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“Hay que dejar el activismo y transformarse en organizadores de comunidad”

Raúl Gatica Bautista es referente del Consejo Indígena Popular de Oaxaca y debió exiliarse a Canadá tras sufrir torturas y la desaparición en una cárcel clandestina. En esta charla, analiza el rol de los trabajadores migrantes como nuevos sujetos de transformación social. Cómo enfrentar el avance de las ultraderechas y los discursos de odio. Propone una agenda global que rompa con la caridad y apueste a recuperar la idea de la solidaridad y la ayuda mutua.

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Imagen ilustrativa de Raúl Gatica

Cuando me enteré que el 24 de marzo era el aniversario de los 50 años del golpe, me dije: “Puta, yo quiero verlo, quiero sentir estas cosas”. En Canadá no estás acostumbrado a las grandes movilizaciones. Los migrantes somos de las organizaciones que juntan más gente, somos creativos, nos disfrazamos de calabazas, de tomates. Pero hay 60, 100 gentes y es un éxito. 

Así que quería estar el 24, ver qué respuesta había de la sociedad.  Ya cuando fui a la marcha, quedé muy entusiasmado por la energía. Nada más faltaba el perico: estaba el papá, la mamá, la señora embarazada, los jóvenes pequeñitos, familias enteras. Mujeres, muchas mujeres. Un señor con su hijo en andas me recordó mucho cuando iba con mis pequeños aquí al cuello. Gente cantando, ánimo festivo. No pude llegar hasta Plaza de Mayo después de dos horas de ir caminando, pero me alimentó mucho. Milei debería de preocuparse, porque son bastantes “zurdos de mierda” –como dice él— los que hay en la Argentina. 

Estas cosas me tocan hondo. Soy un hombre viejo que pasó por todas estas, y ver una pelea por los desaparecidos me llena porque me tocó ser uno de esos. Había mucha gente preguntando: ¿Dónde están? Me dio mucho gusto, porque no hay que dejar de preguntar. 

 

***

 

Quien habla es Raúl Gatica Bautista, defensor de los derechos de las comunidades originarias de México, escritor galardonado, maestro de primaria, dirigente sindical, profesor investigador, integrante del Consejo Índigena Popular de Oaxaca que llegó a crear una gestión autonómica de su comunidad. Fue perseguido, torturado, estuvo detenido desaparecido en una cárcel clandestina a finales de los noventa. Debió exiliarse en Vancouver, Canadá, donde ayudó a fundar la organización Dignidad Migrante. Por esta tarea, el Parlamento Canadiense le otorgó la Medalla David Stuart, y también recibió la Medalla Queen Elizabeth del Gobernador General de Canadá. 

Nació en 1963 en la comunidad mixteca de San Miguelito en Tlaxiaco, Oaxaca. ​Ganó la beca nacional del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para escritores indígenas en cuento. También fue galardonado por sus poesías. Destinó el dinero de sus premios literarios a liberar presos indígenas y sostener a organizaciones comunitarias. Participó en campañas para preservar los ecosistemas de Oaxaca y para resistir la implementación de la siembra transgénica. Impulsó la creación de comunidades autogestivas y con participación indígena. Sufrió intentos de asesinato, detenciones, agresiones de los estados provinciales, la policía y grupos paramilitares. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió medidas cautelares al gobierno de México por este caso.

En su primera visita a la Argentina, después de la marcha del 24 de marzo, se sienta a dialogar con 4Palabras en el bar restaurante La Pascana: quería conocer una experiencia de empresa recuperada.

 

¿Cuál es su mirada acerca de la situación general de las migraciones? Cuando son políticas, muchas veces tienen cierto nivel de visibilización, pero cuando son sociales o económicas son escondidas o estigmatizadas.

Cuando llegué a Canadá en 2005, no hablaba inglés. Así que trabajé en lugares donde no se necesita el inglés: limpieza, lavaplatos, en los campos. Conocí a miles de trabajadores, mexicanos, guatemaltecos, caribeños. Los encontré en el campo y vi las condiciones tan terribles en las que vivían, trabajando 12, 14 horas sin descanso, esclavizados en una vivienda donde estaban amontonados, cocinas deplorables.

