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La urgencia del abrazo: 49 años de Abuelas de Plaza de Mayo

En el Día Nacional del Derecho a la Identidad, Belén Altamiranda Taranto y Adriana Metz, referentes de las filiales de Córdoba y Mar del Plata, reflexionan ante 4Palabras acerca del desafío de tomar la posta generacional, resistir los embates de la ultraderecha y mantener viva una búsqueda que ya restituyó a 140 nietas y nietos, pero que aún persigue la verdad para más de 300 jóvenes apropiados.

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Abuelas 49 años

Un pañuelo blanco, una marcha en la plaza desafiando al terror, una llamada telefónica que quiebra décadas de silencio, la restitución de una historia robada. Son gestos que condensan medio siglo de lucha. Aquella historia que nació en 1977, primero bajo el nombre desesperado de Abuelas Argentinas de Nietitos Nacidos en Cautiverio, cumple hoy 49 años. Aquel objetivo primario y urgente –encontrar a las hijas e hijos de sus propios hijos secuestrados– se transformó en Abuelas de Plaza de Mayo, el signo de la búsqueda compartida. 

Nada las detuvo. Atravesaron la dictadura, vencieron las complicidades judiciales, derribaron el sentido común que intentaba naturalizar la apropiación como un “acto de amor” y crearon herramientas científicas e institucionales donde solo había desamparo. Ya lograron resolver la identidad de 140 nietas y nietos. Pero las cifras del dolor y la justicia también siguen abierta: se continúa luchando para abrazar a más de 300 jóvenes —hoy adultos— apropiados durante el terrorismo de Estado.

Frente al paso del tiempo, el traspaso generacional dejó de ser una hipótesis de futuro para convertirse en una tarea cotidiana. Nietos restituidos, hermanos que buscan y tías que se suman sostienen hoy la estructura de la institución conducida por las abuelas Estela Carlotto y Buscarita Roa. 

En este nuevo Día Nacional del Derecho a la Identidad, dos de sus referentes regionales –Belén Altamiranda Taranto, titular de la filial Córdoba, y Adriana Metz, al frente de la filial Mar del Plata– dialogan con 4Palabras acerca de este presente complejo, marcado por el desafío de sostener el legado histórico en medio de una coyuntura política adversa.

La búsqueda de Abuelas no pertenece al pasado ni habita únicamente los libros de historia; permanece como una herida abierta y una tarea democrática inconclusa.

Belén Altamiranda Taranto nació en junio de 1977 durante el cautiverio de su madre, Rosa Luján Taranto, quien había sido secuestrada embarazada de siete meses junto a su compañero, Horacio Antonio Altamiranda, en Florencio Varela. Ambos pasaron por el centro clandestino El Vesubio. Rosa dio a luz en el Hospital Militar de Campo de Mayo mediante una cesárea y fue devuelta al sitio de exterminio, donde logró relatarle a otra prisionera que había tenido una niña. Belén restituyó su identidad en 2007. Luego de la partida de la histórica abuela Sonia Torres, asumió la titularidad de la filial cordobesa en 2023. “Las Abuelas fueron tan sabias que este traspaso generacional se fue dando de forma paulatina con la incorporación de nietos y hermanos. Se siente como una doble orfandad cuando se van las abuelas, pero estamos muy seguros y unidos para continuar”, señala.

El trabajo cotidiano no está exento de dificultades financieras e institucionales, en un esquema donde el sostenimiento de la búsqueda recae en el esfuerzo militante, la sociedad civil y el apoyo de municipios y de algunos gobiernos provinciales como el de Buenos Aires y Córdoba. “Los nietos somos el resultado de esta búsqueda. Y si ellas pudieron en plena incertidumbre, nosotras tenemos que seguir. Un desafío claro es ir a las escuelas y a las universidades para hablar del derecho a la identidad, sobre todo con los jóvenes, para que entiendan lo que es vivir bajo el terrorismo de Estado», remarca Belén.

El trabajo de memoria en Córdoba tuvo de modo reciente un impacto muy fuerte con la identificación de los restos de personas desaparecidas en los predios del ex centro clandestino La Perla. “Es la certeza de que fueron asesinados y de que los quisieron hacer desaparecer dos veces, pero también es la certeza de que renacen, de que se les devuelve una identidad y de que las familias pueden hacer su duelo. Esto fue posible gracias a años de juicios, testimonios de sobrevivientes y trabajo colectivo. Recordar no solo es un acto de memoria, es un acto de vida”, dice Altamiranda.

La historia de Adriana Metz está ligada a la resistencia en la costa bonaerense. Nació en Bahía Blanca en 1975. En diciembre de 1976, sus padres, Raúl Metz y Graciela Romero, fueron secuestrados. Adriana fue entregada a sus abuelos paternos y creció en Mar del Plata. Luego de décadas de búsqueda y militancia, logró encontrar a su hermano en julio de 2025. Fue el caso 140. Desde hace unos años encabeza la filial marplatense de Abuelas.

“En 2012 se me hizo un clic y entendí que no podía esperar en mi casa a que las Abuelas me llamaran para decirme que habían encontrado a mi hermano. En una asamblea me crucé a Estela Carlotto y le dije: ‘Gracias por enseñarnos a luchar’. Ella me respondió: ‘Gracias a vos por aprender y quedarte’. Desde ese momento pude asumir lo que me toca hoy. Aprendimos con las mejores”, recuerda.

Frente a la circulación de narrativas que intentan desmantelar el consenso democrático construido desde 1983, Metz sostiene que la respuesta de la institución no pasa por la resignación, sino por el ejercicio de la pedagogía política y el rigor judicial. “Las herramientas que más utilizamos son la paciencia y la perseverancia. La paciencia para tomarnos el tiempo necesario para volver a contar, volver a explicar y decir qué fue lo que pasó en nuestro país. La perseverancia para seguir golpeando puertas. El aval de todo lo que decimos está demostrado en sentencias, en juicios kilométricos, en expedientes y en testimonios. Si las Abuelas lo pudieron llevar adelante durante la dictadura, cómo no vamos a poder hacerlo nosotros con todas las herramientas de la democracia y con todos los instrumentos que las Abuelas nos dieron”, reflexiona.

A más de 50 años del último golpe de Estado, la apropiación de bebés revela su dimensión transgeneracional: la identidad falseada de un nieto o nieta se transmite a sus propios hijos, multiplicando la cadena de la duda. Por eso, la búsqueda de Abuelas no pertenece al pasado ni habita únicamente los libros de historia; permanece como una herida abierta y una tarea democrática inconclusa. Como sintetizan Belén Altamiranda Taranto y Adriana Metz desde sus filiales, la batalla cultural contra el olvido se gana en el aula, en la calle y en la construcción cotidiana de la empatía y el hacer compartido: la búsqueda recién concluirá cuando el último nieto y la última nieta sepan verdaderamente quiénes son.

 

4Palabras

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