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La política israelí hacia otro empate
En un escenario marcado por la guerra y las causas por corrupción contra Netanyahu, Israel acude el próximo 27 de octubre a unas elecciones donde no se vislumbra una vía hacia la paz. Aunque el pulso entre el Likud y la oposición de Eisenkot podría frenar el deterioro del estado de derecho, la fragmentación parlamentaria amenaza con perpetuar la inestabilidad.
- octubre 15, 2026
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Unas elecciones que poco aportarán a la paz, pero que tal vez frenen el deterioro del estado de derecho. Si hubiera que definir esta nueva justa, en la que el inoxidable Benjamin Netanyahu sigue siendo el hombre a derrotar, debería ser en esos términos. Ahora bien, aunque sea mucho y muy fundamental lo que está en juego el próximo 27 de octubre, es posible que el voto de los israelíes abra un período de incertidumbre con nuevas elecciones a repetición. En un país permanentemente en guerra, la cuestión de la paz no logra ocupar un lugar de relieve en la agenda de una campaña que se ha desarrollado como si sólo se tratara de un plebiscito sobre la continuidad o no del actual primer ministro.
Las primeras elecciones después del criminal ataque terrorista de Hamás y otros grupos palestinos contra los asistentes a la rave Nova y la población civil de los kibutzim cercanos a la frontera con Gaza serán la ocasión en la que Netanyahu tendrá que rendir cuentas por la indefensión de la frontera sur del país. El desguarnecimiento y la lentitud exasperante del traslado de las tropas militares israelíes desde la Cisjordania ocupada permitieron a los agresores maximizar la carnicería y abultar el número de rehenes secuestrados en su retirada.
El jefe del partido Likud postergó cuanto pudo la convocatoria a las urnas, resistiendo múltiples pedidos de renuncia y haciendo todas las concesiones necesarias a sus socios de coalición para posponer el momento en que se pudiera ver forzado a volver a ser un ciudadano de a pie y a tener que sentarse en el banquillo de los acusados por las tres causas de corrupción abiertas contra él en sede judicial. A pesar de no gozar de inmunidad, ha invocado repetidamente su condición de primer ministro para justificar solicitudes de aplazamiento, amparándose en cuestiones de seguridad y tiempos de guerra. Su solicitud de un perdón especial al presidente Isaac Herzog sigue pendiente.
Se requiere una destreza especial, probablemente única, para navegar sin hundirse a través del archipiélago de partidos, todos ellos relativamente pequeños, que componen la Knesset, el parlamento del Estado de Israel. El paciente collage que le permitió a Netanyahu seguir en el gobierno en 2022 se compuso inicialmente de nada menos que ocho partidos, incluidos dos de extrema derecha, uno de los cuales es el sucesor de otro que estuvo proscripto por pregonar el exterminio de los árabes. Sumar el apoyo de 64 de las 120 bancas significó dar luz al gobierno más extremista desde la fundación del estado. Esta vez, con la excepción de las encuestas difundidas por el Canal 14 (en el que son comunes las arengas en favor del genocidio del pueblo palestino), ningún estudio de la intención de voto le asigna una mayoría al conglomerado oficialista.
¿Significa eso que hay una mayoría de gobierno alternativa? Lo cierto es que no. Si bien hay encuestas que dan a la suma de todas las fuerzas de oposición hasta un máximo de 69 bancas, ninguna de ellas le asigna menos de diez (y alguna se estira hasta 15) a las dos listas que representan a la mayoría de los israelíes árabes. Con la excepción de una breve participación de uno de ellos, el conservador Ra’am, en el fugaz gobierno del primer ministro Naftali Bennett, en 2021, estos partidos son excluidos de toda participación en el gobierno. Con la excepción de los progresistas Demócratas, los demás partidos opositores a Netanyahu prometen en campaña no formar un gobierno con ministros árabes.