Dije: hay que organizarse. Surco por surco, línea por línea, ahí entrecortando las manzanas y los duraznos, hablábamos con los compañeros que tenían un gran miedo a perder el trabajo. Recordé a Espartaco, cuando los esclavos dicen: “Ya no tenemos nada que perder más que nuestras cadenas”. Y se dice que la gente que está más cercana a rebelarse es la gente que no tiene nada que perder. 

Los trabajadores migrantes son –en esta etapa del capitalismo– de los pocos sectores que no tienen nada que perder: son desechables, no tienen a su lado el trabajo, están en otro país, viven en total precariedad, no hay nadie que se preocupe por ellos. Lo único que tenemos que perder son las cadenas. Y es un fenómeno mundial. Creo que la migración va a ser un actor importante en este siglo de fenómenos de transformación social. Nada más que hoy es un movimiento muy disperso, no hay articulaciones nacionales o internacionales.

Parte del crecimiento de las ultraderechas está ligado al odio al migrante. ¿Hay forma de que se reviertan esos discursos de violencia y expulsión del otro? 

Hay grandes elementos que nos permiten ver que sí podemos derrotar a la derecha. Pero es importante decir que hay que derrotar a la derecha más que solo a su discurso racista o xenófobo, porque esa narrativa es una de las muchas cosas que la derecha promueve, contra los migrantes, contra ti o contra otros. 

Ese discurso parte del miedo pero también de la necesidad. Es una narrativa hipócrita porque la derecha –que en su mayoría está impulsada por empresarios, inversionistas transnacionales– requiere esa fuerza de trabajo de los migrantes y no quiere que estén documentados. Así disfrazan la necesidad de trabajadores precarios y baratos, que dependan siempre de ellos y que no puedan disputarles nada. Ese discurso es lo que les permite eso. 

¿Por qué? 

Por ejemplo, desde Dignidad Migrante apretamos fuerte en Canadá y logramos cambiar dos leyes. Un mecanismo de emergencia para los trabajadores que sufren abuso; y se creó por primera vez el permiso de trabajo abierto para trabajadores vulnerables. Esto existió a partir de junio de 2019 gracias a la pelea que dimos con un grupo de compañeras guatemaltecas. Luego, durante la pandemia, hubo un gran discurso a favor de los migrantes, porque todos los canadienses se fueron a esconder. ¿Quién hacía la limpieza? ¿Quién trabajaba en la construcción? ¿Quién cuidaba a los viejitos? ¿Quién trabajaba en el campo? Éramos nosotros, los trabajadores migrantes. Pero después nos pasaron de la categoría de héroes a la de villanos, ahora dicen que les estamos quitando el trabajo a los jóvenes. Y eso no es verdad, aunque hasta la gente progre había agarrado ese discurso. Pero esa narrativa de odio es la justificación, es la máscara, para garantizar que sigan teniendo trabajadores precarios, indocumentados, sin derechos. Para seguir explotando y esclavizando. Por eso tenemos que derrotar a la derecha.

“Los trabajadores se tienen que unir y organizar en proyectos comunitarios, específicos, concretos. No hay que volverse activistas sino organizadores comunitarios. Se trata de juntarse bajo la consigna de que la defensa de todos es la protección de cada uno. Los trabajadores migrantes debemos generar un gran movimiento –no solo de migrantes– que luche por la justicia y por la igualdad de todos”.

Recién dijo que “tenemos que derrotar”, pero al principio dijo que “vamos a derrotar”. ¿Por qué y cómo “vamos a derrotar”? 

No hay recetas, pero hay ideas. 

¿Pero dónde radica tu esperanza? 

