Bajen el volumen
Entre pantallas, parlantes y algoritmos compartidos a la fuerza, la intimidad del otro se nos impone por altavoz. Recuperar los tiempos de contemplación es un acto de resistencia política.
- marzo 12, 2026
- Lectura: 5 minutos
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Espero, con el número en la mano, que me atiendan en la farmacia. Los empleados van y vienen, sugieren medicamentos, miran recetas, escanean códigos de barra. Los clientes nos acumulamos y llenamos el local. Algunos miran sus pantallas personales en silencio. Una clienta entra con el celular a todo volumen. En menos de unos segundos, irrumpe la voz en cada una de nuestras cabezas. Me violenta cada vez que esto sucede. Me saca de quicio porque me saca de mí.
Ya no hay tiempo de divagar en los pensamientos propios. No hay modo de observar lo que nos rodea, ni de detenerse. Si por ejercicio de voluntad soltamos el celular, el de otro se nos impone violentamente.
En las playas, cada uno lleva su parlante, pone la música que quiere escuchar a toda máquina, algunos bailan al compás, otros gritan sobre los temas para escucharse mejor. Lejos queda el sonido del mar, las olas rompiendo, la espuma retenida en la arena. Tal vez en unos años paguemos por silencio.
En la cola del supermercado, en los recreos de la escuela, en los tiempos infinitos de espera de los bancos, en las veredas, en las plazas, todos escuchan en altavoz mensajes de whatsapp, reels, listas de spotify. Nos obligan a entrar en sus intimidades, en sus gustos personales, en sus algoritmos.
En la película Wall-E, un robot descubre una planta aérea habitada por seres humanos dominados por la tecnología. Gran parte de ellos son sedentarios, flotan en sillones voladores y solo miran y charlan con las pantallas que tienen frente a sus ojos. No perciben nada de lo que sucede alrededor.
“El futuro llegó hace rato”, cantan los Redonditos de Ricota. Fascinados por los monopatines eléctricos, superadores de la actividad física de impulsarse con el pie, acá estamos apretando un botón o girando el acelerador del manubrio para recorrer la ciudad. Son eléctricos. Son silenciosos. No generan polución. No hacemos actividad física. Los más osados miran el celular mientras recorren las calles.
Tampoco hacemos silencio. No lo soportamos casi. En una reunión cualquiera, cena, cumpleaños, mateada, siempre alguno desenfunda el celular. Muestra fotos o reels, escucha un audio de whatsapp. Pero no lo hace solo. Involucra a todos los están a su alrededor. El magnetismo de las pantallas funciona. Si no funciona, mejor hacer una selfie para que muestre su magia y todos queden entrampados.
En un contexto apabullante, puro ruido, no se distingue el sentido de nada. Porque para que haya sentido debe haber sonido. Y claramente no es lo mismo que el ruido. Quizás tanto ruido sea la manera de poner sobre la mesa el sinsentido de todo lo que sucede y no comprendemos. Quizás la rebelión sea detenerse, hacer silencio, observar. Un poco para no terminar diciendo lo que los poderes de turno pretenden de nosotros: que la vida no vale la pena, que todo es un horror, que no queda nada por hacer, que mejor cambiar el celular por uno más actual como único proyecto de vida.
Detenerse. Hacer silencio. A la manera de la protagonista de “Tanta mansedumbre”: “Soy una mujer, soy una persona, soy una atención, soy un cuerpo mirando por la ventana”. Pero cada vez nos cuesta más prestar atención. Cada vez nos concentramos menos y saltamos de una cosa a la otra. El mundo se vuelve pura fragmentación. Y no hay modo de dar sentido cuando solo hay fragmentos.
Prestar atención. Hacer silencio. “Tal vez sea eso lo que se podría llamar estar vivo. No es más que esto, sino esto: vivo”, dice la protagonista del cuento de Clarice Lispector.
Tenemos derecho al silencio y también a la contemplación del mundo que nos rodea. Tenemos derecho a las horas fuera de la productividad extrema, a no hacer nada, a dejar pasar los minutos sin producir. Tenemos derecho a contemplar la naturaleza, a otros que van y vienen, a los que sucede a nuestro alrededor. Tenemos derecho a no usar el celular frenéticamente, aunque nos cueste, lo hagamos, nos lo exijan desde el trabajo, el grupo de amigos, la familia. Esta también es una posición política. Es salirse del entramado en el que fuimos extraviados desde la pandemia al menos.
“Debo escuchar a los pájaros. Pero para escuchar a los pájaros hace falta que cese el bombardeo”, escribió el poeta palestino Marwan Makhoul.
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