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El herborista alucinado: Fernando Krapp y la búsqueda de lo inefable 

“¿Existe en la Argentina un resurgir del interés por los psicodélicos?” Con esa pregunta como motor, el escritor, periodista y cineasta Fernando Krapp empezó una búsqueda que dio por resultado el libro El herborista alucinado, una de las últimas adiciones a la joven colección de no ficción de editorial Marciana, que incluye títulos de Ariana Harwicz y Romina Paula.

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Imagen ilustrativa de Fernando Krapp

El tema de los hongos y los psicodélicos parece estar en el aire, a juzgar por la abundancia de publicaciones en los últimos años. Entre ellas, El viaje interior de Guillermo Giucci (Fondo de Cultura Económica), Vida de María Sabina de Álvaro Estrada (Siglo XXI), El reino. Vida y obra de hongos y humanos de Eugenia López (El Gato y la caja) o El planeta de los hongos del periodista Naief Yehya (Anagrama). También, ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD (Ariel- Notanpuan), que Krapp escribió junto a Damián Huergo en 2023. 

En coincidencia con el desarrollo de la investigación para ese libro fue que surgió el germen de El herborista alucinado, que puede leerse como una suerte de continuación o lado “B”, aunque en una tónica muy diferente. Se trata de una crónica que narra -con rigor y sin caer en un confesionario cliché- experiencias en primera persona con sustancias y rituales como psilocibina, ayahuasca, DMT, temazcal y LSD.

“Yo no quería contar los hechos puros y duros en relación a mis experiencias con los psicodélicos, sino eso que bordea, todo lo que aparece alrededor de la experiencia en sí, que me parece más interesante. La proliferación de interpretaciones, la indagación que tiene que ver con este mundo de la neurociencia, el pasado vinculado al psicoanálisis, los psiconautas, los escritores”, cuenta Krapp en conversación con 4Palabras.

Mencionás en el propio libro que te incomodaba usar la primera persona. ¿Cómo lo trabajaste?

Siempre hice periodismo cultural, en Una isla artificial, ¡Viva la Pepa! y también en el libro sobre [Martín] Rejtman, siempre traté de que mi experiencia o mi presencia en los hechos que estaba planteando pasara lo más desapercibida posible, digamos. Siempre intenté ese tipo de crónica o de relato que fuese, entre comillas, objetivo (que no lo es). Me pasaba que para contar las experiencias con psicodélicos tenía que acudir sí o sí a una primera persona y mi miedo era caer en cierta autorreferencialidad que está muy vinculada a la literatura del yo. No quería que fuese ese tipo de construcción ficcional. No es que no me gusta, sino que no me saldría, aunque tampoco soy un gran lector de la literatura del yo. Entonces busqué una forma que fuese como más, si se quiere, detectivesca, sobre todo en la primera parte que es la parte de la búsqueda de los psicodélicos acá en Buenos Aires. Eso me facilitaba esta cosa de acercarme a un tema que se supone muy estricto y muy científico, al menos como se aborda hoy en día el mundo de los psicodélicos vinculados con las neurociencias, desde un lugar más pedestre y menos de conocimiento. Y ya el viaje a México sí ya es una cosa mucho más personal, es un diario casi.

Tu libro no es para nada “apologético”, sino que permite al lector sacar sus conclusiones. ¿Te preocupaba controlar ese tono?

No soy un defensor ni dejo de serlo, mi acercamiento fue el de un curioso. Y, al mismo tiempo, mi pregunta era si había un resurgir de los psicodélicos en Argentina. Veía que no era algo organizado, sino que era una especie de pueblo chico, hay unos acá, otros allá. Es algo mucho más abierto. Están todos ahí mirándose entre ellos y ninguno tiene ningún tipo de expectativa de que esto se legalice, que pase a otro estado o de que haya algún tipo de cambio social. Al contrario, me dio más la sensación de que cada uno estaba cuidando su quinta. Muy distinto al trabajo fenomenal que hizo la gente de Mesa Verde en Rosario, una cosa increíble y completamente alocada. Traer ayahuasca, hacer sesiones cada 15 días, un libro, su propio protocolo. Eso sí me parece mucho más arriesgado que mucha de la gente con la que yo traté, que no da la sensación de que estén haciendo ningún tipo de revolución. A diferencia también de lo que fue, por ejemplo, Mamá cultiva y el trabajo con el cannabis de los movimientos sociales donde realmente se logró un cambio a nivel social. 

Cuando te preguntan acerca de tu propósito, tu respuesta está asociada con la escritura. ¿Cómo trabajaste la descripción de aquello que no se puede describir, que escapa a la lógica?

Mucha gente con la que yo hablé decía que el trabajo con psicodélicos supone un cambio de vida y a mí eso no me pasó. Mi propósito era justamente el de tratar de encontrar algún tipo de nudo con la escritura, que es la experiencia y la palabra. Me parecía que las distintas plantas, por lo menos con las que yo experimenté, tienen una forma de relato. La psilocibina tiene esta forma más novelística de un desarrollo, un nudo, un conflicto, hay un viaje más extenso donde las imágenes se van como concatenando y tu visión de tu experiencia, de tu historia va cobrando cierto sentido. Hay momentos de alegría, hay momentos de miedo, como que vas atravesando todas esas etapas que son muy emocionales, pero me da la sensación de que hay una estructura. Después, si pensás en el DMT, este otro psicodélico que es un poco más potente, es casi un cuento, te sube y al toque te baja y son 20 minutos. Como estructura de relato, uno después, con el tiempo, cuando integra, echa a mano esas cosas. Pero sí es cierto que la experiencia en sí es inefable. Incluso a veces tratás de no entenderla, de no encasillarla de entrada en algún tipo de lectura que hacemos con el lenguaje. Ahí se abre toda una especie de mesa de discusión alrededor de si el lenguaje no es lo que, de alguna manera, construye ese tipo de imágenes o son imágenes que serían anteriores al lenguaje.

