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“Las nuevas derechas ganan porque conectan con el plano emocional”
El politólogo Emanuel Porcelli reflexiona sobre el avance de la extrema derecha en América Latina, insiste en que el resultado no se trata de avalar una buena o mala gestión, sino que se vincula con el plano emocional. La consolidación del bolsonarismo -que perdió las elecciones en 2022, pero lejos de desaparecer del mapa tuvo un proceso de fortalecimiento- y los desafíos que este escenario representa para las democracias liberales y para la Argentina.
- octubre 5, 2026
- Lectura: 3 minutos
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La política latinoamericana atraviesa una profunda mutación y si el resultado de Brasil se sostuviera en el balotaje, el mapa quedaría -con pocas excepciones- con tendencia a un solo color. El docente e investigador especializado en Relaciones Internacionales, política latinoamericana e integración regional de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Emanuel Porcelli, sostiene que analizar los resultados desde la óptica de la gestión pública es erróneo. Explica además por qué el desempeño del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva no se traduce linealmente en un respaldo en las urnas, y por qué la discusión política perdió su eje racional. “Si uno tuviera que hacer el balance en términos objetivos, la gestión de Lula en el contexto internacional es una gran gestión”, asegura y resalta el reposicionamiento de Brasil en el escenario global y sus esfuerzos por impulsar un desarrollo industrial en un contexto adverso. Sin embargo, insiste, los motivos del apoyo político electoral se fueron desplazando. “Cada vez el voto tiene menos que ver con la argumentación y más con una lógica emocional. En ese registro, estas nuevas derechas han desarrollado dispositivos que les funcionan. Eso es un desafío para pensar”, dice.
La derecha, que en algunos casos es extrema, ganó 14 de las últimas 20 elecciones en América Latina, ¿esa ola vino para quedarse? ¿Es América Latina o es el mundo?
Hay diferentes recortes. Uno es ese, el otro es los oficialismos que pierden. Visto desde la Argentina de Javier Milei, uno intenta abrazar esa segunda idea. Hay formas de pensar la política que están en un proceso de profunda transformación, y que algunos, especialmente estas derechas, más allá de que sean extremas o no tan extremas, tienen otras formas de comunicar, de usar las redes, donde el juego de los algoritmos juega muy fuerte. El voto a Bolsonaro no se explica solamente por los sectores vinculados con el agronegocio, el extractivismo. Es pluriclasista. Lula perdió votos en la gran mayoría de las ciudades pequeñas del interior, pero también en algunos de los centros urbanos. El desafío es poder entender que es una nueva forma de hacer política que llegó para quedarse.
¿Qué se hace con eso?
Hay que construir liderazgos nuevos, tratar de entender cómo se procesa eso. Hay una tendencia a tener enojo, insatisfacción, y estas nuevas derechas logran hacerse canal en donde eso se convierte en acción política. Ese enojo existe. La cuestión no es echarle la responsabilidad a los sectores que están enojados, sino preguntarse por qué.
¿Está en crisis un modelo de representación o la democracia liberal dejó de ser útil?
No lo sé. Parece que sí, que hay una parte de las democracias como las entendíamos, las democracias liberales, que están en crisis, que están en tensión constante. Me cuesta creer que la idea de la polarización extrema terminaría siendo la solución, porque en verdad a la larga no lo es, no termina siendo algo que le dé a quienes pueden capitalizarlo cierta estabilidad programática, que genere mayor beneficio para la población. Pero sí estamos en un escenario muy complejo, porque todo se hace cada vez más brutal. La extrema derecha ganó la gran mayoría de las elecciones en la región, pero de todas esas elecciones posiblemente en ésta la diferencia entre los candidatos era la más grande en términos de recorridos políticos, en términos de la capacidad de transformación que han tenido las diferentes presidencias de Lula.
¿Puede ser que esta tercera gestión de Lula no haya tenido un impacto favorable en términos económicos para las grandes mayorías?
Puede ser, pero Lula no se estaba enfrentando a esta elección con 200% de inflación. Entonces, hay un proceso que quizás es más lento que en otros casos, pero si mirás los números, las acciones políticas, no es ese el eje de la cuestión. Sí quizás hay un descontento generalizado que tiene que ver con una lógica de “yo quiero que mi situación familiar, económica, personal, de proyecto de vida, se transforme y se transforme ya”. Eso obviamente no es posible en ningún escenario, menos en un país de 200 millones de habitantes.
Pensándolo en términos de expectativas, ¿compite con sus propias gestiones?
No lo sé. Me cuesta pensar que la discusión pase por ahí. Porque si él compite con sus propias gestiones, Flavio Bolsonaro debería tener la carga de la gestión del padre. Entonces si pusiéramos a competir los legados políticos de las propias gestiones, el resultado debería ser otro. Siempre uso la misma metáfora, en Match Point, de Woody Allen, la pelota pica toca el fleje de la red y cae para un lado o para el otro y la historia cambia. Hay algo de eso. Las identidades políticas se fortalecen entre sí, el bolsonarismo como tal perdió las elecciones en 2022, pero no desapareció del mapa, sino más bien tuvo un proceso de fortalecimiento y cierta homogeneización interna, parecido a lo que le pasa a Donald Trump durante el gobierno de Joe Biden. Hoy va a estar en una situación de mayor control del aparato político respecto de la elección de Jair Bolsonaro. Si mirás los números del Senado y de los gobernadores que va a tener, y comparás la foto con la de 2018, es un escenario parecido a los de Trump 1 y Trump 2.
