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La desigualdad socioeconómica también se aprende en las primeras palabras

Una investigación realizada en 18 países latinoamericanos encontró que las condiciones sociales de cada país influyen en el desarrollo del vocabulario infantil, incluso más allá de las características de cada hogar.

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La imagen muestra a una persona adulta con gafas y a una niña sentadas en un sofá gris mientras leen un libro juntas.

El desarrollo del lenguaje durante los primeros años de vida no depende solamente de cuánto se habla con niñas y niños dentro de sus hogares. También está condicionado por las oportunidades, los recursos y las desigualdades que atraviesan a las familias. Esa es una de las principales conclusiones de una investigación realizada en 18 países de América Latina, que analizó la relación entre las condiciones sociales y el vocabulario infantil en casi 1.800 niñas y niños de 12 a 36 meses.

Ángel Tabullo, investigador del grupo de Lingüística y Neurobiología experimental del Lenguaje del INCIHUSA-CONICET y uno de los integrantes del equipo que realizó el estudio, explicó que el trabajo surgió a partir de una investigación previa en la que habían analizado el uso de pantallas, la presencia de libros y las prácticas de lectura compartida en los hogares latinoamericanos.

“Nos interesaba hacer un relevamiento del uso de pantallas y la lectura y cómo se relacionaba esto con el vocabulario infantil”, señaló Tabullo. Ese primer trabajo permitió observar que la lectura tenía una relación positiva con el desarrollo del lenguaje, mientras que el uso de pantallas aparecía, en términos generales, asociado negativamente.

A partir de esos datos, el equipo decidió ampliar la mirada. En lugar de observar únicamente las características de cada hogar, incorporó variables vinculadas con las condiciones generales de los países: el Índice de Desarrollo Humano y el Índice de Desigualdad de Género.

“Consideramos dos variables que utiliza la ONU para caracterizar los niveles de desarrollo de los países”, explicó el investigador. Una de ellas sintetiza aspectos relacionados con salud, educación e ingresos; la otra permite observar las desigualdades entre varones y mujeres en ámbitos como la salud reproductiva, la educación, la participación política y el mercado laboral.

El resultado fue significativo: incluso después de controlar las características de los hogares, las condiciones sociales del país seguían teniendo un efecto sobre el desarrollo del vocabulario infantil.

“Países que tienen un mayor índice de desarrollo humano, o sea, mejor calidad de vida de los ciudadanos, mayor acceso a la educación, mayor acceso a la salud y mayores niveles de ingresos, los chicos tienen una ventaja en general para desarrollar el vocabulario y conocían más palabras”, sostuvo Tabullo. En cambio, en los países con menores niveles de desarrollo humano, los niños presentaban un vocabulario más reducido.

Dentro de los hogares, uno de los factores que más claramente apareció asociado al desarrollo del lenguaje fue la presencia de libros y las prácticas de lectura compartida. Pero Tabullo advierte que no se trata simplemente de tener libros en una biblioteca o en un estante. La presencia de libros puede expresar la existencia de un ambiente familiar donde la lectura forma parte de las prácticas culturales y donde también existen mayores oportunidades de conversación. “Había una cadena: hogares más pobres tienen menos libros en el hogar y es esa menor presencia de libros que predice más fuertemente un menor vocabulario infantil”, explicó.

El acceso a los libros, además, está atravesado por las condiciones materiales. “Para tener libros necesitás poder comprarlos y necesitás tener tiempo para leerlos y tiempo para dedicarle a tus hijos para compartir con ellos”, señaló.

Por eso, la desigualdad económica no aparece solamente como una diferencia en los ingresos. También puede traducirse en menos tiempo disponible, mayores niveles de estrés, menor acceso a bienes culturales y menos oportunidades para compartir actividades con niñas y niños.

“Las condiciones de desigualdad hacen que la gente esté sometida a mayores niveles de estrés, tenga menos tiempo, tenga condiciones de vida más complejas, menos acceso a la cultura y eso repercute sobre el ecosistema familiar”, resumió Tabullo.

La investigación también abordó el vínculo entre las pantallas y el desarrollo del lenguaje. Según el investigador, el uso de dispositivos aparece en general como un predictor negativo, pero esa relación cambia cuando existe acompañamiento adulto. “Lo negativo es que dejes al chico enfrente de una pantalla para solucionar un problema: que se quede tranquilo y vos puedas ir a hacer otra cosa”, explicó. En cambio, cuando la pantalla se utiliza de manera compartida y genera conversación e interacción, el efecto puede ser diferente.

