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Colonialismo y lucha por la tierra: Lara Segade analiza la potencia de Lucio V. Mansilla
Frente a una nueva ola de reivindicación colonialista, la especialista Lara Segade analiza la potencia política y literaria de “Una excursión a los indios ranqueles”. Una relectura sobre la travesía de Lucio V. Mansilla a las tolderías en 1870, los debates sobre la tierra, su vigencia y el nacimiento de la crónica en la Argentina.
- octubre 12, 2026
- Lectura: 10 minutos
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En tiempos de civilización o barbarie nace una voz disruptiva: la de Lucio Mansilla. El general que se dejó afectar por la comunidad ranquel. Cruzó la frontera, compartió el espacio, durmió en las tolderías y escribió -con potencia narrativa- una alternativa posible al exterminio: la integración por vía pacífica y cristiana de “los indios”. Lo hizo en 1870, apenas un año antes de que comenzara el desmembramiento violento de ese mundo.
A propósito del 12 de octubre, aniversario de la conquista de América, Lara Segade, doctora en Letras (UBA), docente de Literatura argentina I (UBA) y de Cronistas fundamentales del siglo XIX en la Maestría en Periodismo Narrativo (UNSAM), ofrece una relectura de Una excursión a los indios ranqueles.
El valor principal de la obra radica en el gesto mismo de su autor, dice Segade: Mansilla hace esa excursión con el objetivo de firmar un tratado de paz en la previa a la Campaña del Desierto, donde se va a resolver el problema de las fronteras a través de la eliminación de los indios. Y desde las primeras páginas, deja en claro su motivación: quería ver con sus propios ojos ese universo denominado Tierra Adentro. Para Segade, este acto de presenciar y conocer al otro desarticula las construcciones prejuiciosas de la época: “Hace ese viaje, entra en contacto con ese otro y lo conoce, y ese conocer al otro supone un acercamiento y una pregunta: ¿de qué manera podríamos integrarnos?”. Ahí empieza a poner en cuestión todas las ideas previas de “representación del indio que lo veían como un animal o como algo que queda directamente por fuera de la ecuación de la nación posible. Cuenta cómo viven, dice que a veces son más civilizados que «nosotros», y empieza a poner en tensión esta dicotomía entre civilización y barbarie”, señala la investigadora.
Cuando se pregunta dónde hay más civilización, los resultados no favorecen al mundo cristiano o a “su gente”…
Exactamente. Presenta un montón de elementos muy diversos que ponen en duda que los indios no tengan su parte de civilización, pero también cuáles son las partes bárbaras de la propia civilización que él representa. En ese sentido, cruza la frontera entre indios y cristianos. Eso no pasa tantas veces. En relación con la idea del colonialismo, hay uno que es superior al otro, entonces hay algo de la conquista que estaría justificado esas representaciones, y en el texto se empiezan a desdibujar. Ya la conquista no está tan garantizada si ese otro es en alguna medida igual. Es un texto muy complejo, difícil de encasillar en una idea, pero efectivamente hay muchos momentos en que ese otro es un igual.
En uno de los tantos prólogos de la obra, Alan Pauls se pregunta qué ve Mansilla en el mundo ranquel y dice: “Ve todo lo que ven Sarmiento y los demás partidarios del programa Exterminio: una fuerza salvaje, improductiva, refractaria a ese modelo de país que quieren explotar”. ¿Qué resignificación tiene hoy, en ese sentido, la lectura de este libro?