Hay un proceso en donde las identidades se fortalecen entre sí, hay un cuarentipico que está estructurado y hay 10, 12, 15% que va fluctuando, y eso muchas veces se termina afinando sobre el final de la campaña y también hace que los diferentes modelos de encuestas y de cálculo preelectoral fracasen rotundamente, porque la diferencia es chica. Pensemos Perú, Colombia, Chile, terminan siendo siempre elecciones que se definen con el último 4 o 5%.
En general se da la elección de Lula en el balotaje por perdida, ¿tiene dónde ir a buscar?
Pareciera muy difícil, porque el electorado de las terceras y cuartas fuerzas tendemos a pensar que irá hacia Bolsonaro y no hacia Lula. Por otro lado, se generó esta idea de que la gente no fue a votar, pero cuando mirás los números finitos es un 0.15% de diferencia respecto a la elección de 2022. Es muy tangencial, no es que hubo cinco puntos menos. Obviamente va a ir un poco más de gente a la segunda vuelta, pero uno tiende a creer que es para votar a Bolsonaro. La intención del PT es tratar de neutralizar a ese electorado que no optó por Flavio Bolsonaro en primera vuelta, y ver que de aquello que se mueva la relación sea 2-1, de cada 3 votos por lo menos que 2 voten a Lula. Si eso sucede se pone por lo menos competitivo, no está perdido.
“Un dato clave de la primera vuelta es que así como queda la conformación de las cámaras legislativas, en particular del Senado, Bolsonaro estaría muy cerca de hacer el impeachment contra la Corte. Y de cargarse a Alexandre Moraes”, advierte Emanuel Porcelli.
¿Por qué se da esa diferencia Norte-Sur?
Brasil en sí mismo son muchos Brasiles. Lo que es interesante para pensar es cómo el PT perdió el Sur. El Norte-Oeste siempre fue un bastión del PT, pero fue un bastión desde el tiempo en el que el PT perdió las elecciones presidenciales.
O sea, el Lula que se presentó a las elecciones presidenciales y las perdió cuatro veces. Pero el PT supo ganarse hacia fines de los 90 -cuando las recetas neoliberales fracasaban- parte del Sur. Por ejemplo, uno de los primeros gobernadores que tuvo el PT fue el de Porto Alegre que durante un tiempo importante fue un estado petista. Si bien siempre el Norte fue el bastión del PT históricamente, eso no era sólo el Norte. El PT tenía el Norte y tenía otros estados.
El problema es que una parte importante de esos estados los perdió en los últimos años. Más allá de esa tensión, de que son dos Brasiles distintos, la principal pregunta es cómo hace el PT para recuperar eso que alguna vez tuvo en el Sur.
¿Qué factores explican el respaldo al juez Moro?
El juez Sergio Moro dio el salto a la política junto a Jair Bolsonaro. Esto le permitió consolidarse en un estado que, tiempo atrás, albergó experiencias emblemáticas del progresismo brasileño: hace 20 años, Curitiba era pionera y estaba profundamente preocupada por desarrollos vinculados a la gestión medioambiental.
Hoy, la capital de ese mismo estado es el epicentro donde el 50% de los votantes de Paraná eligió a Sergio Moro. Habrá que ver cómo se posiciona Moro junto a figuras como Tarcísio de Freitas en San Pablo o el gobernador de Río de Janeiro Douglas Ruas. Estos dirigentes podrían presionar para que Flávio Bolsonaro cumpla su promesa de gobernar por un solo mandato y así proyectarse como candidatos presidenciales de acá a cuatro años, lo que generaría tensiones internas. Pero el derrotero de Moro es un derrotero en el que no paga ningún costo por todas las demostraciones documentales de su compromiso con la búsqueda de poner a Lula preso.
Pensando en el impacto que puede tener en Argentina, la elección tiene un valor simbólico muy importante para Javier Milei que le dio un respaldo explícito a Flávio Bolsonaro. A largo plazo, una eventual victoria de Bolsonaro ¿puede desdibujar las alianzas que Argentina tiene con Estados Unidos?
Hay dos posibilidades. Una, que Flavio Bolsonaro reconozca cierto liderazgo ideológico en Javier Milei y entonces –si bien obviamente el peso de Brasil en la política de Estados Unidos hacia América Latina es mucho más relevante–, en términos de lo que a Milei le importa (que es la dimensión simbólica antes que la real), la relación funcione. Esto le permitiría a Milei seguir reproduciendo la idea de que “todos estos están acá porque fuimos la punta de lanza”, me refiero a figuras como Keiko Fujimori, Abelardo De la Espriella o Flavio Bolsonaro. La otra es que la política exterior norteamericana reconozca a Brasil por lo que es: un socio mucho más relevante para su propia estrategia regional. De todos modos, habrá que ver cómo se cruzan estas dinámicas de cara a las elecciones en Estados Unidos.
Bolsonaro preso, impedido de competir, eligió a su hijo y le transfirió su base electoral. ¿Eso se puede traspolar a la política argentina? ¿Algo de esa característica puede pasar?
No, creo que no. Son dinámicas muy distintas. Flaco error cometemos con esta idea de trasladar lo que sucede. De la misma manera en que la política argentina tiene elementos muy argentinos, muy localistas, muy de la historia propia, la política brasileña es muy brasileña. Además, cada estado es un sistema político distinto al de al lado. No son los mismos partidos, las alianzas no necesariamente son iguales. En San Pablo el partido A va con el partido B, pero en Río de Janeiro el partido B va con el partido C. Eso para nosotros es muy difícil de entender. Es un sistema que no tiene listas para diputados y senadores, sino que tiene estos sistemas de preferencias. El dato es que así como queda la conformación de las cámaras legislativas, en particular del Senado, Bolsonaro estaría muy cerca de hacer el impeachment contra la Corte. Y de cargarse a Alexandre Moraes. Ese es el dato, en términos de cómo es la relación entre la política y la justicia.
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