De todos modos, Tabullo remarca que la lectura compartida continúa siendo el factor más favorable: “El libro sí, la lectura sigue siendo siempre lo mejor, el mejor predictor del desarrollo del lenguaje en los chicos”.

La clave, entonces, no estaría solamente en qué actividad realizan los niños, sino en la posibilidad de que exista una interacción significativa con los adultos. “Para el desarrollo del lenguaje, para el desarrollo cognitivo también nada reemplaza la interacción con el padre”, afirmó. Esa interacción puede darse durante una lectura, un juego o incluso mientras se comparte una pantalla. Lo importante, explicó, es que exista “un diálogo, una vuelta”.

A partir de los resultados, Tabullo plantea la necesidad de fortalecer políticas públicas orientadas al acceso a la cultura, la mejora de las condiciones de vida de los sectores más vulnerables y la construcción de una cultura más igualitaria. “Las condiciones de crianza que se derivan de la existencia de desigualdades sociales, a nivel estatus y a nivel género, impactan sobre el desarrollo de las nuevas generaciones”, sostuvo.

Uno de los resultados más llamativos del estudio se relaciona con las desigualdades entre varones y mujeres. En general, las niñas suelen desarrollar el lenguaje más rápidamente que los varones. Sin embargo, el equipo encontró que en los países donde la desigualdad de género era más marcada esa diferencia podía modificarse. “En aquellos países con desigualdad de género más marcada, esta tendencia se revierte y, de hecho, las niñas se rezagan respecto de los varones en lenguaje”, señaló Tabullo. 

El investigador relacionó este resultado con factores culturales: la diferente valoración de la crianza de niños y niñas, el tiempo que se les dedica y el nivel de estimulación que reciben. La desigualdad de género, explicó, no solamente expresa diferencias económicas o institucionales. También puede reflejar una cultura que “sobrecarga a las mujeres con el trabajo del hogar” y las tareas de cuidado, sin una distribución equitativa de las responsabilidades.

Como las mujeres continúan teniendo en muchos contextos la principal carga de cuidado y crianza, esa desigualdad puede traducirse en mayores niveles de tensión y estrés y en menos tiempo disponible. “Esto repercute en la crianza, en el desarrollo del lenguaje de los niños, especialmente en las niñas”, sostuvo.

Otro de los resultados que destaca Tabullo es que el contexto nacional no impactaba de la misma manera sobre todas las familias. En los hogares cuyos padres tenían mayores niveles educativos, las condiciones generales del país tenían un efecto mucho menor sobre el desarrollo del vocabulario. En cambio, en los hogares con menores niveles educativos, el impacto era considerablemente mayor. “Eran mucho más sensibles al contexto de la cultura nacional aquellos donde los padres habían accedido a menores niveles educativos”, explicó.

Es decir que las desigualdades sociales pueden acumularse. Las familias con menos recursos educativos y económicos tienen menos posibilidades de generar condiciones que compensen las dificultades del contexto general. “Son muy permeables, muy dependientes a las condiciones económicas y culturales del entorno”, señaló Tabullo.

Por eso, para el investigador, las políticas destinadas a las infancias no pueden limitarse a intervenciones individuales o familiares. Es necesario actuar también sobre las condiciones sociales que rodean a esas familias.

A partir de los resultados, Tabullo plantea la necesidad de fortalecer políticas públicas orientadas al acceso a la cultura, la mejora de las condiciones de vida de los sectores más vulnerables y la construcción de una cultura más igualitaria. “Las condiciones de crianza que se derivan de la existencia de desigualdades sociales, a nivel estatus y a nivel género, impactan sobre el desarrollo de las nuevas generaciones”, sostuvo.

Para el investigador, esos efectos pueden prolongarse mucho más allá de los primeros años de vida: “Se arrastran de generación en generación”. Por eso, intervenir sobre las condiciones de crianza en el presente también significa prevenir problemas futuros vinculados con la educación, el mercado laboral, la salud y la participación social.

“Tenemos que poner el foco en las infancias, no tenemos que perder el foco en la protección de los derechos de la mujer”, afirmó. Y aunque el problema excede ampliamente las posibilidades de cada familia, también hay acciones cotidianas que pueden favorecer el desarrollo del lenguaje.

“Desde el hogar, lo más importante es poder compartir tiempo de calidad con los chicos y hablar con ellos”, explicó Tabullo. La cantidad de palabras que escuchan y las conversaciones significativas que mantienen con sus padres son, según los estudios, algunos de los factores que más hacen la diferencia.

 

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