Hay guías que nos pueden decir hacia dónde vamos. Los trabajadores se tienen que unir y organizar en proyectos comunitarios, específicos, concretos. No hay que volverse activistas sino organizadores comunitarios. Se trata de juntarse bajo la consigna de que la defensa de todos es la protección de cada uno. Los trabajadores migrantes debemos generar un gran movimiento –no solo de migrantes– que luche por la justicia y por la igualdad de todos. Muchos se olvidan de que la gran mayoría en Canadá fueron migrantes, hasta los que nos odian fueron migrantes. Debemos realizar acciones que los lleven a avergonzarse de su actitud. Pero hay que trascender la lástima con la que nos miran, la compasión, ese nivel de la caridad. Se olvidó la idea de la solidaridad, de la ayuda mutua. Tenemos que recuperar esa narrativa, probarla en los hechos. Pero también hay que armar una agenda global de los trabajadores migrantes. Hay muchos puntos en común.

¿Cuáles? 

La legalización de los indocumentados. Derechos para todos, no solo para los que están legales sino también para los otros. Debemos armar una agenda global que permita articular los distintos movimientos de migrantes, no importa en el lugar que estén y aunque no se conozcan. Debemos romper el yugo de la institucionalidad.

¿En qué sentido? 

Existen instituciones como la ACNUR o la Organización Internacional de las Migraciones y un montón de aparatos siguen las modas y las necesidades de los estados. Ahora hay que atender a quienes les fue mal con la pandemia; ahora hay que atender a quienes les fue mal en la guerra… Son acciones de respuesta, nunca fondo. Debemos romper esa lógica y llevar proyectos de los propios migrantes. Preguntarnos qué es lo que los migrantes quieren y hacerlos partícipes. Crear esta agenda es hacer que la lucha de los migrantes sea colectiva, no una lucha solo individual por ser residente, por tener ciudadanía, etc. 

En su momento hubo una lucha muy fuerte para lograr su aparición cuando estaba en una cárcel clandestina. Ahora hay una campaña para lograr su regreso a México. ¿Hay posibilidades de que se concrete? 

Tengo una gratitud muy grande por mis compañeros del Consejo Indígena, que no han dejado de que mi nombre aparezca en las paredes, en los medios, en las protestas. Que siguen con la demanda de mi regreso después de 20 años. Voy a regresar. Y espero hacerlo para ser lo que fui: profesor, dando clases en la escuela. Pero quiero regresar si logran cumplirse algunas condiciones.

¿Qué condiciones?

Primero, garantías de no repetición. ¿Cómo me van a garantizar que no me van a volver a detener, a desaparecer, a torturar, a encarcelar? Cuando tenía 25, 30 años y me golpeaban, pues aguantaba. Pero ahorita tengo 62 y no es lo mismo. Segundo, le propusimos al gobernador que ellos me deben 20 años de salario, que es una buena cantidad porque yo era un profesor investigador que tenía un salario alto. Propuse que ese fondo se utilice para crear un mecanismo para la reparación del daño de todas las víctimas. Es decir, hay esposas, hijos, descendientes de nuestra gente que mataron, que desaparecieron y que merece que también se les mire. No lo estoy pidiendo para mí. Estoy diciendo: yo estoy dispuesto a aportar incluso lo que es mi salario, ustedes pongan su parte. 

¿Qué respuestas recibió?

Desde la gobernación dicen que siguen analizándolo, revisándolo y no hay respuesta. Seguiré insistiendo en estas demandas. No tengo propiedades, no tengo bienes. La Comisión Nacional de Derechos Humanos obligó al gobierno a darme una indemnización. Y les dije: “No quiero dinero, quiero una casa, dos concesiones de taxi y dos camionetas”. Me dijeron: “¿Por qué quieres eso?”. La casa fue para que se cree la sede del Consejo Indígena. Los taxis para que la organización pueda mantenerse autónomamente. Y los vehículos para que las comunidades se puedan transportar para las actividades. Luego, cuando ganamos la demanda de las compañeras de Guatemala, había 300 mil dólares para quien había llevado adelante este caso. Con todo ese dinero vamos a abrir la Casa de los Migrantes en Guatemala. Me moriré sin nada. Le he dicho a mis amigos que cuando me muera busquen una institución médica o de investigación científica donde todavía mi cuerpo pueda servir y que lo usen. Me quiero morir siendo útil hasta lo último. 

4Palabras

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