La cuestión de la propiedad de la tierra es central en Ranqueles. Es, tal vez, una de las zonas más grises del libro porque la idea es ir a firmar este tratado de paz que supone un corrimiento de la frontera más hacia el sur. Él está en la parte de Córdoba, del río Cuarto al río Quinto, y la ocupación de esas tierras ya se hizo con campañas militares en el año anterior, en 1869. Entonces lo que se quiere garantizar es la paz en esa zona que ya fue conquistada. Al principio del libro mira esas tierras y dice: “Qué buenas serían para la explotación agrícola” y “qué buenas serían para que pase por acá el ferrocarril”. Tiene una mirada proyectiva, pensando en que esas tierras, ya sea por la paz o por la guerra, sean ganadas. Después, ya muy avanzado el libro, hay una junta en la que se reúnen todos los indios con Mansilla a discutir las condiciones de este tratado de paz. Esa es una escena muy importante, muy larga, en la cual se discute todo: la propiedad de la tierra, la conquista, la relación entre indios y cristianos, se discuten las matanzas, de un lado y del otro. Ahí los indios le preguntan por qué ocuparon estas tierras que “son nuestras”. Y Mansilla responde “¿por qué, porque estaban ustedes?”. Y sigue: “Sí, porque estábamos nosotros, porque siempre estuvimos acá”. Mansilla dice que la tierra no es del que la ocupa, sino del que la trabaja, y los indios responden que no saben trabajar, que son pobres. Después empiezan a discutir que durante la ocupación mataron un montón de indios, y Mansilla dice “ustedes mataron más cristianos”. O sea, se discute la violencia que hay en esa ocupación y la relación de la tierra con la propiedad y con el trabajo. Y en esa misma junta Mansilla dice “pero al final somos todos argentinos, ¿qué importa de quién son las tierras? Somos todos lo mismo”, pero ahí está haciendo un uso conveniente de esa idea. Más tarde empieza a hablar de la conquista y plantea que los caballos, las vacas, el azúcar, un montón de cosas “las trajimos nosotros”, o sea, los españoles, los cristianos. Los indios le discuten, entonces él tiene un argumento etimológico, dice: “ustedes la palabra que usan para vaca, para caballo, son las palabras cristianas, porque no lo tenían antes; en cambio para la luna tienen una palabra propia”. Ahí sucede una cosa increíble. Primero dice, “somos todos argentinos” y después dice, “en realidad somos todos indios” porque “los españoles cuando vinieron, no trajeron mujeres, entonces tuvieron hijos con las indias, y por eso somos todos descendientes de las indias”. Hay una violencia originaria de la conquista que se está discutiendo. Cuando se discuten las condiciones de ocupación de la tierra, se remite a la violencia originaria de la conquista. Está todo ahí, en esa discusión en la que están las voces de los indios, lo que ellos dicen.
Lara Segade: “Mansilla discute con Echeverría, con Sarmiento, los principales representantes de la construcción de esa imagen del desierto como un desierto, como un espacio despoblado o poblado por seres perfectamente eliminables. Discute todo el tiempo con eso, pero va a quedar un poco aislado”.
Durante el último Mundial se puso en discusión el racismo argentino, y surgieron distintas respuestas locales, ¿qué pistas da Una excursión a los indios ranqueles sobre la libertad de vientre, el apadrinamiento de niños indígenas?
Todo el tiempo aparece este contacto con el otro, esta posibilidad de intercambio. No es tan fácil trazar la línea que separa a “nosotros” del “ellos”. Hay muchos otros procesos de mezcla que van apareciendo que tienen que ver con los diversos cruces de frontera. Sobre todo con las cautivas cristianas tomadas por los indios, que tienen mucha presencia en Ranqueles, y que también son secuestradas violentamente; aunque también hay muchas mujeres y hombres que se fueron a vivir entre los indios voluntariamente por distintos motivos. Hay refugiados políticos, por ejemplo. También hay indios viviendo entre cristianos. En uno de los capítulos iniciales, cuando Mansilla describe la vida en el fuerte Sarmiento, que es desde donde él sale, está lleno de indios comerciando, hay misiones diplomáticas, hay rehenes, hay personajes que van y vienen todo el tiempo. Hay muchos procesos de indios apadrinados por los cristianos, por distintas vías. El propio Mariano Rosas, el cacique Ranquel con el que va a negociar la paz Mansilla se llama Mariano Rosas porque así fue bautizado, porque fue secuestrado. Tenía nueve años en la que había sido la anterior campaña del desierto, la de Rosas. Había estado prisionero y después Rosas lo apadrinó. Hasta que logró escaparse. Era hijo de un cacique, entonces se convirtió él mismo en cacique, pero mantuvo su nombre cristiano. Para pensar la cuestión del racismo: es cierto que hubo mucha mezcla, pero decir que hay mezcla no supone decir que no hay violencia, que no hay un posible racismo también originario.
A lo largo del libro se va modificando esa idea de desierto despoblado que necesita de ese proyecto civilizador. Mansilla hace, incluso, un reconto nominal de indios. ¿Cómo y cuándo eso encuentra un interlocutor?
