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Betina González: “La literatura te enseña a vivir, es mentira que no sirve para nada”

En diálogo con 4Palabras la autora Betina González habla de su última novela Un amor sin futuro, y subraya la importancia de que cada época tenga sus propias novelas de amor, porque cada generación nueva necesita libros que te ayuden a pensar la época. Un intento de encontrar respuestas a la pregunta acerca de ¿por qué se siguen escribiendo cartas y poemas de amor?

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La persona de la imagen es la escritora argentina Betina González, quien aparece junto a la portada de su novela Un amor sin futuro, publicada por Tusquets Editores.

“A muchos les resulta imposible pensar en un amor «sin futuro», un amor que no termine en la tierra infértil de la familia”, declara la protagonista de la última novela de Betina González, autora de las novelas Arte menor, Las poseídas, América alucinada, Olimpia y los libros de ensayo La obligación de ser genial y Cómo convertirse en nadie, además de varias colecciones de cuentos.

Un amor sin futuro (Tusquets) narra la historia de amor entre una profesora de 49 años que lentamente cede ante el encantamiento de las declaraciones vía correo electrónico que le envía uno de sus alumnos, de 21. El vínculo encuentra a la palabra como el territorio común: ella da clases de escritura, él es un rapero talentoso.

Escrita en segunda persona, la novela avanza en un tiempo extraño, como si la escritura sucediera en vivo, con una voz que narra y cuestiona el hecho mismo de estar contando. Entre pasajes ensayísticos con citas a W. B. Yeats, a Friedrich Nietzsche, a Anne Dufourmantelle, a Platón, la protagonista reflexiona sobre la belleza en tiempos de Instagram, sobre el amor y el arte y también se rebela en contra del lugar de las “mujeres de cierta edad” en la sociedad, que solo les habla de la menopausia como si fuese el fin de la vida. “La literatura te enseña a vivir. Es mentira que no sirve para nada”, sostiene Betina González en conversación con 4Palabras. Así también su protagonista aprende y busca en sus lecturas cómo transitar ese romance inesperado.

Cierta oscuridad rodea a los personajes. La reciente pospandemia marca un clima en el que la tristeza y los problemas de salud mental son moneda corriente entre los estudiantes universitarios. “Su desesperanza es como una jalea negra que tiñe todo lo que hacen. No se parece en nada a tu período dark en los ochenta; no trae el glamour de Sid y Nancy, ni la desobediencia civil, ni el mingitorio de Duchamp, mucho menos una revolución. Él también lo va a decir en breve: el futuro ni siquiera es negro, es gris”, expresa la narradora. Frente al “no future” que parece dictar el mundo —no el del punk, sino el de la depresión— el amor sin futuro tal vez sea la semilla de una rebeldía.

 

¿Cómo es escribir una novela de amor en esta época? 

Cada época necesita novelas de amor. Por más que vos podés leer novelas magistrales como El amante de Marguerite Duras y vas a emocionarte y pensar un montón sobre qué es la vida y qué sentido tiene —de hecho, insto a todos los lectores a que vayan corriendo a leerla— cada generación nueva necesita libros que te ayuden a entender la época. Más que entender, a pensar, con la escritora o con el escritor, la época. Porque lo que propone una ficción es pensar, no te va a resolver nada. Pero sí, tal vez, la ficción va a hacer las preguntas que vos por ahí no te estabas haciendo y de repente las encontrás en el libro. Me lancé a escribir esa novela con esta justificación de que las palabras y las metáforas se gastan. ¿Por qué se siguen escribiendo cartas y poemas de amor? Porque necesitás encontrar siempre formas nuevas de decir lo que es enamorarse. Y, sobre todo, enamorarse en esta época en particular. Escribirlo fue difícil en el sentido de permitírmelo. Escribir una novela de amor es una de las tareas, para mí, más difíciles de una narradora porque parece que ya todo estuviera dicho. Hay muchísimos libros de amor o historias contadas en novelas o en cuentos. Después, en la escritura, no me resultó difícil porque estaba muy convencida de que iba a hacer algo diferente, no me interesaba escribir una crónica, no me interesaba escribir una de esas novelas de escena uno, escena dos, escena tres, escena cuatro. Para mí, iba a ser importante romper un poco con la linealidad de la forma de narrar o de la forma en que estamos acostumbrados a que nos cuenten historias hoy, que muchas de las novelas parecen escritas como crónicas. A mí no me interesa eso, yo creo que si escribís ficción tenés que hacer algo diferente con la forma. También tenía el proyecto de que, justamente, lo diferente que quería hacer era tratar de contar solo la parte del enamoramiento. Es decir, que la novela se centrara en qué pasa cuando dos personas se interpelan de tal manera que sus vidas cambian. Eso que hace la poesía en un poema, digamos, poder hacerlo en muchas páginas, tratar de que dure toda la novela.