Planteás el vínculo de los psicodélicos con la terapéutica, pero también otra rama fuerte es la espiritualidad. En ese sentido, me interesa una idea que citás de Guillermo Giucci, que ve este renacer como una “transgresión conservadora”. 

Mucha gente que se dedica a este tipo de ceremonias, a este tipo de prácticas vinculadas a los psicodélicos, tienen estas dos facetas. Por un lado, está la facilitadora o el facilitador que quizás tiene una experiencia en la psiconáutica y que hizo prácticas en el Amazonas, por ejemplo, y al lado tiene un psiquiatra. Entonces, el psiquiatra da algún tipo de autoridad de tipo científico, que es lo que necesitamos hoy en día como para tener estas experiencias. Las formas en las que vos ingresás a este tipo de psicodélicos pareciera ser que están habilitadas por personas que vienen con la ciencia. Entonces, el uso recreativo que fue más típico de la década del ’60, que de alguna manera tuvo un impacto social muy grande, por ejemplo, el uso del LSD en Estados Unidos, que generó un montón de movimientos artísticos y un montón de malos viajes, hoy en día pareciera no tener lugar en este grupo de gente más vinculada al trabajo de las neurociencias y de los saberes originarios según como los interpretan ellos. Toda esta cosa que se está dando ahora sí tiene algo más de tipo conservador, porque no se democratiza el uso de la droga desde su discurso, sino que hay distintas pautas, hay un escaneo previo. Entonces, cuando encontré esa definición de Guillermo me pareció genial, porque de alguna manera yo lo intuía entrevistando a toda esta gente y no lograba entender bien qué era lo que me pasaba y era eso. Es una especie de neochamanismo, que un poco tiene que ver con el tipo de sociedad en la que estamos viviendo, que para tener una experiencia espiritual hay que hacerlo con determinadas pautas. Estamos yendo hacia un tipo de sociedad que es muy conservadora, en ese sentido.

Imagen ilustrativa de Fernando Krapp

En el libro que escribiste junto a Damián Huergo, ¡Viva la pepa! consiguieron situar muy bien la ebullición de la Buenos Aires de los ’60. ¿Qué sobrevive de esa Buenos Aires?

Buenos Aires es una ciudad muy intensa. Y la clínica de Fontana y la de Pérez Morales estuvieron en cierto modo en el centro de la creación artística de la época, el Di Tella, la publicidad, el psicodrama. Mucha gente del cine iba. Siempre la práctica artística está como un poco tratando de explorar esas otras terapéuticas. Me parece que Buenos Aires mantiene todavía su propio vínculo con los psicodélicos a su manera. 

¿Por qué sustancias como el LSD están rankeadas en el primer lugar de peligrosidad, después de la “guerra contra las drogas”?

Yo puedo estar el resto de mi vida sin volver a tomar un psicodélico, la verdad. En cambio, por ejemplo, la cocaína sí produce una alteración que es muy altamente adictiva. Lo que pasó cuando Nixon armó esa lista en la guerra contra las drogas es porque el LSD en su momento generaba mucho sentimiento de comunidad y por eso era muy permeable en el imaginario conservador de la época que se infiltrara el comunismo. Lo que tiene el LSD de interesante es que es una droga que se usó en partes iguales tanto para expandir la conciencia o generar algún tipo de bien terapéutico como para el control, porque la CIA, cuando aparece el LSD, después de las primeras conferencias que dan Osmond y Hoffman, rápidamente se lo acaparó y lo empezó a usar como droga para interrogatorios. Se creía que era una especie de desinhibidor porque hacía que la gente confesara. De hecho, en un momento hasta se planearon armar bombas para rociar con LSD pueblos enteros en la época de la Guerra Fría. Entonces, las drogas tienen esa dualidad. La ayahuasca también, la cocaína, ni hablar. Entonces, el mayor miedo que se tenía en la época y por eso las pusieron como primeras en el índice de peligrosidad, tenía que ver con que se las usó un poco como chivo expiatorio para combatir movimientos como el feminismo, el Black Power y demás.

Tu película El amo del jardín sobre Yasuo Inomata, el paisajista que diseñó el Jardín Japonés, fue el documental con más espectadores de 2025. ¿Qué factores te parece que ayudaron a que eso pasara?

Me parece que la película tocó una fibra local. Es un personaje muy entrañable Inomata. Es una historia de una persona mayor que sufrió algunos embates, digamos, de la historia argentina, le cambiaron el diseño de su jardín y hubo todo un conflicto alrededor del Jardín Japonés. Y también hay interés porteño por lo que es Japón. Creo que en ese sentido, despertó interés en el público y se pudo sostener en salas cuatro meses, que no es algo fácil, los documentales duran un mes. Ahora estoy con otra película como guionista que ya está hace mil años que es LS83 y todavía está en sala y se llena y vos decís ¿qué pasó? Pero a veces pasa que un documental arma su nicho y sus espectadores. La gente que vio la película me criticaba quizás la estructura narrativa o la forma en la que yo elegí para contarlo, pero se quedaban con la idea de que es una persona mayor, entonces se identificaban mucho con sus propios abuelos, padres, había ahí un vínculo emocional que se armaba que me parece que funcionó bien en el boca en boca.

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