El proyecto de Mansilla en verdad queda trunco, por eso también es tan increíble el libro, porque es en alguna medida una especie de crónica, de un mundo desconocido, en un sentido bastante moderno de la palabra crónica. Pero lo que muestra es por primera vez un mundo, y a la vez casi por última vez. No es que no haya ninguna otra representación del indio, pero es muy único el modo en que lo muestra y en ese acercamiento: los indios hablan, hay tres capítulos dedicados a los indios reclamando cosas, discutiendo la propiedad de la tierra, y muy representados. Y él no suele hablar de desierto, pero dos o tres veces se refiere a ese espacio como Tierra Adentro. De hecho discute con Echeverría, con Sarmiento, los principales representantes de la construcción de esa imagen del desierto como un desierto, como un espacio despoblado o poblado por seres perfectamente eliminables. Discute todo el tiempo con eso, pero va a quedar un poco aislado. Sabemos lo que pasó en 1879 con la campaña de Roca, pero puntualmente hay una campaña a las tolderías ranqueles en la que son parte eliminados y parte dispersados en 1871, o sea un año después del viaje de Mansilla. Es muy inmediata la desaparición de ese mundo, tal como Mansilla lo conoció y lo narró.
¿Cuánta de la potencia de Ranqueles se la atribuís al hecho de que sea una crónica en formato epistolar?
Que la potencia tiene que ver con la crónica, absolutamente. Es un libro muy difícil de clasificar, no tiene sentido hacerlo cuando en realidad es muchas cosas. También fue leído de muy distintas maneras a lo largo del tiempo, priorizando alguno de los distintos aspectos que efectivamente tiene. Pero pensarlo como crónica admite incorporar esa dimensión literaria. Con respecto de las cartas, y de qué interlocutor tiene este texto: tiene un interlocutor directo, intratextual, que Santiago Arcos, que era un amigo de Mansilla. Este interlocutor que elige Mansilla, Santiago Arcos, no es casual. Había escrito una pequeña obra unos años antes que llamó Cuestión de Indios, donde proponía que la solución para el problema del indio era su eliminación. Entonces Mansiulla escribe su libro en ese debate, proponiendo la integración por vía pacífica, y cuenta todo esto para demostrar que es posible. Y lo muestra con un libro espectacular. Había informes de las distintas expediciones militares, no es que no había ningún tipo de textualidad sobre los indios, pero lo que diferencia Ranqueles, lo que lo hace tan único, es su formato de crónica, su literatura.
Siempre ubicamos el comienzo del género crónica con Rodolfo Walsh. Con todo lo que uno puede apreciar de y a Walsh, se puede pensar que Ranqueles es el origen de la crónica, también una especie de periodismo gonzo, porque Mansilla se deja afectar por ese mundo: vive entre ellos, come con ellos, duerme con ellos, etc.
Mansilla dice: “Voy a ver con mis propios ojos el mundo que llaman Tierra Adentro”. Esa idea de ver, de estar ahí con todos los sentidos, de oler, tocar, comer, con los peligros también que trae estar en contacto con los indios que se le vienen encima, a veces borrachos, y también -esto es clave- escuchar. Hay una ligazón con la crónica y con Walsh. Hay muchas líneas de diálogo, los indios hablan y dicen lo que dicen y Mansilla transmite. El escuchar la historia del otro permite, de alguna manera, desarticular esas tipologías hechas desde afuera. Complejiza. Y en ese escuchar, estar ahí, y en el ver, sobre todo, que es tan importante, hay una afección del yo, hay una mirada que no es de afuera, incluso a veces una mirada tan cercana que se convierte en un peligro. Se le vienen los indios encima cuando está totalmente borracho porque no puede no tomar porque pueden sospechar de sus intenciones, otros lo quieren apuñalar. Realmente supone un riesgo para el yo el estar ahí.
Si trazamos un paralelismo con Walsh, aparece también el peligro de publicar esa obra en tiempos de civilización o barbarie…
Absolutamente. Hay algo del riesgo, de la experiencia, pero también del relato de la experiencia, o de la escritura de esa experiencia, las dos cosas. Hay otra escena que también relaciono con Walsh, es un poco más indirecto, pero sucede cuando cuenta una experiencia pasada en un fogón: unos años antes, en la guerra del Paraguay, el Cabo Gómez que combate en Curupaity es dado por muerto, de hecho lo ven muerto. Unos días después, alguien viene a decirle a Mansilla, “hubo un alta en el hospital”. Y él pregunta de quién. Es el alta de un muerto. Es el Cabo Gómez y sus sucesivas resucitaciones. Lo dan por muerto 80 veces, siempre vuelve a aparecer. Pero es esa especie de oxímoron del que se desprende la narración. El alta de un muerto siempre me hizo acordar a “el fusilado que vive”. Eso que se escucha como una contradicción, como un imposible y que desata la narración o la posibilita.
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