Netanyahu imagina un gobierno de unidad nacional con Eisenkot, con un acuerdo de rotación como el que le prometió, sin cumplir, a otro ex-jefe del Estado Mayor de las FDI, Benny Gantz, en 2020-2021. Pero como un artillero al que se le ha mojado la pólvora, el primer ministro llega a esta elección atado a aliados inaceptables.
El ex-jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), Gadi Eisenkot, y su recién establecido partido centrista Yashar, que emergió claramente como el más serio contendiente de Netanyahu, estarían –según las encuestas más serias– poco más que empatados en bancas con el Likud y con un número de aliados entre los partidos de mayoría judía también parecido al que tiene alrededor el actual mayor partido de gobierno. Eisenkot ha demostrado la solidez de su apoyo, pero sólo logra erosionar al Likud, sin alcanzar a provocar su derrumbe. Los partidos menores que sostienen a Netanyahu, por otra parte, representan a electorados muy demarcados y tampoco puede esperarse que encojan catastróficamente.
Eisenkot se ha embanderado con la defensa del estado de derecho y la separación de poderes. Tratando de nutrirse de la energía de las movilizaciones que en 2023 resistieron el intento de Netanyahu de someter y partidizar el poder judicial, el ex-jefe militar ha tratado de definir la elección como una opción de hierro entre la preservación del marco constitucional que rige el país (aún sin una constitución escrita) desde 1948 o la rendición definitiva ante un hombre fuerte. Si bien ha optado por la máxima diferenciación en esta cuestión vital, en las igualmente vitales cuestiones de la economía y de la relación con la población de los territorios ocupados ha elegido confundirse con el paisaje. Poco ha dicho del deterioro de las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la población (donde están sobrerrepresentados árabes y beduinos). Menos aún de la cuestión palestina: antiguo defensor de la solución de dos estados, se ha ocupado de subrayar cada vez que pudo que, después del 7 de octubre de 2023, esa opción no está sobre la mesa.
Netanyahu imagina un gobierno de unidad nacional con Eisenkot, con un acuerdo de rotación como el que le prometió, sin cumplir, a otro ex-jefe del Estado Mayor de las FDI, Benny Gantz, en 2020-2021. Como un artillero al que se le ha mojado la pólvora, Netanyahu llega a esta elección atado a aliados inaceptables para Eisenkot como el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich, superhéroe de los colonos ilegales de la Cisjordania ocupada. El Likud y el ultraderechista Partido Sionista Religioso de Smotrich han anudado un acuerdo para prestarse mutuamente el excedente de votos que éste y el Likud obtengan para maximizar su número de bancas. El actual jefe de gobierno se ilusiona con que Eisenkot, cuyo principal argumento electoral es ser el anti-Bibi, se olvide de esto como Gantz seis años atrás. ¿Podrá salirse con la suya ahora que todos vieron el truco?
La campaña electoral está transcurriendo en el marco extraordinario de la continuada ocupación de Gaza, donde las FDI siguen infligiendo muertes por goteo, en este momento, con números parecidos a los que infligen los colonos ilegales a los palestinos de Cisjordania y Jerusalén Oriental, de la ocupación israelí del 20% del territorio del Líbano y del alerta permanente por la guerra con Irán. Con la cuestión de la seguridad permanentemente enarbolada como argumento-mordaza, la campaña ha estado marcada por la proscripción temporaria de los partidos de mayoría árabe, que el Comité Central de Elecciones descalificó para competir el 23 de septiembre. Pasaron casi dos semanas hasta que la Alta Corte de Justicia revirtiera la decisión, manteniendo, eso sí, la proscripción individual de Sami Abu Shehadeh, del partido nacionalista palestino Balad.
Con una votación que puede desembocar en un empate catastrófico, tal vez ese equilibrio baste para que no se concreten las aspiraciones de perpetuación e impunidad de Netanyahu. Sin embargo, la cuestión por la que el mundo mira a Israel con consternación, la de los derechos del pueblo palestino en los territorios ocupados, no va a encontrar en este voto de los israelíes ningún atisbo de solución.
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