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24 de Marzo: murmullos que persisten

La memoria como clima, no como archivo. Lo reprimido no desaparece, retorna. El olvido también puede ser una defensa. El trauma es lo que no logra inscribirse del todo en la experiencia. Lo difícil no es recordar, sino hacer algo con eso. Cuando una experiencia se pone en palabras, el recuerdo cambia un poco de forma. Cuando los recuerdos son nombrados comienzan a encontrar un espacio en el presente. El 24 de marzo como ritual y sesión colectiva.

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Imagen ilustrativa del 24 de marzo.

El hombre está sentado en el borde de la cama. Tiene cerca de setenta años y se despierta antes de que suene el despertador. Afuera todavía es de noche. Se queda unos segundos mirando la pared.

El calendario dice 24 de marzo.

No piensa nada en particular. Pero algo en su cuerpo cambia. La respiración se vuelve más corta. Una inquietud leve, difícil de nombrar.

Muchos años atrás, cuando hacía terapia, encontró una palabra para eso: memoria.

No la memoria como archivo. Sino, la memoria como clima.

Como cuando baja la presión antes de que llueva. Como esos silencios que anuncian las tormentas.

El Golpe de Estado en la Argentina de 1976 le vuelve un poco así. Como regresan los sueños: deformados, insistentes, incompletos. A veces creemos recordar un hecho y en realidad recordamos la forma en que ese acontecimiento siguió vibrando dentro de nosotros.

 

Otra escena

Una chica de veintidós camina con sus amigos hacia la plaza donde empieza a crecer la marcha. No conoció la dictadura. Tampoco la crisis de 2001.

Sin embargo, cada Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia siente una responsabilidad extraña, íntima, difícil de explicar.

Como decía Sigmund Freud, lo reprimido no desaparece; retorna.
Los traumas colectivos funcionan así. No siempre se transmiten los hechos. A veces circulan otras cosas, gestos incómodos, frases que se cortan en la mesa familiar, miradas que indican que hay algo que conviene no seguir preguntando.

El psicoanalista francés René Kaës llamó a eso “alianzas inconscientes”, pactos invisibles que organizan qué puede recordarse y qué queda afuera.

 

Una última escena

Un hombre de unos cincuenta y cinco cambia de canal cuando en la televisión aparecen los archivos en blanco y negro. Dice que ya está grande para escuchar siempre lo mismo.

Pero sabe que no es exactamente eso.

Alguna vez en su infancia escuchó palabras en voz baja: “desaparecidos”, “operativo independencia”, “listas negras”. Nadie explicaba demasiado. Tampoco él preguntaba.

El olvido también puede ser una defensa.

Para Jacques Lacan, el trauma no es sólo lo que pasó. Es lo que no logra inscribirse del todo en la experiencia. Algo queda suelto, sin simbolizar, y vuelve.

Tal vez por eso estas historias siguen ahí, en discusiones que se repiten, en versiones que intentan borrar lo ocurrido, en ese ruido de fondo que cada tanto se escucha otra vez. Como si un país entero siguiera intentando entender qué hacer con lo que pasó.
Recordar, en cambio, es fácil: alcanza una foto vieja, un nombre pintado en una pared, un pañuelo blanco. Lo difícil es hacer algo con eso.

Cuando una experiencia logra ponerse en palabras, el recuerdo cambia un poco de forma. Algo empieza a desplazarse ahí. Las sociedades también pasan por eso. Durante años guardan historias que nadie quiere decir, como si fueran fantasmas incómodos. Pero los fantasmas siempre vuelven. Y cuando finalmente se los nombra, empiezan a encontrar un lugar en el presente.

Cada 24 de marzo el país parece reunirse en una especie de sesión colectiva, un ritual que con el tiempo adquirió algo de mito. Un país entero tratando de decir lo que durante mucho tiempo no tuvo palabras.

Vuelvo al hombre de la mañana

Se levanta, prende la pava y escucha en la radio que las primeras columnas ya empiezan a llegar al centro. Se queda un momento quieto en la cocina. Después mira el reloj. Tal vez este año vaya.

No siempre fue.

Hay algo particular en estas fechas. No sólo recuerdan a quienes ya no están. También ordenan a los que seguimos acá.

Cada 24 de marzo el país parece reunirse en una especie de sesión colectiva, un ritual que con el tiempo adquirió algo de mito. Un país entero tratando de decir lo que durante mucho tiempo no tuvo palabras.

Afuera, los movileros de la tele dicen que la plaza ya está llena.
Los bombos empiezan a escucharse desde varias cuadras.
El hombre apaga la hornalla, agarra la campera y sale.

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