San Valentín: cuando el deseo no hace match
En tiempos de filtros, métricas y promesas de compatibilidad, una técnica viral intenta domesticar el amor. Pero cuando el deseo no obedece al algoritmo, algo insiste. Una lectura sobre los restos del amor romántico, sus escenas fantasmáticas y ese ruido sordo que persiste allí donde nada termina de encajar.
- febrero 14, 2026
- Lectura: 3 minutos
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Hace unas semanas, una paciente me dijo que había salido con alguien que pasó la técnica 6-7. Yo no sabía de qué hablaba. Me explicó, entre seria y entusiasmada, que se trataba de un método viral que evalúa pretendientes amorosos según siete criterios: atractivo físico, estabilidad emocional, trabajo digno, higiene básica, afinidad política, nivel cultural y deseo de compromiso.
-Tiene todo. No le falta nada – dijo.
-Sin embargo, salí una vez y no me dieron ganas de verlo de nuevo.
Es curioso. El método promete evitar decepciones, pero lo que genera -en muchos casos- es desencanto. La fórmula perfecta para no enamorarse. O para no equivocarse. Pero sin error, ¿dónde está el deseo? ¿Qué pasa cuando, en el intento de preverlo todo, lo inesperado -eso que enciende- queda fuera del radar?
Otra historia. Un paciente gay, de cuarenta y un años, profesional, tímido, me cuenta que cuando algo le gusta demasiado, desaparece. Se escapa.
-Me asusta que lo vea tan fácil -dice.
Entonces vuelve a las apps y termina con alguien que lo aburre un poco, pero que no lo desestabiliza.
-Con ese no me rompo -me dice.
Ahí aparece la tensión entre vínculo seguro y deseo genuino. Una tensión vieja como el mundo, pero que la técnica 6-7 parece ignorar.
Desde la clínica, esto no sorprende. El deseo no se deja cuantificar. No tiene KPI (una métrica que sirve para medir rendimiento, eficacia o éxito respecto de un objetivo), ni se organiza en cuadrantes. Más bien, se escapa. Se cuela. No obedece a la lógica, y menos aún a los filtros de selección.
Eva Illouz, socióloga franco-israelí, advierte en sus libros sobre el amor moderno que la racionalización del deseo nos aleja de la experiencia. El amor se vuelve un proyecto, algo que se planifica y se alcanza. Pero el amor es, más bien, algo que ocurre. O no.
Pero no todo es crítica academicista. Hay una intención comprensible de cuidarse: no repetir vínculos que lastiman, elegir con más conciencia, evitar el desgaste. Lo que inquieta es cuando la selección es tan precisa que no queda nadie. O peor: cuando, en el esfuerzo por elegir bien, uno se aleja de sí mismo.
Eva Illouz, socióloga franco-israelí, advierte en sus libros sobre el amor moderno que la racionalización del deseo nos aleja de la experiencia. El amor se vuelve un proyecto, algo que se planifica y se alcanza. Pero el amor es, más bien, algo que ocurre. O no. En redes circulan tips: no contestes antes de tres horas, no muestres entusiasmo, sonreí, pero no mucho. Todo está calibrado. ¿Y si ese cálculo permanente es, en sí mismo, una forma de angustia? ¿Y si el miedo a parecer demasiado -o demasiado poco- nos deja sin cuerpo en la escena?
El problema no es filtrar. Es dejar de escuchar. Es confundir deseo con un Excel. Es pensar que el otro puede reducirse a un combo de virtudes sin fisuras. Pero nadie ama a alguien perfecto. Se ama a alguien porque falla. Porque algo en esa falla llama, atrae, insiste.
Una paciente lo dijo sin teoría:
”El único que no me hizo el checklists fue el único que me hizo sentir”.
Ahí está el punto. El amor se parece más a una torpeza compartida que a una estrategia de mercado. Es una conversación que no termina, una mirada que no se evalúa, un silencio que no se planifica.
En una época obsesionada con medir, optimizar y prever, amar quizá consista en lo contrario: fallar con alguien y no huir. Renunciar a los filtros, desactivar la técnica y sostener la incomodidad de no saber.
Pablo Castillo es Licenciado en Psicología
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