seguros que iba a ser una epopeya histórica. Lo acompañé todo lo que pude, le di una mano preparando el barco y cada tanto recibíamos noticias, cartas, que hablaban de que todo marchaba bien”, rememora su hijo. Su hija le pidió acompañarlo en un tramo por el Caribe: tenía 20 años. 

La bienvenida al ingreso en el Canal de Panamá se la dieron cuando cumplió cincuenta años. 

“El canal de Panamá lo atravesé tres veces: entre los navegantes nos ayudábamos a sortear todas las esclusas porque piden un patrón y tres tripulantes. Tienen sesenta metros y hay que tirar los cabos. Es razonable que uno solo no puede hacerlo. Había unos barcos impresionantes pero el único que tenía los cabos era yo, entonces iba, pasaba y volvía en colectivo para subirme a otro velero (risas), con los 60 metros encima, así me ayudaron y ayudé también a sortearlo. Desde allá crucé hasta Galápagos y la idea era continuar hasta las Islas Marquesas pero si seguís por ahí ya tenés que dar la vuelta al mundo y quizás me llevaba un par más. En cambio si vas por la costa de Perú está la corriente de Humboldt y el viento del sur en contra. No hay muchas opciones. No tenía ganas de continuar. Además siempre intercambias información con los demás pero nadie venía de ese lado. Por eso decidí continuar hasta la Isla de Pascua: fueron 23 días en total pero fue la mejor navegación de todas”. 

Desde la Isla de Pascua, Celesia cruzó a Valdivia: la navegación le llevó 28 días. Más que un cruce del Océano Atlántico. Siguió por todos los canales fueguinos en Chile, que son muy complejos porque no tienen cartografía. En el trayecto se cruzó con un matrimonio de italianos, Mariolina Rolfo y Giorgio Ardrizzi, que estaban haciendo una guía muy detallada del lugar y le dieron los principales puntos para navegar con cuidado. “Es muy sufrido, el frío, el viento, es muy largo, complicado y bravísimo, después salís al Canal de Magallanes. Tenía que fondear, además, todas las noches: solo se podía navegar durante el día. Una de las cosas que descubrí en ese tramo es que necesitaba mucha nafta: entonces casi toda la plata que tenía me la gasté en combustible, era todo una pobreza, que tenía una cebolla y la partía en cuatro para comer (risas). La había bautizado ‘La regata de la luz’, porque solo era con sol y a veces llegaba justo a un fondeadero”. 

Desde Valdivia fueron 45 días para llegar a Ushuaia y después subió hasta Mar del Plata. El diario La Capital, cuando arribó al puerto cortejado por más de quince embarcaciones, tituló: “El retorno del navegante solitario. Celesia terminó la vuelta a Sudamérica en velero”. Era el domingo 11 de mayo de 1997.

Un par de años después, en 1999, después de tantas hazañas, también decidió correr una regata desde Mar del Plata hasta Ciudad del Cabo, en África, que no pudo completar. 

Enrique Celesia recorrió los ríos y los mares del mundo
Enrique Celesia recorrió los ríos y los mares del mundo. Hasta llegó a la Isla de Pascua.

 

El antiperonismo es una constante en la náutica. Pero no le dio lugar a los rumores.

Me había fascinado la historia de Vito Dumas y, por eso, a ese barco le puse ‘Vito’. En esa época no había plotter y le cambié el nombre original: vino un pintor, que era poeta, te daba sus escritos… Cuando terminé de ponerle el nombre se me pararon dos o tres viejos del club para decirme: ‘¿Usted sabe el nombre que le puso a este barco?’ Nunca más me saludaron. En esa época no se podía nombrar: era mala palabra.

¿Tomaba algún registro diario en alguna bitácora? ¿Cómo surgió después la posibilidad de escribir un libro como ¡Orza, Vito! Navegando en solitario en un pequeño velero? 

Fue un poco disparatado: cuando llegaba a un puerto le escribía cartas a mis dos hijos, les contaba que pasó tal o cual cosa. La madre, Mabel –una santa– guardó todas las cartas de papel. Un día me dijo que tenía esa pila y me la dio: la Revista Timoneles me ofreció escribir sobre las travesías. Le empecé a quitar las cosas personales, dedicadas a ellos y comencé a publicar estos textos. Cada uno de los artículos en realidad era una de esas cartas: después reuní todo y salió el libro. También tomaba registro fotográfico, que ahora está guardado en una serie de diapositivas.  

En un momento decidió que quería construir su propio velero, el Vito Dumas, en homenaje al histórico navegante en solitario de la Argentina: ¿También buscaba dar la vuelta al mundo con ese barco?

En algún momento, después de toda la vuelta por América del Sur, me pregunté qué hacer. En realidad di esa vuelta sin querer, yo no sabía que era el primero. Me dije: tengo que inventar algo y me pareció que un desafío importante sería dar la vuelta al mundo sin escalas. Empecé a buscar veleros: me encontré por casualidad con Horacio Ezcurra en el puerto de San Isidro. ‘Estuve pensando en hacer un barco para vos, algo sencillo, barato, rápido, con fierros de dos pulgadas y forrarlo en madera terciada con tornillos’, me dijo. Yo pensé que estaba loco: seguí buscando veleros y nadie me daba bolilla. Finalmente descubrí que la idea de Horacio era buena pero yo necesitaba a alguien que lo dibujara. Le pedí a Rodrigo Cella, que había hecho un Mini Transat (es una exigente regata transatlántica en solitario, sin asistencia externa ni contacto permanente con tierra, a bordo de veleros compactos de solo 6,50 metros de eslora), una plantilla de ese modelo pero más grande. Lo llevó a 14 metros (unos 43 pies en total). Lo llamé a Ezcurra, me citó en Palermo pero no quería saber nada. No reconoció a su hijo. Además, era la década del 90, estaba Menem en el gobierno, todo muy raro igual que ahora. 

