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Todo es como debe ser, todo va como tiene que ir
El uso instrumental del miedo como herramienta de disciplinamiento busca imponer un determinismo autoritario que clausura el debate, degrada la democracia y reduce la política a una instrucción dogmática. Frente al hostigamiento y la antipolítica, se vuelve urgente reivindicar el hacer colectivo y la defensa de los derechos humanos.
- octubre 3, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Disciplinar, castigar e invalidar. La política y el miedo, las pasiones y el ejercicio del poder, tienen una interrelación histórica profunda que moldea la vida en sociedad y condiciona las acciones individuales y colectivas. El conflicto y la conflictividad, entendidos como ejes articuladores insustituibles de la praxis política, encuentran con frecuencia en el miedo un potente motor de acción y de amedrentamiento. De este modo y en relación a los tiempos que corren, una pregunta de relevancia se asocia a pensar qué se oculta verdaderamente detrás del uso instrumental del temor en el seno de una sociedad democrática que, por definición, debería buscar fortalecer y ampliar un enfoque integral de derechos ciudadanos y derechos humanos.
Hace solo unos pocos días, el presidente Javier Milei y un séquito de incontinentes aduladores hostigaron públicamente a la periodista Maru Duffard –aquella a la que el propio presidente hace unos pocos años no pudo responderle de forma clara y contundente si creía o no en la democracia– debido al cariz de la entrevista que le realizó a Máximo Kirchner. Detrás de ese hostigamiento se esconde, a plena luz del día y a la vista de todos, un intento deliberado por disciplinar no únicamente la actividad periodística, sino las acciones de todo aquel que, desde cualquier ámbito, intente oponerse a las medidas, al estilo y al tipo de gobierno que lleva adelante Javier Milei. Dicho disciplinamiento se nutre de forma constante de la expectativa del miedo que genera la posibilidad inminente de convertirse en el próximo objeto de los ataques presidenciales y de la pandilla libertaria.
El disciplinamiento mediante el miedo a futuros ataques da lugar e intenta imponer una lógica que tiene en su núcleo una de las tantas formas de la antipolítica: el determinismo. Cuando se impone la idea de que existe una sola forma correcta de pensar, hacer y sentir la política, se clausura la política misma; se establece una determinación prefijada en la que no hay lugar para el debate, la deliberación ni la creatividad de la que muchas veces se nutren las acciones políticas. Nos encontramos así ante un camino sin opciones ni senderos que se bifurcan, donde la praxis colectiva solo debe seguir una línea preestablecida sin sobresaltos, contingencias ni cuestionamientos. Si cuestionar la política oficial equivale a cuestionar si la tierra es redonda, la política deja de ser el espacio común de la disputa para convertirse en una mera serie de instrucciones dogmáticas.
Frente a las lógicas disciplinadoras que buscan clausurar el horizonte de lo posible y restringir las capacidades de transformación democrática, la respuesta no debería ser el repliegue ni la apatía.
Esta ausencia de indeterminación vacía de sentido la idea de la política, dejándola como una herramienta sin posibilidad de afectar o transformar la realidad concreta de las sociedades donde no todo es igual ni debe serlo. Cuando determinados discursos presentan el pasado, presente y el futuro como el resultado necesario de una trayectoria ya definida, las decisiones y capacidades de intervención de los actores políticos y sociales pierden centralidad al perder capacidad de incidir en lo ya determinado. Estas narrativas pueden operar como mecanismos de construcción hegemónica al presentar una determinada interpretación de la realidad como natural, evidente o propia del sentido común. De este modo, aquello que es producto de decisiones, relaciones de poder y disputas políticas aparece como inevitable y ajeno a la posibilidad de ser cuestionado. De este modo, se busca instalar como sentido común la idea de que la política está predeterminada y es incuestionable, presentándola como una realidad exterior y ajena a la acción humana y, por lo tanto, como algo que no puede ser alterado ni transformado. Esta determinación que tiene al miedo como sustento busca a su vez la legitimación de su propio discurso. Una legitimación que, como en un círculo vicioso de escasas virtudes, se sostiene en otra determinación cerrada. En reiteradas ocasiones se ha escuchado la afirmación “no soy violento porque soy liberal”, una frase que descansa en una verdad autoproclamada por aquel mismo que busca legitimarse pero que también decreta de antemano qué es y qué no es la verdad. Esta acción deja de lado los hechos y la evidencia para centrarse en la autosuficiencia de un discurso que no acepta cuestionamientos y que determina de antemano lo que es, lo que puede ser y lo que será. Al anular el espacio para la contingencia y el conflicto como articulador democrático, la democracia se degrada en un camino de cara a la antipolítica.
Todo esto da lugar a otra pregunta, tal vez exagerada o tal vez no, que se asocia con pensar que si detrás del panic show de la destrucción libertaria hay antipolítica, ¿para qué sostener las instituciones y las prácticas políticas? ¿Para qué la democracia si todo ya está determinado antes de empezar? Los tiempos que vivimos parecen dar cuenta de una politización exacerbada que, sin embargo, en muchos casos contiene en su núcleo una lógica que puede contener el germen de la antipolítica. Se trata de dinámicas que recurren al miedo y al determinismo para desarticular el debate público y vaciar de contenido las nociones de derechos y derechos humanos, entre otras consecuencias. Frente a estas lógicas disciplinadoras que buscan clausurar el horizonte de lo posible y restringir las capacidades de transformación democrática, la respuesta no debería ser el repliegue ni la apatía.
Es precisamente en contextos de incertidumbre cuando resulta necesario reafirmar el compromiso con la defensa de los derechos, los derechos humanos y la democracia. Sostener la política no implica defender una mera estructura institucional vaciada de contenido, sino reivindicar la capacidad transformadora de una sociedad organizada para disputar sentidos, exigir igualdad, resguardar la dignidad humana y garantizar que la libertad no quede reducida a la imposición de los más poderosos.
La política constituye una herramienta colectiva fundamental para disputar el sentido del pasado, presente y futuro, desarticular las narrativas asentadas en el miedo y ampliar los horizontes de lo posible, fortaleciendo los vínculos sociales sobre la base del reconocimiento y la garantía de los derechos de todas las personas.
*Leonardo Kordon es docente e investigador de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). También dirige la Diplomatura Ciudadanías Digitales con enfoque en Derechos Humanos de la Universidad Nacional del Comahue.
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