 

Te escuché decir que vivimos en una época bastante hipócrita respecto del deseo, incluso dentro del ámbito más progresista. Todavía cuesta o se ve raro si una mujer sale con alguien más joven y siguen vigentes los estereotipos con los que la protagonista se pelea, aunque no puede dejar de tener internalizados. ¿Tuviste que esquivarlos para escribir esta historia?

No, esquivarlos no, había que mirarlos de frente. El otro día hablaba con una amiga que cumplió 49 años y me decía que se sentía estafada porque lo que ella sentía es que seguía teniendo 30, pero cuando iba a lugares le marcaban la edad. Sea desde el médico, irse a comprar ropa o al gimnasio, lo que sea, como que la empezaban a poner en otra categoría socialmente. Y eso es algo que le pasa, lo sabemos todas, a todas las minas que tenemos esa edad o más. Entonces te sentís un poco estafada. ¿Por qué esa necesidad de la sociedad de marcar como si ahí hubiera algo que se acaba o que no podés seguir siendo la misma persona? Y, sobre todo, pesa más sobre las mujeres que sobre los varones. Lanzarme a escribir esto tenía que ver con esa incomodidad, con darme cuenta de que, a pesar del feminismo y del progresismo y de que parece que está todo bien, que ahora no hay esos estigmas de la mujer de más de cierta edad, en realidad siguen estando.

 

En Un amor sin futuro, la profesora dice que “tensar la cuerda del yo” no es lo suyo y también cuenta un ejercicio de escritura autobiográfica que acuerdan entre los docentes para darle a los alumnos, aunque ella no lo practica. En cambio, les pide que inventen sus propios dioses, en relación con un cuento de Saki. En La obligación de ser genial afirmás que vivimos en una época con miedo a la imaginación. ¿A qué crees que se debe esa crisis de la imaginación?

Bueno, yo no soy socióloga. Puedo decir que hay una crisis o puedo darme cuenta de eso en función de los años que viví, porque ya viví bastantes años. Qué sé yo, cuando yo era chica, vivía en mi imaginación, como todos. En general, para que la imaginación suceda, tiene que haber un espacio que esté vacío. Si vos te la pasás consumiendo medios que tienen todos espacios ya densos y llenos de sentido, no hay mucho lugar para tu imaginación. Las redes no dejan ningún lugar, es todo material muy digerido. La crisis de la imaginación tiene que ver con eso. La lectura no puede ser reemplazada por otros formatos narrativos, en el caso de la narrativa. No es lo mismo ver una serie que leer un libro. Esto ya lo decía Ursula Le Guin cuando hablaba de la tele o del cine, porque lo que hace la tele o el cine es capturarte, te engulle, decía ella. Vos vas a ver una película para que te engullan, querés estar dentro de otra cosa, de otro mundo. En cambio, el libro lo que hace es que vos te lo tragás. Eso es muy hermoso. Te lo tenés que llevar a tu propio mundo y el libro necesita que vos te imagines con él. La película no, la película te da todo. Entonces, cuanto más consumo de medio audiovisual hay, menos trabajo de la imaginación día a día. Por supuesto que igual hay imaginación en la vida cotidiana. Para enamorarte de alguien, para cuando alguien te cae mal o te cae bien, seguro te estás imaginando que esa persona piensa a, b, c. Todo el tiempo estás ejercitando tu imaginación. Lo que pasa es que, al leer un libro, lo hacés de una manera mucho más sofisticada. 

 

En La obligación de ser genial también mencionás que hay cuentos que pensaste durante años. ¿Cómo transmitís esa idea de proceso en tus clases universitarias y en los talleres que das en una época que pide todo el tiempo de inmediatez?

Es lo más difícil, por eso ya no doy más talleres privados, solo enseño en las universidades en las que estoy. Ahí es diferente, porque lo que tiene la institución, la universidad, es que ya está el tiempo. Vas a dar un curso que dura un semestre y hay un programa y una progresión de ejercicios que te van a llevar a un resultado final, sea que la materia se aprueba con un cuento o lo que sea que se haga. Entonces, los alumnos en ese caso tienen que aceptar esa idea de proceso, porque están como metidos en un sistema que ya les está dando esa propuesta. No es como un taller privado donde sí se acerca gente que con mucha impaciencia quiere tener resultados ya. Donde más veo esa tendencia a no respetar los procesos en los alumnos es en la urgencia por publicar. Siempre existió, en una entrevista que leí de Bioy hablaba de eso, de que es mejor no publicar enseguida, y Cortázar también lo decía. Siempre se dijo lo mismo, pero ahora, como hay tanta inmediatez en nuestra vida, muchas generaciones están creciendo con el conteo de los likes y la idea de que saqué un poema, lo pongo ya en Instagram y veo qué pasa, tengo un feedback. Creen que es un fin en sí mismo la publicación. No, el fin es la escritura. La publicación no es imprescindible. Se puede ser escritor sin publicar. 

 

4Palabras

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