¿Y qué pasó después? 

Me quedé con esa idea: un día fui a Mar del Plata y un tipo me dijo que conocía a un ingeniero que había trabajado en los Astilleros Astarsa, que vivía en Necochea arreglando máquinas de dulce de leche en Sancor. Me dio el teléfono y el hombre estaba tan contento cuando le hablé: ‘Un barco, sí, sí, veníte’. Se sentó en la computadora, copió el modelo. Un amigo en Quequén, que construye silos, me dio el lugar y empecé el trabajo del armazón. Pero su construcción me llevó trece años en total, se me fue la vida, se me gastaron las pilas: igual lo navegué bastante, salí a dar la vuelta al mundo pero fui cinco veces hasta Brasil y por distintos motivos siempre pasaba algo. Todo siempre fue a puro pulmón: eran cosas difíciles, complicadas.  

¿El barco se botó en Necochea? 

No, no. Lo hice arenar, pintar, todo. Lo cargamos en un camión y lo mandé para San Isidro. Acá tenía un personaje, que ya murió, del Club Municipal, que me dio el lugar para terminar el barco. El camión, con todo el velero desarmado, llegó en Navidad. Me quería matar: se escuchaban las puteadas en todo el puerto. “¡El hijo de puta de Celesia…!” La quilla era de hierro con doble T, pesaba 200 o 300 kilos, el bulbo otros 2.000, las cuadernas de todo el barco, tenía 17.000 tornillos, todo impresionante. 

Ni bien lo armó, Celesia se fue a vivir en el Vito Dumas al puerto de San Isidro: en ese momento, además, reflotó una canoa que estaba hundida en el canal Sarandí, de doce metros de eslora. Todos los días trabajaba en la restauración de la embarcación en un local de San Fernando que le había prestado un amigo: cuando llegó la pandemia se quedó a vivir ahí. Enrique le prestó el barco a una amiga que no tenía donde quedarse porque su marido había quedado varado con su velero en Brasil. Una pareja quería comprarle el barco y, finalmente, la mujer se lo vendió. “Yo no quería saber más nada, después con esa plata me compré mi casa en el Delta. Fue la primera que tuve: en los últimos 30 años viví en barcos propios, ajenos, crucé cinco o seis veces el Atlántico, hice traslados de veleros hasta el Mediterráneo, el Caribe, junté como 75.000 millas”.  

Enrique Celesia ahora vive en el Delta del Paraná, cerca del agua que viene y va por las crecidas y las mareas. Dice que esta es la definitiva: “La náutica me volvió a la vida: yo tenía una vida rutinaria, con un trabajo que era una esclavitud total, pero en una edad donde todavía tenía pilas y me permitió cambiar todo. Fue una manera también de ver las cosas de otra manera, de valorar de distinto modo todo, el esfuerzo, las ganas, la vida misma. Por eso también ahora estoy en el Delta: no lo cambio por nada. Esta es la continuidad de todas mis navegaciones, estás en contacto con la naturaleza, lejos de la ciudad: acá el agua se mueve y vos sos el que estás quieto”.  

No sé si lo sabe pero un grupo de navegantes románticos y trasnochados quiere repatriar ese barco mítico, el Vito Dumas, a la Argentina. 

Sí, algo me contaron, que estaba a la venta en Panamá. También me dijeron que otros querían desarmarlo y eso sería una lástima. Su regreso es un proyecto muy difícil porque requiere tiempo, pero me encantaría que ese barco vuelva a la Argentina. 

4Palabras

Tapa del libro "¡Orza Vito!", de Enrique Celesia, publicado por Ediciones El Pulpo Negro.

 

“Un Odiseo que recuerda sin jactancia”.
Por Juan Bautista Duizeide.

Por cuestiones de logística isleña, la conversación —más que entrevista— que reúne a Enrique Celesia y Tamara Smerling se da en casa. Acá en el arroyo Gambado. Los veo y escucho a centímetros, con los reflejos del agua como fondo y música de gallinetas y pavas de monte. Enrique le pide a Tamara que por favor no lo trate de usted. Se siente un tanto sorprendido por el misterio del tiempo: “¿Cuándo fue que me distraje y pasó esto de tener ochenta años?”. A Tamara le cuesta un poco pese a la afabilidad de su interlocutor. Me gusta ser un testigo cercano. A veces, puede más la pasión por la náutica y se me escapa alguna pregunta. Enrique lo recuerda todo. Es un Odiseo que recuerda sin jactancia. Ha elegido, ahora, su Ítaca: una casa junto a un río hermano de los mares. Mira desde allí pasar el agua como se mira pasar el tiempo, y el tiempo en forma de agua viene a él, tras tantas tormentas, a hacerle fiestas como un perro amigo.

“Celesia es un referente como militante político”. Quelo Tresk es referente de La Zarpada, una biblioteca y escuela de náutica popular que nació al calor de este invierno a pocos minutos de la casa de Celesia en el Delta: “Enrique es inspiración y motivación. Al igual que Vito Dumas lo fue para él, para nosotros es Celesia. Lo grandioso de todo es que lo tenemos acá en el Delta y cuando nos reunimos es un lujo escuchar sus experiencias, sus hazañas, sus historias. Puede hablar dos horas de sus singladuras pero también con mucha humidad: jamás lo transmite como una proeza personal. Su trayectoria como militante político para nosotros también es un ejemplo”.

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